
Cuántas veces concluye una conferencia y uno se queda con ganas de hacer comentarios y compartir experiencias, pero se nos impone tiránicamente la ley del tiempo. Si uno se queda en el interior del recinto empiezan a apagar las luces, a hacer escándalo al cerrar puertas o mover las sillas y, de plano, a pedir —de favor o con mal disimulada grosería— que uno se salga. Pronto pasaremos al “hala, hala, fuera de aquí” y de ahí al “¡biqui, biqui!” con que se echa a los perros callejeros.
No queda más remedio que platicar de pie en la calle como postura y escenario de la sobremesa, pero en verdad cuando no hay un café, bar, comedero o parque cercanos esas conversaciones informales se diluyen rápidamente. La fundamental retroalimentación de lo escuchado se frustra y se desvanece.
Y es que la sobremesa es tan disfrutable como la comida en grupo, a veces incluso más memorable y afianzadora de los buenos ánimos. Qué decir de la sobremesa al hacer el amor, tan gozosa como los preámbulos o el momento justo; qué horrible eso del “ya estuvo, ya terminamos y ya vámonos”. La prolongación, en cambio, reafirma lo sentido y compartido placenteramente.
Cuántas películas fueron objeto de un nuevo recorrido, de un desglose a detalle, al terminar la función. Recuerdo bien cuando se prendieron las luces de aquel Cine Premier al terminar la proyección de la película danesa El festín de Babette, con la sorpresa de encontrar a varios conocidos que, al igual que yo, tardaban en despegarse de los asientos, y ya en la calle, formando círculo y arrebatándonos la palabra, externamos la gula visual y gustativa que nos había despertado ese filme. Fue un buen rato de plática callejera y al despedirnos todos lamentamos que lo que nos esperaba estaba muy lejos de los manjares de la cocinera francesa en aquella puritana población nórdica. Menos mal que al menos teníamos algo de cenar.
O en las muestras de cine internacional que se proyectaban en el Cine Colón, cuando acompañaba a una joven música de regreso a nuestras respectivas casas. Eran cinco o seis cuadras bien sustanciosas de alegre plática en relación a la película del momento. También las conversaciones en un restaurante vecino de ese desaparecido cine hasta pasada la medianoche con un joven matrimonio de diseñadores con quienes analizaba la película del día desde distintas perspectivas, aprovechando lo que provenía de sus experimentados ojos. Como la muchacha música nunca aceptó las invitaciones a departir en el restaurante, a veces la acompañaba a su casa y regresaba yo corriendo para encontrarme con los diseñadores. Así tenía doble sobremesa.
O el otro joven matrimonio, este de norteños, al terminar un curso de historia del arte en el añorado Museo Macay, con quienes me pasaba horas en algún restaurante céntrico hablando al principio de obras de arte para terminar recorriendo todo tema que surgiera en las inevitables ramificaciones de la tertulia. Un matrimonio bien avenido a pesar de lo contrastante, él la calma y ella la tempestad, él el volumen en reposo y ella la esbeltez en inquietud imparable. Luego de los tres trimestres del curso no volví a saber de ellos, pero recuerdo con agrado esas sobremesas nocturnas.
¿Qué comíamos o qué bebíamos en esos casos? Ni me acuerdo. Lo importante era la plática sobre lo inmediatamente acontecido y lo que derivara de ello.
Celebro que los amigos de Hipogeo Taller de Cuento mantengan sus sobremesas en un café al terminar sus sesiones semanales en la Biblioteca Cepeda Peraza. Esas conversaciones relajadas igualmente son una forma de aprendizaje. Lamento no poder acompañarlos por la coincidencia con mi horario laboral de ese día.
Las instituciones culturales públicas y privadas deben tener en cuenta esta situación. El público va a escuchar y aprender, pero también desea participar, preguntar, departir. Esa sobremesa hace más enriquecedor cualquier curso, taller o conferencia. Es la vía informal por donde quedan las huellas más profundas de conocimiento y, así sea temporalmente, también de amistad.



