Opiniones

Mi diario y yo / 65

Experiencia sensorial

Querido diario:

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Todo comenzó con esta invitación que me llegó vía paquetería:

[…] Ebriedad en la sala oscura: Una experiencia cinematográfica total

El cine no se inventó para mirarse de reojo en la pantalla de un teléfono mientras respondes mensajes. El cine nació para tomarnos por asalto.

Te invitamos a cruzar el umbral de nuestro cineclub y entregarte a una noche de inmersión y ebriedad audiovisual.

Volvamos a habitar el ritual primitivo de la sala oscura: ese espacio sagrado donde la luz del proyector es la única guía y el sonido envolvente te arranca de la realidad. Te proponemos un viaje a través de imágenes hipnóticas, montajes viscerales y bandas sonoras diseñadas para alterar tus pulsaciones. No vienes a ver una película; vienes a dejarte embriagar por ella y a experimentar sensaciones únicas, reales.

Déjate absorber por la pantalla gigante. Permite que el diseño sonoro te sature los sentidos. Ven a vivir el cine como una experiencia física, colectiva y profundamente hipnótica […]

Enseguida se insertaba el nombre y ubicación de la sala, la hora precisa en la que debía presentarme y un número de teléfono celular para confirmar la asistencia. Se solicitaba estricta confidencialidad. Una persona prudente o convencional se hubiera preguntado quién les había pasado mis datos personales a los organizadores del evento, pero me desajené de ese detalle porque sucumbí al lenguaje sensual y persuasivo del mensaje. Sí, lo admito, soy un hedonista irredimible.

Lo primero que llamó mi atención cuando llegué al lugar es que no era una sala de cine convencional, pues en vez de filas de butacas había filas de tiendas de campaña de unos 2.5 metros por lado, ubicadas en diferentes niveles cuyos frentes daban a una pantallota.

Desde cada tienda no podías ver más que los techos de las de abajo y si tratabas de ver a los lados o arriba simplemente te topabas con lonas impenetrables.

Lo primero que me dije fue: tú que padeces de claustrofobia no creo que dures aquí ni quince minutos. Pero como en la entrada me asignaron a una guapa edecán que me acompañaría durante toda la jornada y, además, el lugar estaba fresco y olía a lavanda, me receté lo siguiente: creo que puedes hacer un pequeño esfuerzo para no desertar a las primeras de cambio.

En el ambiente flotaba una música suave de Burt Bacharach en versión sinfónica, lo que me llevó a pensar: supongo que la mayoría o todos los que estamos aquí formamos parte del grupo etario de 60 a 70 años. El sonido estaba bien ecualizado y era tal su fidelidad que parecía como si los músicos estuvieran detrás de la pantalla. La edecán lucía un mini peplo. Este detalle me llevó a colegir: ¿La experiencia inmersiva será a través de películas ambientadas en la antigüedad?. La chica me ofreció una copa de champaña, pero como soy abstemio, le pedí agua. Salió un momento y regresó con una botella de líquido mineralizado. Le dije que esa presentación del H2O me producía gases y que si podía conseguirme agua simple. Así lo hizo.

Veinte segundos antes de que comenzara la función llegó este mensaje a mi celular: “Este cineclub combina estimulación sensorial real, tensión psicológica y estéticas visuales sumamente cuidadas. Dispóngase a disfrutar de las principales escenas de las películas más eróticas de todos los tiempos. Por favor, relájese y no oponga resistencia de ningún tipo. Apague su dispositivo”. Pensé: Bajo advertencia no hay engaño y también: A lo hecho, pecho.

Previamente la edecán me había sugerido recostarme sobre el triclinio (otro guiño a la antigüedad) y degustar los escogidos y apetitosos frutos colocados artísticamente en cestas de fino mimbre. Sinceramente, me sentí como si estuviera en la época de Julio César. Lo único que desentonaba con el ambiente era mi pantalón de mezclilla Calvin Klein, mi camiseta Polo y mis tenis Versace, que compré en el tianguis de paca del parque de San Roque.

Por la pantalla desfiló una crestomatía: Nueve semanas y media, que me hizo sentir un poco incómodo, pero solo al principio; Atracción fatal y Bajos instintos, que me tensaron los músculos del cuello; El amante, cuyas imágenes poéticas, a diferencia de las anteriores, me los relajaron; El imperio de los sentidos, que me hizo perder la noción del mundo exterior a grado tal que cuando me di cuenta la edecán ya me había puesto boca abajo en el triclinio para que, según me susurró al oído, gozara con la imaginación, como lo hacían Tom Cruise y Nicole Kidman, los protagonistas de Ojos bien cerrados, la última cinta del programa.

La música de Jocelyn Pook me indujo a una especie de plácida duermevela e incluso creí sentir un relajante masaje en la espalda, pero no lo puedo asegurar del todo pues cabe la posibilidad de que lo soñara; lo cierto es que cuando desperté la sala estaba a oscuras y solo se escuchaban algunas voces en el recibidor, hacia donde me dirigí a tientas en aquel laberinto de casas de campaña.

Si me permites ser sincero, querido diario, sí volvería a revivir esta experiencia, en caso de que me inviten de nuevo.

Hasta la próxima.

P. D.  En lo que va del mes, por mi rumbo ya van tres días de apagones. La primera vez nos quedamos sin energía dos horas; la segunda fueron tres; la tercera sumaron cinco. ¿Será intención de la CFE que nos vayamos preparando física y sicológicamente para enfrentar en el futuro cercano una situación tan calamitosa como la del pueblo cubano? Por ahora no lo tengo claro. Esta fue la mala experiencia. Ahora va la buena: mi amiga-escritora Paloma Bello me obsequió cuatro obras de Jorge Volpi: Días de ira. Tres narraciones en tierra de nadie, La paz de los sepulcros, Dos novelitas poco edificantes y El fin de la locura. Muy agradecido. Las pondrá en la lista de lecturas pendientes.

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