
Comí un buen tanto del plato de cacahuates, extrañamente más grandes de lo normal, y el alma me empezó a salir a chorros por la nariz, con la garganta muy cerca de quedar obstruida y una sudoración que me empapó el pañuelo. Casi me acabo la caguama en segundos e incluso pedí agua, que ingerí de un tirón.
Ya más o menos recuperado, me dirigí con enojo a la encargada y a los tres parroquianos con quienes coincidía en la barra de aquel bar de colonia, nada persistente en su funcionamiento:
—¡Esta botana es criminal! Vean, hasta pedazos grandes de chile quemado tiene. Podría matar a alguien…
Uno de los bebedores comentó riendo:
—Es que nosotros los yucatecos acostumbramos mucho comer chile.
—Soy más yucateco que el ts’otobichay y también como chile, pero no en esta proporción. Esta es de locos.
Una botana de cacahuates ultrapicantes seguramente pensada para que ardan las bocas, obligando a consumir más líquido. Muy efectiva para eso, aunque nada saludable. Circuló durante un tiempo e incluso la servían en festejos particulares. No me he vuelto a topar con ella. (Y solo falta que digan que el ts’otobichay proviene de los gitanos).
*****
En una cantina al poniente acostumbraban a toda hora servir verdes ciruelas chiabales junto con la cerveza. Se ve que tenían un alto número de matas de ese fruto porque no parecía acabárseles nunca cuando era temporada. Botana peligrosa, propiciadora de un atragantamiento para quien ya estuviera ebrio o para los que beben hablando sin parar. Y dudo que el cantinero y las meseras supieran de la maniobra de Heimlich. La cantina aún funciona, pero con distinto encargado, mientras que el de ésta pasó a administrar otra. Habría que ver si siguen sirviendo ese agrio fruto de semilla dura.
Recuerdo que hace muchos años en alguna cantina de otra población peninsular me sirvieron huayas, tanto o más peligrosas que las chiabales en una cantina. Cómo serán las cosas, que en una tienda meridana escuché a un hombre pueblerino decir con énfasis que ni pagado se atrevería a comer huayas.

*****
Entre los varios platitos figuraba una masa multicolor nada apetecible a la mirada. ¿Sería que me estuvieran viendo cara de bebé o de anciano desdentado para servirme una papilla? ¿O era puch’ de potaje? Comí todo lo demás y luego de mirarla largamente al fin me atreví a tomar con una tostada un poco de esa sospechosa mescolanza de quién sabe qué restos. Estaba buena y me la acabé pronto y con gusto.
Cuando regresó el mesero con la segunda cerveza le pregunté que era esa cosa tan… rara (iba a decir “tan fea”, pero cambié a última hora).
—Sopa borracha —me contestó.
La volví a comer las pocas veces que fui a esa céntrica cantina, pero en algunos de mis ocasionales regresos posteriores me dijeron que ya no la servían. Supongo que no era yo el único al que le daría desconfianza esa sabrosa botana de poco atrayente aspecto.
*****
Ese bar del barrio de Mejorada no parecía dar bola. En muy pocos años había cambiado de administración más de una vez. Ahora estaba a cargo de un norteño, alto, coloradote y con algo de sobrepeso. Una niña, idéntica a él, era quien traía la botana, consistente en palitos de pan crocante, de apio y de zanahoria, sobresaliendo en un vaso de cerámica. Era lo único que servían.
El lugar siempre estaba casi vacío y yo solo iba para hacer tiempo en mis andanzas por el centro. Su tranquilidad me permitía escribir con calma, a mano, como acostumbraba en esos años.
Dadas tales condiciones, en algún momento me atreví a comentarle al norteño que aunque esa botana era aceptable para mí, al común de los yucatecos no le gustaría para nada. Que sería bueno que visitara otras cantinas y tomara nota de lo que se suele servir en Yucatán.
—Pues a mí toda la gente que viene me dice que lo que servimos está perfecto.
Como empleaba carta de bebidas le hice notar que sus precios estaban muy por arriba de otras cantinas del mismo rango, entre un 60 y un 100 por ciento más. Y también superaba a las de abundante botana y aire acondicionado.
—Pues a mí la gente me dice exactamente lo contrario, que mis precios están muy baratos… Vea por ejemplo cuánto cuestan los whiskies…
—Le soy sincero, le repito que sí están elevados, sobre todo sus whiskies. Tal vez esté usted comparándolos con los precios de su tierra o con los del hotel de aquí al lado, que es de los más caros de la ciudad…
No me creía. Sin duda, lo habían cultivado. Ya no me aventé a recomendarle que no empleara a su hija menor de edad como ayudante de mesero pues no era prudente ni legal que estuviera circulando por el bar. Consideré que decírselo sería tan inútil como con lo demás. Y aun cuando se veía tranquilo, capaz de que reaccionara de mala manera.
Fueron pocos los meses que administró ese negocio. Ni sus precios ni esa sana botana de pan, apio y zanahoria ayudarían a ganar clientela. El lugar cerró sus puertas durante años y luego casualmente fue ocupado por un buen restaurante vegetariano, que ya tampoco funciona.



