
—Hay demasiadas imágenes, pero la verdad es que uno ni tiempo tiene de fijarse.
—Pues muy mal. Hay que andar con el ojo abierto viendo todo.
—Pero es que no siempre se puede. Se pierde uno entre tanto letrero.
—Sí, te entiendo. La verdad es que vivimos en un bosque de anuncios. A veces hay diseños llamativos y otros verdaderamente abominables.
—Claro que sí. A mí me llaman la atención las estéticas. Te ponen anuncios de peinados o cortes de cabello que no creo que motiven a nadie. Y los hacen pintados a mano.
—El pintado a mano no es malo en sí mismo. Depende de quién lo haga y para qué tipo de negocio. Los rótulos de los pintores de brocha gorda muchas veces están bien hechos. En última instancia es un recurso más al alcance del bolsillo de mucha gente. En cuanto a lo de las estéticas, fíjate que un pintor cubano que vive en Mérida, Israel León, había hecho ese señalamiento y lo ha empleado como tema en algunos de sus cuadros: las imágenes de Estética que no son para nada estéticas.
—¡Qué contradicción! En realidad, hay demasiados anuncios. Si te das cuenta, hasta en la parte trasera de los autobuses.
—Publicidad móvil. Circula por toda la ciudad. Observa que hay algunos diseños que no están bien adaptados a esa condición de movilidad. Un buen diseño debe ser rápido de leer, con información más que suficiente, no excesiva. Letra bien legible. Y no siempre es el caso.
—Sí, es verdad. Aunque estén fijos, hay anuncios que usan letra corrida, la que llaman manuscrita. A mí no me la enseñaron y me cuesta trabajo leerla.
—¿Y qué me dirás de los letreros escritos a mano? Letreros en estacionamientos o anuncios de venta o renta escritos a mano, con mala letra y a menudo con horrores de ortografía… [Sonido de celular con música popular] Permíteme. ¿Bueno? ¿Qué quieres? No, ahora estoy en una reunión. A’ te hablo al rato. Ajá, bueno, bueno.

—Oye, qué bonito está tu celular. Hasta es más pequeño que el mío. Mira.
—Pues aunque te parezca vanidad, me gustan los celulares. Como es uno de mis principales instrumentos de trabajo procuro que tenga las mayores funciones posibles.
—Es que ahora no hay quien no tenga celular.
—Ni creas. Mucha gente que tiene celular sólo lo usa como juguete. Y hay muchos que no tienen teléfonos celulares porque no los necesitan, simplemente. No son víctimas del bombardeo de publicidad.
—Hablando de eso, ¿qué opinas de la publicidad que se entrega a mano?
—Que hay de todo tipo. Hay algunos folletos como los de los supermercados y tiendas departamentales o de ropa que son leídos por la mayoría de la gente. Su diseño atrae, en parte por el colorido y porque es una información que la gente busca para organizar sus gastos. Pero en cambio, hay una cantidad tal de papeluchos que te entregan que no van más que a la basura. Las escuelas del centro son muy dadas a eso, hacen uso de una publicidad que da vergüenza. Y también hay papeles donde se solicita personal quién sabe para qué. Como diseño tienen un valor nulo e inefectivo.
—Para la basura dijiste. Pero eso es algo que sobra en Mérida. Hay demasiada basura en las calles.
—Sí, y los basureros no parecen los más efectivos. Los de color negro, los recientes, que dividen lo orgánico y lo inorgánico son llamativos, pero se llenan muy rápido. Debieron hacerlos más alargados, quizá. Y procurar que no estorben el paso. Las calles del centro de Mérida son muy estrechas y hay un excesivo tráfico peatonal ya.
—Y con el caos que se hace al no respetar los semáforos…
—Por culpa de los policías que son semáforos ambulantes. Hay que recordar que el diseño arquitectónico de las calles del centro de Mérida se hizo en la época colonial, cuando ni siquiera se soñaba con que algún día habría automóviles.

—Debería dejarse el centro de Mérida sólo para los peatones. La gente miraría las vidrieras con calma. Se vendería más.
—Sí, y se ofrecerían productos elaborados y diseñados con más calidad. Observa la cantidad de objetos que te ofrecen. Muchos no llaman la atención por el empaque. O por la manera en que los muestran. Y no lo digo por los huacales donde los tienen asentados, sino por lo amontonado. Mira todo lo que te ofrecen: cerillos, rastrillos de rasurar (de seguro reciclados), tarjetas para teléfono, cinturones y carteras, discos compactos y videos piratas. Frutas de todo tipo, llenas de chile en polvo. Hay jugos naturales que ni marca tienen, sólo atraen por el color del líquido.
—Minimalismo publicitario puro.
—Nada que ver. Yo lo llamaría tacañería para invertir. Y hay objetos que saturan las calles cuando se vuelven desechos. Por ejemplo, los envases de refresco. Observa qué cantidad encuentras por todas las calles. Los arrojan como si fueran hojas de árbol. Y lo peor son las botellas de vidrio. En cualquier momento pasa un coche, las aplasta y puede haber una desgracia.
—Sí, me ha tocado ver eso. Quizá hagan falta estímulos para que la gente deposite esas botellas en un lugar donde puedan reciclarse. O usarse para otro tipo de líquidos.
—Bueno, eso con las precauciones debidas. Observa cuando pases por muchas ferreterías o tlapalerías cómo venden los solventes. Usan una botella de refresco y eso puede ser peligroso. Hace falta alguna señal de identificación de peligro.
—Es que los refrescos se venden por todas partes, en las tienditas, en…
—En los Oxxos, ¡estamos invadidos de Oxxos por toda la ciudad. En lo futuro van a pensar que Mérida fue fundada por Franzoxxo de Montejo.
—Un relajo de verdad. Hay tantas cosas que se mezclan…
—Sí, un revoltillo de ferretería.
—Oye, por cierto, las ferreterías muestran cosas muy padres. A mí me llama la atención observar la cantidad de pinzas, tijeras, llaves y tantas herramientas que ni idea tengo para qué sirven. Además, me gusta el ambiente de las ferreterías viejas, con su mostrador de madera desgastado, sus cajones metálicos, su olor de sitio antiguo…
—A mí también me gustan. Las ferreterías son parte de la historia de esta ciudad. No sólo por los objetos que ofrecen sino también por los mismos edificios. Por ejemplo, El Candado fue el primer edificio de México construido con acero y concreto, o sea, material prefabricado. Eso lo dijo un arquitecto muy conocido de Yucatán, Aercel Espadas.
—¿Y cuál es el edificio El Candado?
—Está en la esquina de las calles 65 x 60, donde ahora hay una tienda departamental. Originalmente fue un edificio para muchos usos donde había una ferretería con un candado enorme a la entrada que ahora ya tampoco existe. La verdad es que el edificio está muy modificado, hasta cine fue mucho tiempo. Pero hubo otras ferreterías de las que cuando menos se conserva la fachada. Está la de Ritter and Bock, donde ahora hay un supermercado, y el edificio El Siglo XIX, de cinco pisos, que ahora es escuela y centro de oficinas. Todos se hicieron con criterios funcionales en la época del auge henequenero.
(Continuará).



