Bienestar Espiritual

León XIV invita a los obispos a promover jornadas de oración por las vocaciones

El Papa presidió las vísperas en la Catedral Metropolitana de Montevideo, al concluir el primer día de su viaje apostólico a Uruguay. Desde allí, pidió que las diócesis de todo el mundo impulsen jornadas de oración y ayuno por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Sebastián Sansón Ferrari – Montevideo, Uruguay

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Al concluir el primer día de su viaje apostólico a Uruguay, el Papa León XIV presidió este viernes 6 de noviembre las vísperas en la Catedral Metropolitana de Montevideo, junto a obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y seminaristas, en la XXXI semana del Tiempo Ordinario. En su homilía, invitó a los obispos de todo el mundo a promover en sus diócesis jornadas de oración y ayuno por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, haciendo eco de la experiencia que vive la Iglesia uruguaya.

Tras ingresar en el templo, el Pontífice fue acogido por el párroco, padre Juan González, besó el crucifijo y aspergió a la asamblea con agua bendita. El Obispo de Roma escuchó posteriormente las palabras del presidente de la Conferencia Episcopal Uruguaya, monseñor Milton Tróccoli, quien pastorea la diócesis de Maldonado-Punta del Este-Minas.

«Quisiera que esta experiencia del Uruguay encontrara eco en toda la Iglesia», afirmó el Pontífice desde la Catedral de la Inmaculada Concepción y San Felipe y Santiago. Y añadió: «Invito a mis hermanos obispos de todo el mundo a promover en sus diócesis jornadas de oración y ayuno por el aumento de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada».

El Santo Padre pidió que las parroquias, las familias y las comunidades religiosas se unan en esta súplica, alentando a otros pueblos a perseverar con la misma confianza. Se trata de una de las propuestas más significativas de su primer encuentro con la comunidad eclesial uruguaya, en el marco de su visita apostólica al país.

La oración perseverante da frutos

Durante su reflexión, León XIV recordó el camino emprendido en Uruguay a partir de 2024, cuando el seminario interdiocesano no recibió nuevos candidatos. Ante esta situación, numerosos fieles comenzaron a organizar jornadas de oración y ayuno, pidiendo al Señor que enviara trabajadores a su mies, como exhorta el Evangelio de Mateo (9,38).

Desde entonces, la comunidad eclesial ha perseverado en esta súplica. Hoy, destacó el Papa con alegría, varios jóvenes han comenzado su camino en el seminario y en la vida consagrada, y estaban presentes en la celebración.

«¡Qué alegría saber que siguen naciendo respuestas generosas al amor de Cristo!», expresó, agradeciendo a quienes han sostenido esta iniciativa e invitándolos a no desfallecer. «Vean en estos frutos la prueba de que nuestro Dios escucha la oración de su pueblo», subrayó.

Parecernos a Cristo para anunciarlo

La homilía estuvo marcada también por una profunda invitación a renovar la identidad bautismal y la fidelidad a la vocación. A partir del salmo 134, que describe la impotencia de los ídolos fabricados por manos humanas, León XIV recordó que el corazón termina pareciéndose a aquello que ama y en lo que deposita su confianza.

«También nosotros, que hemos entregado la vida al Señor, necesitamos preguntarnos dónde está nuestro corazón», señaló. El reconocimiento, las obras personales y la pretensión de tener todo bajo control pueden convertirse en preocupaciones que desvían la mirada de lo esencial. Por ello, exhortó a volver continuamente a Jesucristo, haciendo de Él el verdadero tesoro de la propia existencia.

En contraste con los ídolos que no ven, no oyen ni hablan, el Dios de Israel es aquel que contempla el sufrimiento de su pueblo y escucha su clamor. Una compasión que se hizo visible en el rostro humano de Jesús: en su mirada hacia Zaqueo, en la escucha de Bartimeo, en su cercanía al leproso y en la bendición de los niños.

El Pontífice relacionó esos gestos evangélicos con la misión cotidiana de quienes han consagrado su vida al servicio de Dios y de los hermanos. «Sus ojos han visto crecer a generaciones enteras y han descubierto lágrimas que pasaban inadvertidas. Sus oídos han acogido confidencias difíciles de pronunciar», afirmó.

También evocó las manos de sacerdotes, religiosos y religiosas que han elevado tantas veces el Cuerpo de Cristo, atendido a los enfermos, preparado alimentos y sostenido a quienes ya no podían caminar. «¡Qué hermosas son las manos que han envejecido haciendo el bien!», exclamó.

El testimonio del beato Jacinto Vera

En este contexto, León XIV dirigió la mirada hacia el beato Jacinto Vera, cuyo cuerpo descansa en la Catedral Metropolitana. El primer obispo de Montevideo fue recordado como un pastor que recorrió los caminos del Uruguay para llevar el Evangelio, socorrer a los pobres, bendecir y administrar los sacramentos.

El Papa evocó el testimonio de una religiosa que lo conoció durante años y que, al describir su sencillez, sus palabras y hasta su manera de caminar, afirmó: «De verlo nada más parecía que estaba siempre en oración».

Para el Santo Padre, esa descripción expresa uno de los secretos de la evangelización: «parecernos a Aquel a quien anunciamos». Una llamada especialmente importante en una sociedad donde, como señaló, muchos contemporáneos apenas conocen a Jesucristo y numerosos jóvenes han crecido lejos de la vida de la Iglesia.

Por eso, alentó a los presentes a que su manera de mirar, escuchar y acercarse a quienes sufren suscite interrogantes sobre el origen de ese amor. Que quienes se encuentren con ellos puedan descubrir, a través de sus gestos, la bondad de Cristo.

Volver a la intimidad con el Señor

Al dirigirse especialmente a los seminaristas, novicios y novicias, León XIV los invitó a contemplar el ejemplo de quienes han recorrido antes el camino de la entrega, aprendiendo de sus manos gastadas, de su amor perseverante y de su familiaridad con Jesús.

A quienes llevan muchos años en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada, les pidió volver siempre a lo esencial: custodiar el silencio de la oración, la escucha de la Palabra y el encuentro con Cristo en la Eucaristía. Es en esa intimidad, explicó, donde se renueva el amor que impulsó la entrega de la propia vida.

El Papa recordó asimismo que las pruebas pueden convertirse en ocasiones de crecimiento espiritual. La constancia, como enseña la carta de Santiago (1,3), va dejando una huella en quienes permanecen unidos a Cristo: una mirada más misericordiosa, unas manos más dispuestas a servir y una palabra capaz de consolar.

Finalmente, evocó la acción del Espíritu Santo, que da vida y reúne a los creyentes en un solo cuerpo, exhortando a todos a permanecer unidos en el vínculo del amor, incluso cuando las distancias o las dificultades pongan a prueba la comunión. También pidió que sostengan con sus oraciones al Sucesor de Pedro.

La celebración concluyó con la mirada puesta en María Santísima, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Treinta y Tres, patrona del Uruguay. León XIV encomendó a su intercesión la perseverancia de quienes han entregado su vida al Señor, para que mantengan siempre el corazón junto a su Hijo. El coro entonó el mítico himno «Estrella del Alba del Paterno día, que el Sol de la patria miraste nacer».

Con información de Vatican News

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