Cultura

Así era antes

Sin acercarme, no me preguntó nada. Solo me escribió en una academia de piano. La idea no me gustó ni me disgustó. Sucede que fui el primer varón de 5 mujeres. Todos y a cada una de ellas, a su debido tiempo, acudieron y aprendieron a tocar el piano.

Música, música, desde que tengo memoria crecí escuchando, escuchándolas durante horas estudiar sus ejercicios Czermy para cinco dedos y posteriormente las piezas que interpretarían la del fin de curso en la amplia casona del maestro, don Pepe Rubio Millán.

rel="nofollow"

Dichas audiciones constituían uno de los acontecimientos de los esperados por aquella Mérida, acudía toda la sociedad. Don Pepe Rubio ha sido el mejor maestro en la historia de Mérida. Gran pianista él y con una arrolladora manera de ser. Muy delgado, cabello completamente blanco, como plata. Lograba que todos sus alumnos, mejor dicho, alumnas, ya que a sus enseñanzas acudían todas las niñas y jovencitas del barrio de Santa Ana.  Su casa estaba en la calle 60 a pocos metros del parque del mismo nombre.

Aunque yo era un niño mal encarado y genuino y ojo verde (no sé cómo es que la naturaleza hizo que cambiasen de color. Así como me rubio cabello, que hoy es castaño). A lo que voy es que entre tanta ejecutante femenina algunas de ellas virtuosas y solamente había dos varones. Excelente desfile de música clásica.

Música, música, que es la más perfecta concepción del ser humano. Los endulzados pianistas eran: Arturo Aguayo y Raúl G Cantón.

En la cuadra en que vivía al menos en cinco casas había un piano y las respectivas mujercitas acudían a las enseñanzas de don Pepe. En fin, acudí a mi primera clase, caminando sobre la calle 72, doblando a la izquierda en la esquina de la tienda “La casita verde”. Los otros niños me vieron pasar y los que vivían cerca de la ronda “El Tiboli”, ahí estaban los traviesos “Tito”, “Ciclón”, “El Chel Puerto”, “Nacho el Encerrado”. Me saludaban alpasar frente a ellos. En un principio, cordialmente. Sin embargo, al enterase a donde iba la cuestión cambió radicalmente. Ya los saludos no eran tan amables, se reían burlonamente, hasta que comenzaron los gritos agresivos. Los aguanté estoico.

Tenía 8 o 9 años, un pequeño niño. Pero el día que escuché: “¡Adiós! Ahí se va la niña a aprender piano”, “¡Uay!, qué delicadito”, “la niña a dormirse con las otras niñas, ¡Uay!». Esto fue la gota que derramó el vaso. El motivo que en realidad no soporté. Estos gritos no los soporté. Y jamás volví a tomar clases de piano, ya que tenían toda la razón. Colorado de vergüenza dejé de acudir y discontinuar que aquello del piano era cosa de niñas. Así era la cosa en 1956.

Así se pensaba era lo normal antes. Aunque tengo que decir que, por supuesto, no era de mi agrado. Hoy que todo es perspectiva de género.

Deja un comentario

Botón volver arriba

Descubre más desde EstamosAquí MX

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo