Opiniones

Mi diario y yo / 73

Hablar y vivir en América (y II)

Querido diario:

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Antes de comentar el contenido de los cinco ensayos restantes de esta atractiva obra tengo que confesarte algo: lamento profundamente saber lo mínimo de las épocas de la conquista y de la colonia; lo peor de todo es que ignoro el porqué de mi desinterés. O al menos no recuerdo qué me llevó a casi ignorar estos periodos fascinantes de nuestra historia.

No es que Hablar y vivir en América haya obrado en mí una especie de epifanía sino más bien me confirmó, como lo han hecho otros textos, los grandes vacíos de mi formación que, estoy claro, es responsabilidad solo mía llenarlos de la mejor manera posible. Aun cuando en estos ensayos los investigadores solo refieren algunas obras de consulta obligada son suficientes para orientar mi entusiasmo y profundizar en cada una de las temáticas. Entonces surge la pregunta de siempre: ¿Te vas a embarcar en una nueva aventura de aprendizaje? Para que digo que no si sí. ¿No es algo esnob? Puede ser, pero no tengo nada que perder y sí mucho que ganar. Le pediré consejo a mi amigo Sergio Quezada, especialistas en historia colonial. Ahora sí, a lo que te truje, chencha.

Rubial señala que la convivencia social estaba articulada por el cristianismo, como lo muestran las festividades en templos, plazas públicas y hogares; a su vez, en cada una de esas manifestaciones se dejaba patente la jerarquización por el sitio que se ocupaba en misas, procesiones, entierros, etc. En las catedrales grandes bullían numerosos sirvientes, barrenderos, perreros (los que se encargaban de expulsar a los canes que se colaban al recinto), sacristanes, músicos y cantores, cuyos pagos provenían de los diezmos o bien de los préstamos o del arriendo de tierras de la institución. En esa época había una marcada inclinación por las reliquias. A su vez, en el ámbito doméstico se practicaba un sincretismo de tradiciones, pues a las creencias cristianas se unían las de los mestizos y africanos en la búsqueda de remedios para obtener salud, fortuna y amor. (p. 369)

Gutiérrez se ocupa de los certámenes poéticos de la época prehispánica, los cuales eran verdaderos acontecimientos sociales a años luz de la modestia que notamos en los de la era presente. También dice que numerosos especialistas de los siglos XIX y XX, sin fundamento alguno, han menospreciado estos certámenes por considerarlos de mal gusto. Sin embargo, el autor de este ensayo los reivindica porque, si los vemos sin prejuicios, constituyen verdaderos alardes de escritura vanguardista para su tiempo e incluso para el nuestro, ya que además de ser productos complejos reclaman la atención e interacción del lector. Veamos tres ejemplos de las dieciséis formas de leer estas quintillas:

[…]El primer modo es el regular, de arriba abajo:

A España—domina—augusto

Celoso—el sexto—Fernando,

Sin saña,—sin mal,—sin susto,

juicioso—en su era—segando

la cizaña—de—lo injusto.

Para la segunda lectura deben leerse los versos de izquierda a derecha:

Augusto—domina—a España

Fernando—el sexto—celoso,

sin susto,—sin mal,—sin saña,

segando—en su era—juicioso

lo injusto—de—la cizaña.

Una tercera posibilidad consiste en leer un verso de izquierda a derecha, como lo haríamos normalmente, y el siguiente al revés:

A España—domina—augusto

Fernando—el sexto—celoso,

sin saña,—sin mal,—sin susto,

segando—en su era—juicioso

la cizaña—de—lo injusto. […] (p. 421)

El autor considera pertinente estudiar, rescatar y editar los certámenes de esta época. De acuerdo.

León manifiesta que las relaciones geográficas del siglo XVI, que Felipe II mandó que se llevaran a cabo para contar con una descripción realista de la naturaleza y la población del imperio ultramarino de España, son documentos de una increíble riqueza documental en materia botánica, zoológica y social, pues contienen información sobre pueblos autóctonos, lenguajes, costumbres, formas de gobierno, situación demográfica, etc. Añade que casi todas estas relaciones se escribieron entre 1579 y 1580 y que el responsable de poner en marcha este proyecto fue el virrey Martín Enríquez de Almanza. (p. 444) Para fortuna nuestra, sobreviven las relaciones de Mérida y Valladolid, Yucatán, a las que también conocemos como las relaciones de los encomenderos.

Hernández y Beyer nos guían a través del periplo del cacao hasta convertirse en chocolate, de cómo este producto americano se conoció en Europa desde principios del siglo XVI y de cómo su preparación se fue haciendo cada vez más compleja a medida que se fue adaptando a los gustos de diversos países. Así, de ser una bebida exclusiva de la élite indígena, que además se usaba como moneda, se convirtió en una golosina de consumo global. Nuestros pueblos autóctonos solían mezclar el cacao con varios tipos de flores, chile, achiote y maíz, en tanto que en otros continentes solían añadirle leche, canela, pimienta, anís, ajonjolí y cuantas especias se le antojaran a los que se encargaban de prepararlo, todo con el fin de ocultar su sabor amargo. También traen a colación algo que ya sabíamos: que el chocolate era tan sabroso y producía tal tonificación en el ánimo y en el organismo que pronto llamó la atención de los bienpensantes, que hicieron todo lo posible por prohibir su uso. Ya sabemos que fracasaron en el intento. Finalmente, Beyer indica que tanto el chocolate como el chile han sido estudiados desde el punto de vista científico para determinar sus propiedades y han sido revalorados como productos de la cultura mesoamericana.

Al final del libro se proporciona información sobre los autores, sus principales líneas de investigación académica y sus publicaciones. En resumen, un libro digno de leerse varias veces para aprovechar al máximo su contenido.

Hasta la próxima.

P. D. Recientemente adquirí Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, con ilustraciones de Luis Scafati, publicado por Alfaguara España. Y está en mis planes hacerme con otra de sus novelas: 2666, aunque tendré que comprarlos hasta finales de octubre pues he tenido gastos extraordinarios este mes.

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