Opiniones

Mi diario y yo / 63

La nueva era del kitsch

Querido diario:

rel="nofollow"

Hace unos días dejé constancia en tus páginas de que iba a la mitad de La nueva era del kitsch. Ensayo sobre la civilización del exceso de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, publicado por Anagrama Barcelona el año pasado y que cuando lo terminara te daría mis comentarios. Pues bien, ya concluí su lectura y esto fue lo que encontré.

Para comenzar, la obra está dividida en doce capítulos, en los que se repasan el origen del kitsch, su evolución e impacto en todos los ámbitos sociales (artes y política incluidas), así como su futuro. Gilles y Jean lo hacen de una manera clara, con lenguaje comprensible y numerosos ejemplos.

Pero qué es el kitsch. Es un término alemán que apareció por primera vez entre 1860 y 1880 y en principio sirvió para designar, de manera peyorativa, […] algo de escaso valor, tanto por su carácter de desecho, que solo sirve para ser tirado, como por ser falso, que solo sirve para ocupar el lugar de un original […] (p. 17) En aquel entonces se limitaba al mundo de las artes decorativas y tenía como referencia los grandes almacenes europeos.

En un segundo momento, a mediados del siglo XX, las transformaciones económicas, sociales y culturales propiciaron la aparición de la sociedad de consumo de masas y con ella del neokitsch; su lugar emblemático fue el supermercado y el eje de su propagación se ubicó en los EE. UU.

Ahora estamos en un tercer momento, que convive con el anterior: en el hiperkitsch, que se inscribe dentro de una dinámica del siempre más, del exceso de consumo que pone en predicamento no solo el equilibrio sino incluso la permanencia misma del planeta. Son los países fuera de occidente, como China, Corea, Japón, los Emiratos Árabes e India, los que lideran esta etapa, pues allí se producen no solo las mil y un chucherías que los turistas compramos en nuestros derroteros, o los objetos que empleamos en nuestro día a día, sino también donde se construyen gigantescos parques de diversiones que superan en extensión y atractivo a los clásicos de Disney, lo mismo que ciudades con edificios colosales y ultra-lujosos destinados a los mega-ricos, pero en los que también hay detalles chabacanos.

Ejemplos de lo kitsch miniaturizado: jarrones chinos, cajitas talladas, cajitas de música, pipas de hueso, flores coloreadas o secas bajo campanas de cristal, conchas exóticas, bolas de cristal con nieve, abanicos, grabados románticos, fotografías con marcos de plata, muñecas y juguetes antiguos, esculturas de la Victoria de Samotracia, las torres de Pisa y Eiffel, tazas, imanes, llaveros, etc., todo fabricado con yeso, zinc, latón, falso mármol, papel maché o cartón piedra. También tapices, cortinas, almohadas, toallas, sábanas y alfombras con colores chillones.

Ejemplos de neokitsch: objetos para la casa y el cuerpo confeccionados en plástico: mobiliario desmontable, apilable y plegable, como sillas, taburetes y mesas; recogedores, coladores, hervidores, lámparas, despertadores, radios, cámaras fotográficas, gafas, relojes, sandalias; casi todo lo que se fabrica para usar, tirar y contaminar el medio ambiente, como camisas, camisetas, pantalones, faldas, blusas, ropa interior de seda sintética, cosméticos, carne de res, puerco o pollo falsa (hecha de vegetales), etc.; prácticamente todo lo que podemos adquirir en centros comerciales, supermercados, hipermercados o en línea: falsas vigas de poliuretano o de poliestireno, falsas chimeneas de resina, falsas llamas, revestimientos que simulan piedra natural o ladrillo, césped falso, cactus falsos, palmeras o limoneros falsos, bolsas, carteras y chaquetas de piel falsa, pestañas falsas, bisutería falsa, diamantes falsos, etc.

Por su parte, el hiperkitsch, nos dicen Lipovetsky y Serroy, es industrial, mediático, mercantil, estético, psicológico, simbólico e incluso geográfico. Son ejemplos los paisajes o ambientes artificialmente creados, perfectos o casi, cuevas falsas, ríos falsos, castillos, pagodas y barcos falsos, animales falsos, selvas falsas, rocas de escalada falsas, playas de arena falsa, palmeras y sombrillas falsas, etc. etc., que atraen a millones de niños y adultos de todas las edades y condiciones.

Al final del libro los autores se preguntan si esta patente inclinación por lo chafa o cursi nos faculta a dinamitarlo todo. Su respuesta es un no rotundo y lo argumentan así:

[…] Solo una actitud nostálgica y de estética elitista puede equiparar unilateralmente el neokitsch con el mal, el horror y la decadencia. Además, ha contribuido muchísimo a consolidar el mundo de la libertad democrática, a crear un universo social menos cruel, más abierto, más individualizado. Sean cuales sean sus “vicios” materiales y culturales, que son cualquier cosa salvo mínimos, la revolución del neokitsch ha generado un mundo de bienestar material, pero también de elecciones personales y autogobierno de uno mismo en todos los aspectos de la vida. En este plano, la civilización del neokitsch representa una etapa de peso en el devenir de la modernidad democrática y humana […] p. 457

Añaden que el kitsch se sustenta en la demanda hedonista y recreativa, no solo de las clases altas, sino también de las medias e incluso de las populares. De hecho, subrayan que no ha existido en la historia ninguna sociedad que aguante sin recurrir al entretenimiento, a la ligereza, al placer y al esparcimiento, que hacen llevadera la vida común y corriente. Para los autores, lo problemático no son los excesos del kitsch sino el exceso de kitsch, en la medida de que nos llenamos de cosas inútiles que idiotizan la existencia y dificultan el acceso a las obras de calidad que se nos ocultan por la cantidad.

En consecuencia, lejos de condenar sin más el pastiche y lo falso, se debe defender y desarrollar políticas culturales y educativas, fortalecer la educación artística en el colegio para diversificar los gustos, reforzar las exigencias y formar el juicio crítico personal. (p. 463) Coincido plenamente con todas sus conclusiones, en especial con esta:

[…] Al aportar olvido, fantasía, lentejuelas, ramos de flores, canciones para tararear, músicas lentas para bailes cheek to cheek [de cachetito], emociones felices y fáciles y placer en la pesada cotidianidad, ofrece una escapatoria que sale barata, hace el papel de un recreo, una válvula de descompresión. ¿El kitsch es fútil, ñoño, ingenuo, infantil? Sí, por supuesto, aunque lo fútil no es lo indigno ni lo inútil. Tachemos de golpe toda forma de kitsch y el rosa dejará paso al gris. No es serio, pero no por ello deja de ser una “cosa muy necesaria”. Hay que pensar el neokitsch no como una funesta patología regresiva, sino como una pieza constitutiva de la antropología de la hipermodernidad individualista […] p. 467.

En síntesis: si el kitsch no existiera tendríamos forzosamente que crearlo. Punto final.

P. D. Antes de que pasen los emisarios de Sana, me apresuro a sacar del bote de la basura, donde los había depositado por error, mis bonsais falsos, mis ramilletes de flores artificiales, mis peras y remolachas falsas, mis pequeños quijotes y sanchos confeccionados con latas de manteca, mis imanes de Ámsterdam, Berlín, Londres, Quebec, Madrid y mi traje de torero andaluz. Leeré el apartado de Kitsch y política y veré qué se me ocurre.

Deja un comentario

Botón volver arriba

Descubre más desde EstamosAquí MX

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo