¿Cuánto costaba una fiesta en 1950?
El bautizo de Mauro Federico

Nunca pensé que un mueble pudiera guardar una fiesta. El viejo ropero de mi abuelo llegó a mis manos cuando murió mi padre, con los cajones llenos de papeles de décadas, recibos, sobres, hojas sueltas. Entre todo eso estaba una pequeña libreta de notas con pasta de cuero. Al abrirla me encontré con el bautizo de mi tío Mauro, celebrado en la hacienda San José, en Kimbilá.
En el Registro Civil quedó asentado como Mauro. En la pila bautismal, según la memoria familiar, recibió el nombre de Mauro Federico, aunque a él nunca le gustó que lo llamaran Federico. Para todos nosotros fue siempre, sencillamente, el tío Mauro.
La madrina fue su bisabuela, Petronila. Mamita, le decían todos. No cuesta imaginar lo que aquel día significó para ella: ver bautizar a una nueva generación de la familia.
Mérida, 6 de octubre de 1950. Así está fechada la libreta. La cuenta de la comida lleva otra fecha en la cabecera: «Obre. 8. Bautizo». El 6 fue viernes; el 8, domingo, el día de la fiesta.
El primer apunte es un viaje a Kanasín «para tratar con el padre Machado», veinticinco pesos. ¿Qué se trató en Kanasín? Eso no lo dice; las cuentas casi nunca explican nada. Al padre Eligio Machado le tocaron otros veinticinco de obsequio. Luego viene el automóvil «para inscripción y asunto Iglesia», quince pesos, y veinte de gasolina para dos autos. Eran alquilados, para llevar a toda la familia. Diez pesos más por la Sidra Pino que Dolich compró en el camino. Tres pesos en flores. En otras hojas quedan los derechos, cinco con sesenta, y unos pesos sueltos: cuatro por la ida a Kimbilá, tres por la vuelta, uno más para el padre.
La fiesta sería en la hacienda San José, propiedad de la familia. Aquí la imaginación se adelanta a los papeles: parientes llegando desde Mérida, la cocina encendida desde temprano.
Lo que la libreta sí consigna, y con un cuidado notable, es el gasto de la comida. Dos pavas, 26 pesos. Dos cajas de cerveza, 29. Una caja de Sidra Pino, 5. Una marqueta de hielo, 4. Diez aguas minerales, 2. Una botella de ron Pizá, 4. Tres kilos de carne de puerco, 16.50. Quince huevos, a treinta centavos, 4.50. Dos almudes de maíz para las tortillas, 5.20, y tres por la hechura. Un almud de chile seco, 1.75. Pimienta, ajos y cebollas, 1.30. Un cuarto de manteca del país, 1.50. Y cinco pesos por la hechura de la comida.
Total: 108.75. Hice la suma y cuadra al centavo.

Las tortillas se pagaron aparte: tres pesos por la hechura de los dos almudes. Mi abuelo no dejaba nada sin apuntar.
La hechura de la comida costó cinco pesos, lo mismo que la caja de Sidra Pino. Cocinó una señora de Kimbilá, eso me lo contaron. Mi abuelo no anotó su nombre y en la familia nadie lo recuerda.
El menú no quedó escrito. Pavas, carne de puerco, huevos, chile seco, pimienta, ajos y cebollas son casi todo lo que lleva un relleno negro, con su but de puerco y huevo cocido. La libreta no lo nombra, pero yo apostaría por él.
Si fue relleno negro, el aroma saldría de los fogones mientras la familia se reunía a la sombra de los árboles de la hacienda. Los refrescos y la cerveza estarían entre hielo con sal, que enfría más rápido; así se lo vi hacer a mi abuelo alguna vez.
Mi abuelo no escribió estas cuentas para que yo las leyera setenta y seis años después. Solo quería saber en qué se iba el dinero y, sin proponérselo, dejó una ventana abierta hacia el pasado.
¿Cuánto costaba una fiesta en 1950?

Mi abuelo hizo la cuenta más de una vez y no siempre le salió igual. En una hoja suma 208 pesos; en otra, 172.35. Uno se queda pensando cuál de las dos le pareció la buena.
¿Mucho o poco? Así, solas, las cifras no dicen nada. El dólar costaba entonces 8.65 pesos y hoy anda por los 18, pero ya no son los mismos pesos: en 1993 la moneda perdió tres ceros.
La mejor vara de medir es el jornal. A finales de los años cuarenta, el salario mínimo urbano promedio del país rondaba los tres pesos diarios. Para juntar un dólar había que trabajar casi tres días. Hoy basta con menos de media hora.
Con esa vara, la libreta se lee de otro modo. Un huevo costaba treinta centavos, la décima parte de un jornal. Una cerveza, unos sesenta, porque las cajas eran de veinticuatro botellas, como las de hoy. La Sidra Pino salía más barata: unos veintiún centavos la botella. Con un peso alcanzaba para tres huevos o para cinco aguas minerales. Y una pava costaba más de cuatro días de trabajo.
Ahora la suma completa. Solo la comida equivalía a unos treinta y seis jornales. La cuenta de 208 pesos, a sesenta y nueve: más de dos meses de trabajo para bautizar a un niño. En dólares de entonces, unos veinticuatro.
¿Y hoy? Con el salario mínimo de 2026, de 315.04 pesos diarios, aquellos sesenta y nueve jornales serían unos 21,800 pesos. Solo la comida, unos 11,400.

En el mercado la cosa cambia, aunque aquí la comparación es apenas un juego: ni las cosas ni los precios son los mismos. El kilo de pavo de patio en pie anda hoy entre 90 y 100 pesos; cuánto pesaban las pavas de mi abuelo, eso queda a la imaginación de cada quien. Con la cerveza es más fácil. Una caja de veinticuatro Montejo cuesta unos 450 pesos, cerca de diecinueve la botella. En 1950, una cerveza se llevaba la quinta parte del jornal. Hoy, apenas el seis por ciento. Brindar salía bastante más caro que ahora.
Aun así, lo que me detiene de la libreta son los viajes, los encargos, la gente que hubo que mover para llegar a esas sumas.
Los libros de historia suelen ocuparse de gobernadores, guerras y cambios políticos. Y de pronto aparece una libreta con el precio de un huevo anotado a lápiz, y por ahí se cuela la vida de la gente común: lo que comía, lo que gastaba, cómo celebraba.
Quizá nunca sabremos qué se dijo aquella tarde en la hacienda San José, ni quién llegó primero, ni quién se fue al último. Quedan los rastros: las pavas, la cerveza, el hielo, el maíz, el chile seco, y Mamita, madrina del recién bautizado.
A veces los tesoros familiares son unas cuantas hojas amarillentas, escondidas durante décadas en el cajón de un viejo chifonier.
Con eso basta, a veces, para asomarnos por un instante a los sabores, los gastos y los afectos de una familia yucateca de mediados del siglo XX.

Referencias
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López Rosado, D. G., y Noyola Vázquez, J. F. (s.f.). Los salarios reales en México, 1939-1950. El Trimestre Económico. https://www.jstor.org/stable/20855207
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