Cultura

Ciencia y comunidad, el legado de Alfredo Barrera Marín en su centenario

En la mañana del jueves se realizó un homenaje en la Unidad de Ciencias Sociales del Centro de Investigaciones Regionales ‘Dr. Hideyo Noguchi’ de la Universidad Autónoma de Yucatán con el acompañamiento de la Secretaría de Humanidades, Ciencia, Tecnología e Innovación recordando al Dr. Alfredo Barrera Marín (1926-1980) en conmemoración de su centenario. Barrera Marín fue un distinguido etnobiólogo de origen yucateco con una destacada huella en la ciencia nacional y especialmente en la entomología, la botánica y el rescate de conocimiento maya del entorno. Participaron colegas, estudiantes y familiares suyos, todos quienes resaltaron su valor científico y como persona, aspectos que para el Dr. Barrera fueron parte de un mismo proyecto humano.

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El evento, parte del «Proyecto Ciencia Básica y Frontera» del SECIHTI, fue presidido por la Dra. Mónica Chávez Guzmán del Centro Noguchi y contó con conferencias del lingüista Dr. Fidencio Briceño Chel y el biólogo Rafael Robles de Benito, quienes compartieron algo del legado que el Dr. Barrera dejó a las generaciones sucesivas y su vigencia.

Originalmente el homenaje se tenía contemplado para una hora más temprana, pero finalmente se debió posponer para asegurar la presencia virtual de la actual titular de SEMARNAT, Alicia Bárcena Ibarra —que fue pareja y colaboradora cercana del homenajeado— y de los tres hijos de Barrera: Marco, Narciso y Eduardo, que además dedicaron palabras a su padre.

La doctora Chávez comenzó su bienvenida colocando la obra de Barrera Marín en su contexto, cuando la etnobiología era una de las más recientes adiciones al conocimiento antropológico en la academia. La disciplina tendría como propósito ver los problemas de una manera holística y transdisciplinaria desde donde convergen las ciencias naturales y las sociales o humanidades. Desde esta perspectiva ecológica, los recursos y las especies también son fenómenos históricos que se modifican a través del tiempo y sobre los que influye la mediación humana, pues los datos necesitan contexto social para tener significado y utilidad.

Se enfatizó la labor de Barrera Marín en sus estudios de «sabidurías botánicas» locales y en la construcción colectiva del conocimiento. Entre sus más grandes aportes, Barrera compiló los nombres mayas de la flora de Yucatán y descubrió una taxonomía cuya eficiencia, según la doctora, se puede comparar con la clasificación linneana que se sigue usando en biología. Sus proyectos se realizaron en colaboración con las comunidades en donde trabajaba y con el objetivo de hacer «devolución», desde una postura opuesta al hoy llamado «extractivismo académico» en que la ciencia se ejerce como una práctica de dominación y explotación sin beneficio alguno para sus «informantes».

Siguiendo la misma línea, Chávez Guzmán y el Centro Noguchi hoy desarrollan el proyecto «El patrimonio biocultural medicinal maya yucateco de “Los libros del judío” desde una nueva perspectiva más analítica diacrónica y decolonial» con respaldo del SECIHTI, basándose en los estudios de Alfredo Barrera Marín y de su padre el antropólogo mayista Alfredo Barrera Vásquez. La investigación analiza continuidades y pérdidas entre el conocimiento médico-botánico de los siglos XVII-XVIII y la actualidad, con el objetivo de reconocer el legado maya en el tratamiento de enfermedades y una visión de la medicina indígena que no es estática ni de poca valía, sino adaptable a los requerimientos de distintas épocas.

El lingüista e investigador Dr. Fidencio Briceño Chel —director de Museos y Patrimonio del estado y recipiente de la Medalla Eligio Ancona 2025 por su labor en preservación de la cultura maya— detalló algunas de las contribuciones de Barrera al campo y cómo se siguen trabajando. Profundizó sobre los sistemas de taxonomía y la filología aplicada a la etnobotánica maya, que sigue el principio de tu k’aaba’ ku bisik u kuuch, o «en su nombre lleva su carga». Así, en la nomenclatura botánica maya se encuentran campos semánticos de color, uso, forma y significado; entre múltiples ejemplos tenemos el de lukum xíiw, nombre maya del epazote que significa literalmente «hierba de lombriz» y es un efectivo desparasitante.

Su primer acercamiento a los Barrera habría ocurrido cuando fue barrendero en la Academia de la Lengua Maya y descubrió un enorme grupo de fichas lexicográficas elaboradas por Barrera Vásquez que no habían alcanzado a publicarse en el Diccionario Maya CORDEMEX. Desde entonces, el doctor Briceño ha trabajado en múltiples diccionarios de lenguas mayas y realizado una amplia labor de divulgación cultural, pues considera que parte de su labor como investigador es devolver a las comunidades —en acorde con el ejemplo de Barrera Marín— por el aporte de su «ciencia maya», como él llama al conocimiento extraido por la academia.

El maestro Rafael Robles de Benito proporcionó una conferencia más personal que científica, detallando sus propias experiencias como alumno asesorado del Dr. Barrera Marín en la carrera de Biología de la UNAM. El también poeta leyó su texto «Alfredo Barrera y yo: una semblanza personal», refiriéndose a su maestro como «un pilar del edificio mexicano de la Biología». Sus primeros recuerdos del profesor lo involucran como miembro de una brigada en la huelga del Sindicato de Trabajadores de la UNAM de 1977, en que el doctor se mostró dispuesto a defender con su propio cuerpo a la universidad de porros y esquiroles que violentaban a la comunidad.

Robles pidió a Barrera asesoría para su tesis, en la cual el doctor se interesó de inmediato. El maestro recuerda haber hecho viajes de campo a Morelos con su tutor, cuyo aporte lo acercó a las perspectivas culturales en su trabajo de campo, pero además, le provocó grandes experiencias gastronómicas. Recordó con gran gusto la primera vez que probó el caimito, desconocido por él hasta entonces, pero que había llegado desde Yucatán hasta Morelos. Antes de terminar su proyecto, a Barrera Marín le detectaron un cáncer y falleció. Alicia Bárcena ofreció continuar la dirección de su tesis. Rafael considera que las enseñanzas de Barrera lo hicieron «más humano».

Por medio virtual intervinieron los hijos de Barrera Marín, que han seguido diferentes dimensiones de su ejemplo. El museógrafo e historiador Marco Barrera Bassols comentó conmocionado que también recodaba aquellos viajes a Morelos que describió Robles, y que desde joven le dejaron una huella; adelantó que se tenían contemplados más eventos de conmemoración en museos de la Ciudad de México.

El geógrafo paisajista y antropólogo Narciso Barrera, especializado en estudios del campesinado, recalcó que de su padre «aprendió a mirar el paisaje en su totalidad», formado por las mismas expediciones científicas —en que recordó también viajaban destacados científicos sociales como Guillermo Bonfil Batalla, Rodolfo Stavenhagen y Arturo Warman—, y agradeció que se le dedique un homenaje en su querido Yucatán. No quiso olvidar que su padre fue un hombre comprometido con la izquierda, incómodo para la dictadura blanda del PRI, y que en 1963 fue obligado a exiliarse en Europa. Para Narciso, ese pensamiento de «cariño y compenetración con la vida de los pueblos» fue central en su obra científica, que valoraba lo popular sobre «ferrocarriles y tratados de libre comercio» y otros proyectos de desarrollo que han conducido a una crisis ecológica planetaria. Además, se comprometió con donar ciertos documentos relevantes en su posesión a la biblioteca del CIR Noguchi.

Eduardo Barrera, que tenía tan solo siete años cuando su padre falleció, describió el conocimiento heredado como «un hilo de Ariadna» que le ha ido revelando una visión integral del mundo a lo largo de su vida. Además de las huellas institucionales, hizo hincapié en las huellas personales que dejó Barrera en varias disciplinas.

Alfredo Barrera Marín fue fundador del Instituto Nacional de Recursos Bióticos (INIREB), en donde colaboró con la Dra. Chávez para la publicación de Etnoflora Yucatanense. También participó en la creación del Consejo Nacional para la Enseñanza de la Biología (CNEB) y del Museo de Historia Natural en el Bosque de Chapultepec, por mencionar algunas de las instituciones en donde se hizo visible su influencia. Es recordado por su producción pedagógica y editorial, y por ser uno de los principales especialistas en entomología y parasitología, con importantes contribuciones sobre el comportamiento y control de los mosquitos.

Su amigo Juan Manuel Gutiérrez Vázquez —compañero en el IPN y más tarde en el exilio— lo recordaba como un hombre apasionado por la música, «un conversador fantástico», un gran dibujante y pensador, preocupado por el papel del arte en la sociedad, con «un amor e interés profundo por los seres humanos, por sus trabajos, sus obras, sus ilusiones y sus desventuras, así como las formas para organizarse y superar todo esto».

Mientras caminábamos por bosques y pastizales, era verdadera delicia escucharle disertar sobre lo que se presentaba ante nuestra vista: sabía por nombre y apellido cuanta especie animal o vegetal nos encontrábamos; todo accidente geológico tenía su historia y su explicación; todo componente del paisaje tenía su antes y después; y todo conglomerado humano su pasado, sus ritos, sus costumbres.

Su tumba muestra una flor de cuatro pétalos, un símbolo maya polivalente que se asocia con la vida y la muerte o el principio y el fin de las cosas, pero no uno u el otro sino los dos al mismo tiempo, pues como explicaba el Dr. Briceño, la «cosmopercepción» maya opera desde la complementariedad dual y no los antagonismos.

La doctora Mónica Chávez considera que a partir de su centenario se debería publicar nuevamente la obra del doctor, y además sugiere que se necesita de todo un coloquio para poder discutir sus contribuciones y proyectos con la profundidad que merece.

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