Cultura

Trascendió al cielo la señora Mary Simon -madre del mejor guitarrista de Mérida, mi amigo Mike Manzur-

La señora Mary Simón Dogre vio la primera luz de este mundo un lejano siete de noviembre de 1928 en la entrañable Izamal, Yucatán, en el seno de un hogar cobijado por dos culturas milenarias: hija de don Moisés Simón Safar, de origen sirio, y de doña Juana Dogre, de cepa Libanesa. Única mujer entre tres hermanos, Mary demostró desde su infancia un don divino para el arte que la llevó a consagrarse como piano concertista a la asombrosa edad de dieciséis años. Sin embargo, los senderos de la vida suelen venir acompañados de nubarrones; la prematura muerte de su padre cuando ella apenas contaba con siete años la empujó a cambiar temporalmente los acordes por la delicadeza del hilo y la aguja, colaborando en el sustento del hogar y viéndose en la encrucijada de abandonar la escuela. A sus dieciséis años, el destino mudó sus pasos hacia la blanca Mérida, donde la familia se integró a la vibrante colonia sirio-libanesa y donde, en los salones del Centro Libanés, conoció a quien sería su esposo, el respetable doctor Miguel Manzur Faylum.

De aquella unión nació una querida prole de cinco hijos: Carlos, Catalina, Sergio, Rossana y su primogénito Miguel. Este último heredaría el indiscutible genio musical de la madre para convertirse, con el correr del tiempo, en el virtuoso de las cuerdas y en el guitarrista más famoso y legendario de Mérida, conocido en los anales del rock peninsular bajo el mítico nombre de Mike Manzur. Pero el destino volvió a poner a prueba la entereza de Mary cuando quedó viuda a los treinta y seis años. Desafiando los convencionalismos de una época que relegaba a la mujer a un rol doméstico, asumió en absoluta soledad las riendas de su hogar y transformó el pequeño taller de bordados que había fundado en una próspera fábrica textil para sacar adelante a su familia.

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Allí nació la leyenda de sus hermosas confecciones de trajes de novia y bautizos en organza de seda y lino, erigiéndose además como la creadora indiscutible de las primeras guayaberas bordadas en México. Su genialidad capturó las miradas de grandes almacenes de prestigio como El Palacio de Hierro y Liverpool, y las crónicas recuerdan cómo las puertas de su negocio recibían la distinguida visita de jefes de Estado y esposas de mandatarios. Con los años, la fábrica incorporó precisión alemana y vanguardia italiana, consolidándola como el máximo referente de la moda en Yucatán y logrando la exportación de sus prendas a mercados de Puerto Rico y los Estados Unidos, donde su buen gusto fue siempre su mejor estandarte.

Tras una vida de incansable esfuerzo, su retiro formal llegó en el año de dos mil diez. El ciclo de su fructífera existencia terrenal se cerró el diecisiete de marzo de dos mil veintiséis, dejando en la orfandad a sus hijas Rossana y Catalina Manzur Simón, y reuniéndose en la eternidad con sus seres queridos. El recuerdo de su andar permanece; una verdad eterna que sentencia que la ausencia de una madre jamás se mide en días ni en años, sino en los silencios perpetuos que nos obligan a aprender a vivir con el corazón incompleto.

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