Cultura

Motul de antaño: el Hanal Pixán, nuestra tradición

31 de octubre, la noche es lluviosas, en el rostro de los jóvenes se nota la decepcion, ya que lluvia estaba a punto de cancelar su fiesta de halloween, la casa se encontraba decorada como si fuera un cementerio, habían tumbas, grandes tarántulas reposando en sus telarañas, calaveras, murciélagos y muertos con medio cuerpo hacia fuera de su tumba, simulando  salir. Las luces de baja intensidad y las ramas de árboles sin hojas, pintadas de negro, daban la impresión de estar en un cementerio real aunado a los sonidos de quejidos y aullidos lastimeros de perros, creaban un ambiente terrorífico.

A las 11 de la noche, empezaron a llegar, el DJ ya empezaba con sus mezclas con la música de moda, lo que animó a los chavos y chavas a ponerse a bailar, todo era diversión.La comida estaba en la mesa que se hallaba adornada con flores anaranjadas de cempasúchil, platos artesanales de barro que contenían panes de muerto, tazones con crema de ajo y cilantro.

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Después de varias  horas de diversión, poco a poco fueron retirándose para regresar a sus respectivas casas, algunos se iban en grupo y otros, solos, casi todos se iban por una calle que llegaba hacia la plaza principal, de ahí tomaban el rumbo para su casa. La plaza principal se hallaba decorado con motivos del día de muerto.

Cheto, vio que nadie se iba por su rumbo y se retiró solo, la calle estaba cubierta por una espesa neblina que formaba figuras fantasmales con el viento y la iluminación amarilla de los focos de las casas. Cheto empezó a sentir miedo, ya que los fantasma de neblina lo asustaban, el viento hizo rechinar una veleta y las hojas cilíndricas de las casuarinas, producían un silbido cuando el aire pasaba entre ellas.

De pronto vio a lo lejos a un grupo de personas que iban en formación, cada uno con su vela, le temor le hizo recordar lo que sus abuelos le habían contado de las madrugada del uno de noviembre -las almas van de visita a casa de sus familiares y se iluminan con una vela, si te dan una vela, cuando se regresen el 30 de noviembre, te llevarán- ese recuerdo le dio más miedo y empezó a buscar un lugar donde esconderse hasta que pasaran ánimas.

Desesperado por el miedo, vio cerca un zaguán donde se escondió, pero pegó un fuerte brinco y quedó como el color de las velas, bien blanco cuando escuchó la voz ronca y gruesa que le dijo -¿De qué te escondes, hijo?- al voltear para ver quien le habló, vio a un anciano con su pipa sentado en su mecedora, sentado en el ágora de su patio disfrutando la frescura de la madrugada.

Cheto le respondió -estoy esperando que pasen los de la procesión de las ánimas-, el anciano se rió y le dijo -si tienes miedo, ¿Por qué saliste y regresas muy de madrugada a tu casa?- Cheto no buscaba como justificar su salida al venerable anciano que se encontraba vestido con pantalón de mezclilla, una camisa blanca, su gorra y su pipa quién le preguntó -¿Dónde fuiste vestido de zombie?, si ya te divertiste a costa de las ánimas, no tienes porque temer-, no supo que responderle.

Moisés, nombre del anciano le contó -mira hijo, éstas no fiestas para beber sino que se debe de hacer un homenaje a los familiares que están en el descanso eterno, por eso en las casas ponen altares con la foto de los difuntos, ya no es una fiesta-.

Ambos se pasaron conversando de temas triviales hasta que el reloj municipal dio cinco campanadas, el bonachón anciano le dijo -ya es tarde, te van a regañar por tus papás, debes de regresar a tu casa, pero no olvides que en éstos días se debe de recordar a los que han partido al eterno oriente, se les debe respetar no hacer una sátira, ve y descansa- Cheto se retiró, ya con más confianza ya que la neblina había reducido su espesura.

Cuando llegó a su casa, aún dormían, entró con mucho sigilo para no despertar a nadie, se fue a su cuarto y se durmió hasta ya tarde. Cuando despertó recordó las palabras de don Moisés, y fue a ver el altar que su mamá y sus abuelas habían armado en el cuarto que era del abuelo. El altar tenía un mantel blanco bordado con flores de colores, con diferentes artículos, un pib con espeló, una jícara de chocolate, una copa con ron, una pipa, un habano, pan dulce, caramelos y mazapan artesanal con formas de animales; además, naranjas, jícamas, mandarinas, dulce de calabaza en almíbar y un plato de relleno negro.

La familia se reunió, vinieron de los primos, primas, tíos y tías que viven fuera de Motul, ya estaba todo listo. Un Mototaxi pegó en la puerta del zaguán y de ahí bajo doña Fina, una señora de edad avanzada y que vivía sola, era la rezadora, se sabía los rezos y las oraciones de cada ceremonia solemne religiosa.

Después del rezo, todos se fueron al patio central, la sombra vespertina cubría la zona donde se haría el almuerzo y como cada año, doña Fina, era la invitada de honor, se le quería mucho. Todos comieron y disfrutaron el Hanal Pixán. Cheto salió con un pedazo de pib y un poco de dulce de calabaza, se lo llevaba a don Moisés, el señor que le dio un lugar en su casa al esconderse de las ánimas.

Al llegar al lugar, vio con horror que solo habían ruinas, los arcos estaban a la mitad, el zaguán con las puertas de madera abiertas y rotas, parecía que tenía mucho años de abandono. Un vecino que vivía cerca le pregunto a Cheto -¿A quién buscas?- Cheto le respondió – a don Moisés, anoche estuve conversando con él y la casa no estaba así, se veía bonita, con sus jardines bien cuidados, sus grandes lámparas, sus muebles, la puerta principal, todo estaba bien- el vecino le respondió -hay hijo, se me hace que conversaste con el fantasma de don Moisés, todo un caballero, muy educado, respetuoso y un Marino ejemplar, que falleció hace como 50 años Y desde entonces está abandonada, sus descendientes no regresaron jamás y la casa se fue deteriorando.

En eso pasó un señor ya grande de edad pidiendo limosna, entonces Cheto le dio la comida que era para don Moisés. -Haz hecho bien hijo, imagina que la comida se la diste a don Moisés- dijo el vecino.

Cheto se retiró del lugar con tristeza y se prometió así mismo que cada año le pondrá comida y una flores. Cuando salió de las ruinas de la casona, vio una caja de madera deteriorada que al abrirla, vio la foto de don Moisés, la tomó y cuando regresó a su casa, la puso en el altar junto a sus familiares fallecidos.

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