
Para algunos las piernas femeninas ejercen una atracción irresistible. Casi representan el summum de la excitación posible causada por las mujeres. Como son comúnmente visibles ahora, luego de que durante siglos fuera un ansiado imposible el contemplar esa totalidad, y si acaso en los breves momentos en que por arremangarse las faldas en ríos o charcos dejaban ver algo de su pantorrilla, quizá esa pasión pueda explicarse como un remanente del pasado. “Con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito”, decía López Velarde. Cómo alucinaban en otros tiempos.
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De niño, en sus tiempos kinderianos, le encantaba mirar las piernas femeninas. Era una fijación que ignoraba a qué se debía. Pero con el tiempo esa parte del cuerpo de mujer se le fue haciendo indiferente, mientras que otras le despertaban apetitos más golosos: “De las caderas para arriba, a decir verdad. Lo demás puede estar como sea”.
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Como buen yucateco entendía que lo que se llamaba buenas piernas de mujer eran las gruesas, como troncos, generalmente rectos. El tiempo y las pláticas con las propias mujeres le fueron enseñando que en realidad las bellas piernas son las delgadas bien torneadas, elegancia movible, reforzada por una buena falda o vestido y un espléndido par de zapatos que las enmarquen y realcen.
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Atrevido era el poeta novohispano Francisco de Terrazas en el siglo XVI: “¡Ay basas de marfil, vivo edificio / obrado del artífice del cielo, / columnas de alabastro que en el suelo / nos dais del bien supremo claro indicio”.
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Para identificar a la escribiente que le debía entregar un documento: “¿Cómo se llama ella?”. “No lo sé, pero es fácil que la encuentres por sus pantorrillas”. ¿Y qué tienen?”. “Son pantorrillas gruesas”. “¿Y qué, es la única que las tiene gruesas?”. “Sí, las demás las tienen flacas o las tienen gordas. Ella las tiene gruesas”. Imagínense estar andando por el juzgado mirando quién tenía las pantorrillas gruesas, con tan mala suerte de que casi todas las que estaban sentadas vestían de pantalones. Verdaderamente hiperdiscreto hacer cálculos y suposiciones que a lo mejor provocaban un serio problema. Bonita manera de identificar a una escribiente.
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La pose ponderata de las esculturas renacentistas, con una pierna firme y la otra relajada. De aquellas muchachas romanas de la Antigüedad lucidoras de piernas en sus ejercicios gimnásticos y que parecen estar en traje de baño alguna luce coqueta en esa pose.
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Cómo volverían loco las piernas revoloteantes de la bailarina cinematográfica de décadas pasadas Cyd Charisse, veloces en su ejecución de movidos ritmos. Para mí agradablemente graciosas, en verdad. Y también me hace sonreír ese movimiento en una sola línea de las modelos de alta costura por las pasarelas. Cruzándolas en un meneo artificial, me atrevo a decir pernicioso para el cuerpo, pero refinado para otros.
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“¡Le estabas mirando las piernas a esa muchacha!”. “Oye, yo nunca miro piernas, para serte sincero”. “¡Claro que lo estabas haciendo! ¡No quitabas la vista de ahí para nada!”. “Para serte honesto, no sabía ni siquiera que tuviera piernas la muchacha…”. “¿Qué?”. “Bueno, al menos piernas mirables”.
A la siguiente ocasión el interfecto, con total curiosidad, trató de mirar lo que había ocasionado aquel arranque de celos de su novia. Lamentablemente, los pantalones lo dejaron en ascuas.
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Las piernas. Ese entusiasmo de Terrazas en su soneto un tanto deshonesto y por ello poco difundido: “¡Ay, puerta de la gloria de Cupido / y guarda de la flor más estimada / de cuantas en el mundo son y han sido!”.



