Opiniones

Mi diario y yo / 53

Baños de bosque

Querido diario:

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Hace unos días leí en The Harvard Gazette una entrevista que Rebecca Coleman le hizo a la Dra. Susan Abookire, profesora adjunta de medicina en la Facultad de Medicina de esa famosa universidad y también en el Hospital Brigham and Women.

¿Qué abordaron en ella? Un tema poco trillado, al menos para mí: pasar tiempo en contacto con la naturaleza, pues ese simple hecho no solo reduce el estrés y la depresión, sino que también fortalece el sistema inmunológico, mejora el rendimiento cognitivo, propicia un mejor sueño, combate la inflamación y beneficia los pulmones y el corazón.

¿Cúal es el método que utiliza la doctora Abookire? Simple: organiza caminatas mensuales de terapia forestal, que duran dos horas, para médicos residentes y docentes, un grupo con alto riesgo de agotamiento mental. ¿En qué se basa o inspira su método? En uno muy antiguo de origen japonés denominado shinrin-yoku o «baño de bosque».

Según Abookire, los guías de terapia forestal ayudan a los participantes a desconectar y conectar profundamente con sus sentidos a través de la naturaleza. Para quienes desean intentarlo sin guía, recomienda prestar atención al entorno: observar los colores, las formas, los sonidos, el movimiento y los aromas. Además, aconseja evitar las distracciones. Esto significa dejar a un lado auriculares y teléfonos. Asegura que las investigaciones sugieren que se pueden obtener beneficios con tan solo 20 minutos de atención plena en la naturaleza tres veces por semana, pero “cuanto más, mejor”.

Otra consideración: una mayor densidad de árboles parece proporcionar una dosis más potente de medicina natural. Esto obedece a que los árboles liberan aceites esenciales de madera llamados fitoncidas que, según estudios, fortalecen el sistema inmunitario al inhalarlos. Otro estudio halló que la exposición a los aceites de los árboles ayuda a aliviar la depresión, disminuir la presión arterial y reducir la ansiedad. Otros sugieren que los entornos boscosos favorecen la salud respiratoria.

Las plantas también emiten compuestos aromáticos llamados terpenos, que interesan a los científicos por su potencial para prevenir el cáncer y la demencia. Diversos estudios han demostrado las propiedades antiinflamatorias de un terpeno presente en el romero, las coníferas y la cáscara de los cítricos, así como el potencial anticancerígeno del carvacrol, un terpeno presente en el orégano y el tomillo. El borneol, un terpeno del jengibre y algunas variedades de cannabis, se estudia por sus efectos antiinflamatorios y neuroprotectores, y como posible tratamiento para el Alzheimer .

La entrevistada nos recuerda que como sapiens “evolucionamos en los árboles”: durante unos 6 millones de años observamos desde allí lo que nos rodeaba; luego vivimos cientos de años en ciudades y solo llevamos dos décadas pegados a las pantallas. En consecuencia, no es de extrañar que la naturaleza nos ayude a recuperar la concentración, la creatividad y la memoria cuando estamos agotados.

Remarca que los baños de bosque aumentan la serotonina, mejoran la duración y la calidad del sueño y, en consecuencia, el estado de ánimo, la energía y la concentración.

El corazón también se beneficia del contacto con la naturaleza. Diversos estudios han demostrado una mejora en indicadores de la salud cardíaca, como la presión arterial, la frecuencia y la variabilidad de la frecuencia cardíaca.

En esta terapia también entran en juego otros sentidos. Los sonidos, como el canto de los pájaros y el agua, por ejemplo, aportan beneficios para la salud, incluida la activación del sistema nervioso parasimpático. Hasta aquí la Dra. Abookire.

Luego de leer el artículo me pregunté: ¿Dónde hay suficientes árboles en nuestro medio para poner en práctica su método? Bosques aquí en Mérida, que yo sepa, no los hay, y menos de coníferas, pues nuestro clima caluroso no es propicio para ellas. Abundan, sí, los centros comerciales, pero en ellos lo único que se respira es el olor a consumo.

La ciudad es una plancha de concreto que hierve casi durante todo el año. Por mi rumbo el único sitio donde hay un medio centenar de árboles más o menos frondosos es el parque Kalia, cuya extensión es de una hectárea, cuando mucho. ¿Tendré que ir al Centenario, Animaya o a la reserva Cuxtal para disfrutar no solo de la sombra sino de las aportaciones sanadoras de los árboles? ¿Tenemos un sistema de transporte eficiente que nos pueda trasladar hasta estos islotes de bienestar?

Por otra parte, qué tipo de árboles hay en nuestros escasos parques que desprendan aromas como los que cita la doctora entrevistada. Las ceibas sembradas en los camellones únicamente desprenden hojas y capullos de algodón cuando llega el tiempo de dispersar sus semillas. No las puedo abrazar para que me transmitan sus buenas vibras porque están llenas de espinas.

A su vez, nunca me he detenido a experimentar a qué huelen realmente los árboles de ramón, flamboyán, jacaranda, uaxín, jabín, neem, huaya y ciricote. Quizá las de orquídeas, más conocidas como pata de vaca, sí sueltan alguna emanación; no soy partidario de que se cultive cannabis ni dentro ni fuera de las casas, pero seguramente es mucho mejor sembrar o resembrar más limoneros y naranjos, pues sus flores de azahar e incluso sus simples hojas despiden olores agradables, relajantes y hasta sensuales. ¿Qué más? ¿Por qué no pensar en dispersar por toda la urbe semillas de orégano, romero, tomillo, albahaca, tajonal, tsitsilche, balché, chakah, etc.?

Por otra parte, cuánto no ganaríamos con solo sentarnos a escuchar el sonido de arroyos y fuentes artificiales, ya que no contamos con otros de origen natural. Pero ¿cuántas fuentes puede usted encontrar en funcionamiento cerca de su hogar?

Me temo que estos “baños de bosque” no son para nosotros los tercermundistas, quienes tenemos que conformarnos con baños de sudor, sobre todo cuando se va la luz y no hay ni asomos de viento. ¿Algún político o algún magnate de los muchos que tenemos en el solar se atreverá algún día a promover bosques, de medianas o grandes dimensiones, aunque sean de especies caducifolias, por los cuatro puntos cardinales de nuestra ciudad, que crece día a día sin aparente control y en la que se reproducen como hongos altos edificios de departamentos? ¿Queremos más islas de calor o islas de árboles benefactores?

Hasta la próxima.

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