




Justo ahora que comienzo a escribir estas líneas, sostengo en mi mano izquierda dos fragmentos de mármol italiano. Son piezas irregulares, quebradas hace poco por el golpe de un martillo o un pico. Mientras las observo, una tormenta de pensamientos —mezcla de indignación, tristeza e impotencia— se agolpa en mi mente. Sin embargo, como en la Odisea, hay momentos en que no queda más remedio que escribir cuando la musa así lo exige.
Con frecuencia, amigos e incluso personas que acabo de conocer, al enterarse de mi profesión y de mis estudios, me preguntan si determinado personaje histórico merece un monumento o si apruebo o condeno que un movimiento de protesta haya pintado o derribado una estatua en una plaza pública.
Lejos de responder de inmediato, suelo revirar la pregunta. Los invito a visitar los archivos y las bibliotecas públicas de su ciudad para constatar el estado de sus catálogos, instalaciones y mobiliario; a conversar con sus trabajadores sobre sus salarios y condiciones laborales; y a preguntar a los egresados de las licenciaturas y posgrados en Historia y Humanidades cuáles son sus oportunidades de empleo.
Después de ese breve recorrido —les aseguro— dejarán de pedir nuevos monumentos y comprenderán por qué, en medio de una protesta social, importa muy poco si la persona representada descubrió la bombilla eléctrica o encontró la cura para la fiebre amarilla. Una sociedad que no cuida la memoria escrita difícilmente podrá conservar la memoria esculpida en piedra.
En cuanto al poder y las tumbas, toda gloria humana es pasajera. Cada vez que contemplo una estela egipcia o una lápida romana, inevitablemente me pregunto qué fue de los huesos de aquellas mujeres y hombres cuyos nombres fueron inmortalizados en la piedra. La historia enseña, una y otra vez, que el poder conoce el esplendor, pero también la ruina.
En Campeche, Luis García Amézquita —como tantos gobernantes antes y después de él— experimentó en carne propia esa inevitable condición.
De acuerdo con el biógrafo Gilberto Romero Lavalle, Luis García Amézquita nació el 21 de julio de 1859, cuando su padre, el licenciado Pablo García Montilla, gobernaba el Estado de Campeche. A lo largo de su trayectoria pública ocupó diversos cargos en el Poder Judicial, fue diputado local y secretario de Gobierno.
En 1903 fue electo gobernador constitucional del estado y tomó posesión el 26 de septiembre de ese año. Durante su administración abrieron sus puertas la Escuela Modelo para Niños, la Escuela Normal de Profesores y el Palacio Municipal de Hecelchakán.
Murió en funciones el 15 de junio de 1905, a la edad de cuarenta y seis años. El gobierno le rindió funerales de Estado y decretó como fechas conmemorativas el 24 de enero y el 31 de julio de cada año, en honor al nacimiento y fallecimiento de su padre, Pablo García, primer gobernador constitucional del estado e impulsor de la creación de Campeche como entidad federativa.
En el Cementerio General de San Román se levantó en su memoria un monumento sobrio y elegante, elaborado en mármol italiano. Estaba compuesto por un obelisco trunco y una lápida que llevaba inscrita la leyenda: «Luis García Amézquita. Junio 15 de 1905». En la base del obelisco podía leerse: «El Estado de Campeche. A su gobernante».
El 5 de mayo de 2024 visité el Cementerio General y tomé las fotografías que acompañan este artículo. En ellas puede apreciarse que la lápida permanecía íntegra.
Dos años después, este domingo 26 de julio de 2026, regresé al mismo lugar. Lo que encontré me obligó a interrumpir mi recorrido. La lápida había sido destruida. Los fragmentos de aquel mármol italiano —los mismos que ahora sostengo mientras escribo estas líneas— yacían dispersos sobre la tumba. Lo que en 2024 era un monumento íntegro, en 2026 se ha convertido en un conjunto de escombros.
No se trata únicamente de una lápida rota: es una herida abierta en el patrimonio histórico de Campeche.
Lo verdaderamente preocupante —y me resisto a calificarlo con un adjetivo más severo— es que en nuestro estado existen instituciones y especialistas cuya misión es precisamente proteger el patrimonio cultural. El Gobierno del Estado cuenta con una Autoridad del Patrimonio Cultural; la Universidad Autónoma de Campeche imparte la Licenciatura en Historia; el Instituto Campechano ha abierto recientemente una Licenciatura en Restauración; el Instituto Nacional de Antropología e Historia mantiene una representación en la entidad; y el Ayuntamiento de Campeche dispone de la oficina del Cronista de la Ciudad. Si, aun con la existencia de todas estas instancias, pudo destruirse a plena luz del día la lápida de un antiguo gobernador, resulta inevitable preguntarse cuántos otros testimonios materiales de nuestra historia han sufrido una suerte semejante sin que nadie lo advierta.
Por ello, respetuosamente hago un llamado a la gobernadora Layda Sansores San Román; a la presidenta municipal Biby Rabelo de la Torre; a la arquitecta Adriana Velázquez Morlet, directora del Centro INAH Campeche; a la maestra Rosa Olvera, Autoridad del Patrimonio Cultural del Estado; a la doctora Fanny Guillermo Maldonado, rectora de la Universidad Autónoma de Campeche; y a la licenciada Ilsa Beatriz Cervera Echeverría, rectora del Instituto Campechano, para que, en el ámbito de sus respectivas competencias, consideren la restauración de este monumento antes de que el deterioro alcance también al obelisco dedicado a Luis García Amézquita.
Asimismo, si sus agendas lo permiten, agradeceré la oportunidad de compartir algunas reflexiones y propuestas sobre la conservación del patrimonio funerario campechano. Proteger estos monumentos no significa rendir culto a los personajes que representan; significa reconocer que la historia de una comunidad también está escrita en sus cementerios y que destruir sus vestigios es empobrecer, piedra por piedra, la memoria colectiva de Campeche.
Emiliano Canto Mayén



