Opiniones

El viejo brandy

En aquellos años 70 el licor común de las fiestas y reuniones era el brandy. Algunas marcas mexicanas: Presidente, el recién creado Don Pedro, ambos de la Domecq; Viejo Vergel y Madero XXXXX, que no sé por qué se pronunciaba Madero 5. Formaban parte de la vida de los mexicanos desde la infancia, en buena parte por encontrarse como bebidas “para la casa” en las alacenas domésticas y por ser objeto de anuncios publicitarios que se podían ver en gran parte del horario nocturno de la televisión. Hay frases que se han quedado en la memoria como aquella de “Como el viejo decía, si las cosas se hicieran fácilmente, cualquiera las haría”, expresada por Anthony Quinn en su promoción del Viejo Vergel.

            A aquellos brandys mexicanos se agregaba el español Fundador, ya como lo más selecto. En mi adolescencia tizimileña algún cuate unos años mayor nos recomendaba beber este último sólo con hielo, sin los acostumbrados refresco de cola y agua mineral. Nada afecto al hielo, desde ese entonces lo prefería en seco, aunque los brandys mexicanos sí que ameritaban de lo dulce y de lo aguado. A ello se agregaban las suspicacias, pues los viticultores mexicanos decían en público que la producción total de uva del país era más que insuficiente para sostener la producción de brandy nacional. Así que nos creímos lo de que en realidad eran brandys de panela, mala idea comercial, porque los hizo parecerse al licor que los desplazó después, generando un acostumbramiento al sabor azucarado.

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            Esa moda tenía como acompañantes los fuertes cigarros Raleigh, pero ya en la década de los 80 el ron, en específico el Bacardí, tomó la primacía, y en cuanto a cigarros el Marlboro junto con los primeros light que yo recuerde, los Viceroy Lights. A ellos se añadía un sinfín de marcas y de experimentos, como los de sabor a maple, los Mapleton, y los que tenían carbón en medio del filtro, los Lark.

            El brandy, especialmente el nacional, empezó una decadencia de décadas y se volvió raro de observar que se bebiera en Mérida, aunque en las cantinas de Campeche seguía siendo solicitado con normalidad, al igual que en municipios del oriente yucateco. Preguntaba yo en las barras de cantinas meridanas quiénes bebían brandy y la respuesta es que era gente de otras regiones, sobre todo del norte, y por lo regular de avanzada edad. Se había vuelto bebida de viejos.

            En buena medida imperaba ese prejuicio tan yucateco de que tomar licores dulces embriaga más rápido y deja una peor cruda. No sé de dónde surgió esa idea, que va a contrapelo de lo que había sido lo común en un largo tramo de nuestra historia regional de lo bebestible, donde los licores se hacían a base de azúcar o de anís, bastante dulces y tomados en seco. Y nadie repelaba por ello. Incluso me tocó conocer como algo común en cantinas del puerto de Veracruz el habanero con zaraza, una gaseosa de manzana, producto local, y en Yucatán, en anuncios periodísticos de mediados del siglo XX se promovía una Sidra Pino de manzana como ideal para combinarse con licores.

            En suma, el brandy fue rechazado por lo dulce, como si el ron no lo fuera también. Pasó a ser considerada una bebida de viejos, y no sólo en nuestro país, sino también en España, como pude comprobar. En bares tanto comerciales como los de los colegios mayores eran más solicitados los rones latinoamericanos (dominicanos, venezolanos, puertorriqueños), que costaban lo mismo que un whisky escocés, aunque el único de menor precio era el elaborado en las Canarias. Pero los brandys españoles eran ya objeto mínimo de atracción, más bien para extranjeros de países remotos.

            A mí me vale, y sigo firme con esa bebida de viejo. Le estoy muy agradecido porque me hace revivir mi adolescencia y porque su sabor me parece inigualable. Más que nada, por sus propiedades. El último día de un reciente evento de cronistas e historiadores, a fin de llegar a tiempo, me pegué una buena mojada al igual que varios de los asistentes y, contraviniendo otro prejuicio yucateco, para secarme me senté bajo un ventilador, donde a la vez azotaba directo el aire acondicionado, eso sí, tomando vasos de café caliente y de agua tibia. Estuve ahí sentado la mayor parte de las horas que duró el evento y quedé bastante seco, aunque con los zapatos y calcetines aún susceptibles de ser exprimidos. Ya en mi casa una generosa dosis de un brandy francés de módico precio y buen sabor me evitó los males de salud de ese humedísimo mal tiempo. Muy reconfortante.

            Para las mojadas, brandy; para el frío, brandy; y para toda ocasión, brandy también.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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