Etnografía de la vida cotidiana

Querido diario:
In illo tempore, la etnografía significó trabajo de campo, es decir, forzosamente tenías que salir del aula o del gabinete para empaparte del entorno del sujeto de estudio con el propósito de describir e interpretar sus prácticas, creencias y modos de vida; en una palabra, su cultura.
Hoc tempore, si nos queremos enterar de la vida cotidiana de nuestra sociedad, o al menos de una o varias franjas de ella, ya no hay necesidad de desplazarse ni de pasar incomodidades: basta con revisar las diversas plataformas virtuales, pues allí podemos identificar tipos de interacción de seres humanos con otros seres humanos, pero también con animales y objetos inanimados; cuáles son las aspiraciones, preocupaciones, costumbres, lenguajes, indumentaria, gustos, etc. de hombres y mujeres de todas las edades, pues un número elevado de personas de plano han renunciado al derecho a la intimidad o les vale un cacahuate. No es una crítica moralista sino un simple apunte.
Anteayer, como no tenía nada interesante en perspectiva, dediqué un par de horas a observar videos que han quedado colgados en la nube. No citaré cuentas ni nombres, aunque sí podría hacerlo, pues son públicos y notorios.
Un empresario:
–Hola a todos: aquí disfrutando de un capuchino en el Café de l´Homme. Les envío esta foto de La tour Eiffel que tomé con mis lentes con IA. Pórtense bien. Nos vemos el lunes. Chao.
Un chef norteño:
–Raza, díganles a sus morras que no sean dispendiosas, que no tiren las flores de jamaica después de hervirlas, pues con ellas se pueden hacer quesadillas gourmet. Yo les enseño cómo.
Un chef yucateco:
—Amiko’ob y X-amiko’ob: ¿Sabían que la pepita de calabaza es un potente aniquilador de lombrices? Así que no dejen de comer papadzules, que además de deliciosos son medicinales.
Un joven aluminiero:
–¡Quiubo, cabrones! Aquí instalando un cancel en esta residencia, pero, saben qué, no nos han dado ni agua. ¿Qué vamos a hacer hoy en la noche?
Un profesor jubilado sentado en un sofá de madera:
–Estimados amigos, muchas gracias por estar pendientes de mi salud. Les quiero decir que me quitan el yeso de la cadera en quince días, si todo va bien. Por cierto, ¿cuándo será la próxima mutualista?
Un hombre que viste de traje y va en un taxi:
–¡Güeyes, estoy yendo en chinga al aeropuerto porque ya se me hizo tarde! Llego a las 9:20.
Una dama de la buena sociedad, de pie ante una vitrina:
–Este juego de té de Limoges y estos bibelots de Meissen los heredé de mis abuelos, que tuvieron la fortuna de vivir un tiempo en Francia. Serán para mis hijas, siempre y cuando se salven del estropicio de mis nietos.
Una mujer en sus cuarenta:
–¡Miren mi nuevo departamento! ¿Que quién pompó? ¡Se dice el milagro, pero no el santo! No se preocupan ni me odien: sí les voy a invitar a la inauguración.
Una señora a secas:
–Necesito con urgencia un electricista de confianza porque el señor de esta casa no es capaz ni de cambiar un foco: dice que se marea si se sube a una silla. ¡Hágame usted el favor!
Un joven con la faz brillante:
—Bros, acepto toda clase de sugerencias sobre medicamentos y remedios caseros, pues ya probé de todo contra el acné y nomás no cede.
Se escucha una voz expresiva, mientras el video muestra carteles de conocidos edificios londinenses:
–¡Papaíto, te garantizo que nos vamos a divertir de lo lindo en esta escapada! ¿Lo oíte, mi vida?
Una modista pedalea su máquina:
–¡A quién se le ocurre vestirse como María Antonieta en estos calorones!
Un joven junior. Al fondo se ve una elegante agencia automotriz:
–Si te contentas con un chino o con un coreano es porque eres un ruco del siglo XX que no entiende nada de nada.
Una joven pareja acaricia un labrador retriever:
–Gastamos casi cinco mil pesos en este conjunto de bufanda y suéter para Doffy y en su hueso de asta de alce. Pero este precioso perr-hijo lo merece todo. ¿Verdad que sí, chiquitín?
Un conjunto de músculos con un rostro lombrosiano:
–¿Cuánto estás dispuesta a invertir hoy en tu felicidad? Contáctame al número que aparece abajo.
Una mujer dueña de sí misma:
–Compas, no le den crédito a Julio “N” porque no me ha pagado los últimos servicios que le presté.
Una abuelita muy chochita:
–Dirán que soy anticuada, pero yo sí aprendí a cuidar el dinero: en vez de gastar miles de pesos al mes en pañales desechables para los chiquitos es mejor que usen culeros.
Un cincuentón sentado en el trono:
–Aquí tratando de hacer del dos desde hace tres horas. El estreñimiento crónico es algo que no le deseo ni a mi peor enemigo.
P. D. No reproduzco los numerosos comentarios que generaron cada uno de estos videos porque ocuparían varias de tus páginas, pero te aseguro que no todos los opinantes fueron respetuosos o considerados. Espérame un momento porque están tocando el timbre del garaje. No quiero ni verlo: es el recibo de la CFE.



