Cultura

Naj, Taanaj, Otoch. La Casa en la Piedra

En días pasados tuve el placer de disfrutar la inauguración de las obras de seis talentosos artistas en el Centro de Artes Visuales de SEDECULTA. Una de las que exhiben sus creaciones, las que estarán aproximadamente un mes en exposición, es alguien especial para mí, ya que se trata de mi prima Gabriela Rosado Rivera, a la que no veía desde hace más de treinta años, en razón de residir en la ciudad de Madrid, España.

Aun cuando nunca ha vivido en Yucatán, Gaby realizó tanto durante su infancia, como en su adolescencia, varios viajes a la península ya que su padre es de ascendencia yucateca, específicamente de la ciudad de Espita, tierra de sus abuelos.

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Desde sus primeras visitas escuché que a la pequeña prima Gaby le gustaba pintar y más adelante las noticias que nos llegaban sobre esos queridos parientes que moraban en la ciudad de México eran que, ya en su juventud, se había dedicado profesionalmente a ese arte, estudiando en las mejores escuelas de la capital, graduándose en la escuela nacional de pintura, escultura y grabado “La Esmeralda” (INBA).

Algunos años después, también nos enteramos que se había trasladado a Europa, específicamente a la ciudad de Madrid, a continuar sus estudios de pintura, donde además formó su familia.

Ha participado en 60 exposiciones colectivas y 16 individuales tanto en México como en Estados Unidos, Suiza, Francia, Mónaco, España y Portugal y diversas presentaciones en prestigiosas Galerías.

Por lo anterior, fue un gusto recibir sus mensajes y llamadas, para informarme que por segunda ocasión iba a exponer sus obras en la ciudad de Mérida, ya que en el año de 2001 presentó en el Museo MACAY, “Memorias de la Península”, y me pedía ayudarla a preparar un texto de sala, anexándome fotos de sus obras.

La Doctora en Historia del Arte, Luz María Vázquez Díaz, amablemente después de compartirle las fotos de su carpeta de obras a exponer, así como el curriculum de Gabriela, se ofreció a preparar tan importante documento y yo me comprometí a escribir un pequeño texto al que titulé: Las Raíces.

Los recuerdos infantiles y juveniles de esos frecuentes viajes a Yucatán, para visitar a la familia, aunado a su acuciosa mirada de una artista en ciernes, llenaron a Gaby del panorama y el hábitat propio de la región y la han acompañado siempre.

Recordar de dónde venimos no es vivir atrapados en el pasado; es caminar con los pies firmes en el presente, porque la añoranza a las raíces es un puente silencioso entre lo que fuimos y lo somos. El ayer no es solo para recordarse, es para hacerse presente y Gabriela Rosado Rivera hoy de nuevo se hace presente en Yucatán, inspirada por sus orígenes familiares, por sus raíces.

Su obra nos imbuye en el entorno y forma de vida de la tierra de sus ancestros, principalmente en las casas y los hogares. Sus cuadros están llenos de luz y color que colman de hermosos sentimientos a los espectadores.

De acuerdo con las palabras de la Dra. Luz María Vázquez: “Habitar suele entenderse como la acción de ocupar un espacio. Sin embargo, habitar implica mucho más que residir en un lugar. Significa establecer con él una relación de memoria, identidad y pertenencia. Los espacios que recorremos dejan huellas en nosotros del mismo modo que nosotros dejamos huella en ellos”.

La exposición parte de una idea que atraviesa todo el recorrido: existe una memoria inscrita en la materia. La piedra caliza, las albarradas, los caminos, los manglares, la vegetación, la luz y el cielo dejan de ser simples elementos del paisaje para convertirse en portadores de experiencias, recuerdos y de formas de pertenencia.

En esta obra la arquitectura no se presenta como un objeto aislado, sino como parte de un sistema vivo que dialoga continuamente con el paisaje. Esta mirada encuentra afinidad con la arquitectura vernácula maya, concebida desde el conocimiento del entorno y el uso respetuoso de los materiales locales, donde construir significa también aprender a convivir con la naturaleza.

El color deja de ser descriptivo para convertirse en una experiencia emocional. Azules profundos, ocres minerales, verdes intensos y magentas luminosos construyen atmósferas que evocan la humedad del manglar, la calidez de la piedra, la intensidad de la luz peninsular y la exuberancia de la vegetación tropical.

Porque, al final habitar no consiste en ocupar un espacio. Habitar es reconocer que el lugar que habitamos también nos habita a nosotros.

Así como Odiseo experimentó el Nostos, la nostalgia por Ítaca, Gabriela Rosado Rivera, nos presenta su obra como un homenaje a la tierra de sus ancestros. Su deseo es alcanzar la paz y la alegría del reencuentro con sus raíces, buscando su identidad y el dialogo con los espectadores.

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