Cultura

Fin de la fiesta

Hasta hace unos veinte o treinta años existía en Mérida una gran afición por la fiesta brava, existían buenos toreros y, sin embargo, comenzaba una crisis por la falta de algún matador que sea fuera de serie. Algo parecido pero no tan grave como la situación por la que pasa la fiesta brava en la actualidad. ¡Ya no hay figuras taurinas!

Sin embargo, por los años que estoy hablando surge en España un figurón, alguien que sí llenaba los zapatos, alguien que tenía todo. Se trataba de un jovencito de nombre Enrique Ponce. Dotado de una técnica excepcional, mucho valor, arte y gran personalidad, obviamente cobraba mucho dinero por sus presentaciones, ya que, además, gracias a él resurgió el toreo.

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Después de triunfar fue contratado para dar una corrida de toros en la majestuosa Plaza México. Aquí, en Mérida, nos conformábamos con su mágico toreo desde lejos, ya que, siendo nuestra plaza de tan pequeño aforo era imposible tenerlo en tierras mayas. Sin embargo, un milagro… Una nueva empresa formada por Halil Xacur y un sujeto inmensamente rico, es decir, el socio capitalista, y con los contactos de Halil, de alguna manera logró conseguir el contrato para poder traer al torero Enrique Ponce.

Inauguración de la temporada. Precios elevadísimos. Plaza a reventar, solo superada con la presentación del torero “El Cordobés”. Antes de la corrida, propiamente las reinas de los diversos clubes sociales y del Carnaval circulaban en coches convertibles a través del ruedo, dichas chicas eran unas de las más bonitas de nuestra ciudad y se caracterizaban de Sevillanas, haciendo honor a España. Una vez que terminaron su desfile y se bajaban del coche, se acercaron al palco más VIP de la plaza. Hay que aclarar que el socio capitalista era medio picarón y andaba metido en negocios no muy claros.

La corrida, como era de esperarse, fue un rotundo éxito, su trato fue la sublimación del arte,  durante los seis toros del festejo corrió por el parco de la empresa vinos y licores de todas clases. Las reinas de belleza enfundadas en sus trabajosos vestidos no tomaron una sola copa, solamente estaban alucinadas comentando lo guapísimo que estaba el matador español más famoso del momento.

La tarde se fue y se encendieron las luces de la plaza y el socio de Halil se viró diciéndoles a las chicas embajadoras de los clubes sociales y del Carnaval: “Bueno, chicas, a empelotarse”, ante el asombro de estas conservadoras mujeres, y dijo: “¡Pongan la música y a bailar, muchachas!”.

Fin.

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