Cultura

Ya vienen los muertos

Para la gente de a pie, para los que habitan en las humildes albarradas de nuestros pueblos mayas, el Hanal Pixán no es una puesta en escena folclórica ni un festival turístico. Es una cita sagrada, un compromiso con la memoria que se cumple a cabalidad, incluso cuando los bolsillos están vacíos. En los hogares de clase baja, esta tradición se vive con una autenticidad descarnada, donde el fervor y el ingenio yucateco se entrelazan para ganarle la partida a la escasez.

En estas casas de techo de paja o de block sin revocar, los preparativos empiezan en el patio y en la milpa. Semanas antes se cuida con celo al pavo que habrá de sacrificarse; se limpia con esmero la mesa comunitaria de madera que, por unos días, dejará de servir para la tarea o la costura y se convertirá en el altar familiar. Un altar que no destaca por la abundancia, sino por la pureza de sus intenciones. El mantel de ruda manta blanca, a veces remendado pero impecablemente limpio, es el lienzo donde se despliega el misticismo.

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La economía del hogar humilde se estira de forma casi milagrosa durante las ánimas. Falta el dinero, pero nunca la ayuda. Si no alcanza para la manteca o la hoja de plátano para el pib (mucbipollo), la vecina comparte, el compadre fía o la familia se junta para armar una sola hornada subterránea. Cocinar el pib en una familia de escasos recursos es un acto colectivo de resistencia: las mujeres amasan el maíz con el recado rojo, mientras los hombres cavan la tierra y avivan las piedras calientes. En ese humo que perfuma el patio se respira la verdadera identidad de nuestro pueblo.

Sobre la mesa, los elementos son sencillos, pero cargados de un simbolismo profundo. Velas de cera negra o amarilla que iluminan el camino de los que ya partieron. Y en los platos de barro o jícaras se deposita la esencia de lo que somos: el atole nuevo, el chocolate batido con agua, las frutas de la época con el x`nipek y el pan de la panadería de la esquina. Para los adultos, no puede faltar el cigarro o el trago de aguardiente que aliviaba sus jornadas de trabajo.

En la clase baja peninsular, el Hanal Pixán es la demostración de que los mestizos de hoy no olvidan a sus muertos, porque olvidarlos sería desaparecer. Se gasta lo que no se tiene y se contraen deudas, pero la mesa se llena. Es el triunfo anual del amor filial sobre la pobreza material; una fiesta silenciosa donde, entre el olor a incienso y el sabor a masa tostada, los vivos y los muertos se sientan a compartir el mismo afecto. Estamos cerca de vivir esta bella tradición. Y estoy que muero de ganas, entre otras cosas, de comer el pib.

Fin.

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