
Entre mis vecinos corre el rumor de que el Parque Centenario será cerrado. «¡Dicen que por seis meses! ¡Que por las reparaciones del trenecito!»
Al escuchar esos comentarios, mi memoria regresó a la época en que los animales fueron trasladados a Animaya. En aquel entonces también se decía que el Centenario cerraría porque resultaba peligroso e inoperante.
Los antecedentes explican por qué hoy existe tanta desconfianza. Primero dejó de funcionar el miniteleférico y, hasta la fecha, continúa fuera de servicio. Después se descarriló el trenecito; más tarde volvió a descarrilarse. Luego ocurrió el lamentable ataque de perros callejeros que ingresaron al parque y mataron a varios venados. Posteriormente se conocieron nuevos casos de muerte de animales, hasta que finalmente la entonces responsable del Centenario fue removida de su cargo.
En lo personal, me preocupa que pudiera repetirse la conocida práctica política de dejar deteriorar un espacio público para, posteriormente, justificar decisiones más drásticas sobre su futuro.
En una época de alta tecnología y procesos cada vez más eficientes, resulta difícil comprender que la reparación de un trenecito requiera, supuestamente, seis meses de trabajos.
¿Qué podría esconder una decisión de esa naturaleza?
Algunos ciudadanos podrían pensar que se busca crear las condiciones para concesionar el terreno a particulares o, simplemente, dejar que el tiempo haga olvidar el parque para, en un futuro, darle otro destino a un predio de enorme valor estratégico. Basta imaginar lo que significaría un hotelazo en ese sitio: con acceso inmediato al aeropuerto, a la Central de Autobuses y a las carreteras que conducen a Sisal, Progreso, Campeche y Cancún.
Si realmente existe la decisión de cerrar temporalmente el Parque Centenario, el movimiento Renacimiento Maya debería solicitar a la alcaldesa, Cecilia Patrón Laviada, una explicación pública, así como un calendario preciso de las reparaciones y una fecha formal para su reapertura.
Asimismo, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, debería estar informada de una decisión de esta magnitud, pues afectaría a cientos de miles de personas que visitan el parque a lo largo del año. También tendría repercusiones económicas para numerosos pequeños comerciantes cuya actividad depende, en buena medida, de la afluencia de visitantes.
Cecilia Patrón, quien ha procurado conducirse con transparencia en diversos temas de la administración municipal, debería explicar abiertamente las razones de esta medida. La claridad siempre evita suspicacias, sobre todo cuando se acercan tiempos electorales.
La primera vez que se planteó cerrar el Centenario fue con el propósito de incentivar las visitas a Animaya. Sin embargo, ese parque aún carece del ambiente, la historia y el atractivo urbano que posee el Centenario, un espacio que forma parte de la memoria afectiva de varias generaciones de meridanos.
En ocasiones, las ciudades no solo pierden edificios: también pierden símbolos. Y el Parque Centenario es uno de esos lugares que forman parte de la identidad de Mérida. Cualquier decisión sobre su futuro merece explicaciones claras, transparencia absoluta y el compromiso de que este patrimonio público seguirá perteneciendo a todos.



