
No me lo van a creer, mis caros lectores, pero hay noches de octubre en Mérida en las que el aire ya no huele a lo que debe oler. Caminas hoy por los rumbos de la ciudad y el viento ya no te arrastra ese bendito perfume de la hoja de plátano tostada ni el misticismo del carbón encendido; ahora lo que te topas de frente es el frío zumbido de las plazas comerciales y el plástico nuevo de los disfraces importados. Vivimos, qué duda cabe, en una Mérida que corre tan rápido que parece querer dejar atrás a sus propios muertos.
Hoy la cosa es muy distinta, Sales a la calle en colonias como el Campestre o la Alemán, y lo que ves es decoraciones de pequeños monstruos de plástico. O de niños disfrazados de vampiros, de brujas gringas o de personajes de películas de terror que ni sé cómo se llaman, cargando unas calabacitas de color naranja chillón hechas en China. Van tocando puertas gritando «¡Halloween, Halloween!» o el mentado «trick or treat», esperando que les avienten dulces. Se divierten, claro, es la inocencia de la infancia; pero amigo lector, para un yucateco de tradiciones como lo soy yo, esto, me hace sentir un bajón en el corazón. Y es que: ¡Qué abismal diferencia con el alma de los niños de antes!
Aquellos años de la Mérida blanca y pausada, los niños no esperábamos salir a pedir dulces a los extraños; esperábamos a nuestros propios muertos. El Hanal Pixán se vivía desde el hogar, hasta la calle y escuelas.. Nuestras golosinas eran, o el dulce de calabaza, de camote o de yuca que las mamás y las abuelas preparaban en almíbar espesito. Y claro al final del ritual del altar, seguía el tan anhelado PIB.
Hoy, el Halloween ha colonizado el entusiasmo infantil. Es más fácil para un niño meridano sepa qué es un zombie que explicar qué es un Xec. Los comercios se llenan de telarañas artificiales y máscaras de látex, relegando el mantel de encaje, las velas de cera negra y las flores de x’pujuc al rincón de los recuerdos escolares. Porque ahora parece que el Hanal Pixán solo sobrevive como una tarea obligatoria de la escuela, donde les piden llevar un platito para el altar del salón, más por compromiso que por verdadera devoción.
Y no! no soy un viejo amargado que le pelee a la modernidad; entiendo que el mundo gira y Mérida ya no es la de mediados del siglo pasado. Los niños de hoy buscan el juego, la fiesta, el susto gringo que vende la televisión. Es natural. Pero duele ver cómo se va diluyendo esa identidad tan nuestra. Ojalá que entre tanta bruja de plástico y tanto monstruo de silicón, los padres de hoy tengan la delicadeza de sentar a sus hijos y decirles, aunque sea bajito: «Está bien, hijo, disfrázate… pero antes de salir a la calle, ven a prenderle una vela a tu abuelo y cómete un pedazo de pib, para que nunca te olvides de dónde vienes». FIN



