
Aunque el vivir se sienta pleno, cuando no se lleva con
el razonamiento adecuado, podríamos caer
tan solo en el cumplimiento. Interpretar
sin toda la verdad lo vivido.
MJ
Sí, así mismo podría pasar.
Cuando volteamos a ver al pasado podríamos sentir pesar si creemos que algo nos ha faltado por hacer, o hemos dejado algún asunto en el camino, el corazón parece que cobra factura. La realidad es que no es así, todo lo vivido es seguro que haya tenido buenas razones, y que éstas sean válidas para dar otros pasos distintos.
Algunas veces el orden que percibimos con las razones de fondo, se ve trastocado. El porqué de las acciones puede tomar tiempo comprenderlo y al ser interior y profundo el razonamiento verdadero, no se logra ver con claridad. La razón también se puede volver como de bisutería y sin sustento, lo que dará paso a cambios. Es por eso mismo que hay algo muy bello que ha dicho la psico/filosofa Mariluz Barrera: -Acercarse a la verdad significa una disponibilidad y apertura a la razón-. Las buenas razones aun siendo validas duelen y nos cuesta aceptarlas, a veces se aparecen de pronto y no nos gustan.
La vida, es cambio. Aceptación. En las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado compartir en familia extendida se vivió mucho mas fluidamente. Hay muchas razones del porqué, aunque sí apena como hoy día eso ya no se da con tanta facilidad, jamás me atrevería a decir que tiempos pasados fueron mejores. Tal como lo dice William Faulkner: -el pasado, nunca se va-. De alguna manera siempre pervive en nosotros. Disfrutar en las transformaciones es la esencia de un buen sentido.
Esa vida de convivencia tranquila, cuando a pie nos llegábamos a las casas de los primos y amigos del rumbo, y sin más nos quedábamos a lo que se decía era: pasar el día, con los tíos o abuelos, nos permearon a algunos hasta el mero núcleo de las células. Lindos momentos de infancia que uno atesora.
He de decir que yo era extremadamente feliz en mi propia casa. Sentía que tiempo me faltaba para todo lo elegible para realizar, desde jugar y subir a los árboles, bajar los mangos, lavar la pileta de los peces o montar bicicleta alrededor de la cuadra.
El caso de un tío del grupo de adultos que nos rodeaba se percibió como que no le podíamos tratar tan de cerca y solo le saludábamos algunos domingos que participaba de las comidas familiares. En la casona antigua de los abuelos de mis primos y otras veces en el Rancho playero que a todos nos acogía.
Cada verano iba nuestro tío, solo de lejitos las mas de las veces. No se nos permitía acercarnos de mas, y ni que decir en la playa, que, aunque su casa estaba dentro de los terrenos del Rancho solo la veíamos lejanamente.
En lo personal, me preguntaba ¿Estará enfermo? ¿Será que es un hombre malo? ¡Nada de eso! todo se reducía a la incomprensión de su condición: era homosexual.
Doy gracias a Dios que ya a la generación de nosotros mismos y la posterior, les ha tocado comprender claramente eso de las condiciones diferentes del ser humano.
Es básico para la dignidad humana comprender. Puede haber tantos momentos que podremos perdernos al tener esas reducciones mentales ante realidades que llevan su propio sentido y razón de ser, con validez. Vetado el asunto, es obvio que uno como niño o niña pone más atención a los ¿porqués? Así que, cuando ya fuimos jóvenes y ya pudimos estar más cercanos, descubrí las enormes bondades de ese ser; era muy ameno, nos contaba chistes para carcajearnos de lo lindo con él, y ni qué decir de sus tremendos aportes en cuestión de dichos… ej.: -hay que vivir la vida sin que nos cobre tributos-.
Esa frase tan suya me marcó, y con toda razón.
En la niñez sabíamos que estaría en la mesa enorme de la casa. Compartía en las comilitonas de los adultos y nada más. Sí, le veríamos los domingos o cuando íbamos a ver el paseo de los carnavales en los enormes ventanales de la casa de los abuelos de los primos, en calle muy céntrica y que nos permitió ver los carros alegóricos muy de cerca. He de decir que, por mi carácter, la algarabía del carnaval jamás fue lo mío y mucho menos los disfraces, pero no puedo negar que como quiera, me permitió compartir con especial gusto y eso fue lo más auténtico.
Aunque los peques no comíamos en la misma mesa grande de los adultos, estábamos cerca en otra mesa, era un espacio lateral con las nanas y yo me le quedaba viendo a ver si notaba algo ¿diferente? y ¡nada!, solo veía que, además era un hombre guapo.
En esos tiempos me quedaba absorta observándole. Pensaba que, ¿Cuándo se nos dejaría estar más cerca de él? y recibir las bondades de su ser, que se descubrieron ya adultos todos. Tuvimos que esperar el tiempo necesario, y mas que nada las razones de fondo de los otros adultos. En la infancia pareciera que es eterno el tramo de camino hacia la adultez y luego nos damos cuenta que puede ser casi como un suspiro.
Darme cuenta de los significados profundos de las palabras, aún no se me daba. Así que su frase inolvidable de los cobros de tributos en el actuar humano, me tono tiempo entenderla.
En verdead, que me tomó tiempo. Fui la más feliz por haber tenido la oportunidad de ser parte de sus buenas pláticas; él gozaba ir a España y a su regreso nos contaba muchas de las cosas que aprendía de los orígenes de la familia. Investigaciones que hacía. Comprender toda la dimensión de las palabras, atentos a los tópicos, compartir anécdotas y demás.
A los adultos del siglo pasado les costaba mas comprender las diversidades de la vida misma. Mucho más dentro de los ámbitos de la familia. Esa condición de preferencia sexual, le marcó. ¡No tendría que haber sido así! mas, con sus frases puntuales a todos nos enseñó muchísimo.
En otras ocasiones cuando mis primas y yo ya éramos jóvenes nos decía: -Por favor, no se les vaya a torcer el tacón-. Cuando nos veía aparecer mas emperifolladas.
Solo eso me bastó, para que pudiera comprender lo fascinante de la condición humana. Con el devenir del tiempo, me prometí que esas profundidades serian bien observadas. Si se mal comprenden las cosas, sí cobran tributos.
Eso mismo, ya inscrito en los tiempos de nuestra adultez, traerá el necesario pensar del correr de los años.
¿Qué era eso del tributo?
En su caso, fue lo que nuestro tío tuvo que pagarle a la vida para ser aceptado totalmente. Claro, que ha costado mucho comprenderlo; así mismo aceptar que no es tal cual, lo que los otros adultos en su querer cuidarnos como niños, consideraron.
Le recuerdo con mucho cariño.
La condición humana, sí que es fascinante.
En lo personal creo que es algo de lo que más disfruto en la vida de relación. Uno puede notar como a veces si hay gente considerada muy humana y que luego resulta intratable. El tributo que pagamos no es tal, si somos asertivos y razonables.
En nuestras apreciaciones de cómo se da la razón de fondo en la vida de cada día, en ese fluir de la vida, lo importante es como encontramos los equilibrios. Es tan solo saber que habremos de estar más atentos a las vivencias, siempre traen una parte que enriquece. Las afinidades son las más importantes, a veces creemos que porque conocemos a alguien ya eso nos basta, en algunos casos sí es importante descubrir otros dones dentro de cada ser, lograr la buena convivencia.
Si se propicia una amistad por conveniencias, lo más seguro es que eso no dure. No pasa nada, porque no es manda estar cerca de todos, toda la vida. Mas por eso mismo, la práctica de saber observar con adecuación se propicia desde las infancias, con buenas razones y mucho cariño. Observar, aceptar y explicar si fuere necesario.
En casa, aun como niños y mas en la juventud, nuestros padres nos enseñaron el gusto que se puede sentir cuando se regala algo a alguien. He estado infinitamente agradecida de eso que se sembró en mí, porque no hay nada que goce más en la vida, que dar un regalo atinado. No siempre es fácil.
Tendría yo uno seis o siete años cuando mi madre decidió enseñarme a tejer. Nos la llevábamos con bastante discusión y a regañadientes siendo yo zurda, a ella le costó. Era toda una faena, por mi parte estar atenta con la vista puesta en sus movimientos diestros, era la condición. De pronto, sentía que ya era hora de dejar de intentar, (algo que deseaba y a la vez sentía dificultoso) tan solo le decía: -Ya lo sé-. Ella, se daba cuenta que me salía por la tangente… y solo me decía: -Ya estás como la golondrina, cuando su madre le intento enseñar a formar el nido, solo decía ¡lo sé, lo sé!… y luego el nido al primer viento, se desbarataba-. No sé qué tan real sea que eso se dé así en la naturaleza en las hechuras de esos nidos de las golondrinas, de eso mismo nació esa idea, un símil que existía para decirnos:
-Si no aprendes bien poniendo atención, pagarás tributo-.
Nadie quiere pagar tributos a la vida. Más al fin aprendí que es parte del vivir.
Una navidad, mi madre me dijo que haríamos un pequeño chaleco de hilos de todos los colores. Nada más fascinante para mí, amé el circulo cromático desde niña. En el taller arquitectónico de mi padre había aprendido todo lo habido y por haber de colores y mas colores de todo tipo. Fue una gran emoción tejer con tan variados estambres, sintiendo que ese logro lo estrenaría apenas empezara el tiempo fresco (que, a decir verdad, antes era desde el mes de septiembre, cuando se sacaban los sweaters que poco se necesitan en estas tierras) así se acabó el tejido, y lo estrené.
Un día, llego hasta la puerta de casa una humilde mujer vendiendo escobas. En verdad que acercarme a ella me resultaba fascinante, porque notaba esas diferencias que apenas y podía comprender de la realidad de los humanos, quería saber porque se daban. Venía con una niña de mi edad que notamos muerta de frío, con la nariz llena de mocos secos y una mirada que jamás podre olvidar. Mi madre me dijo: -Ve a buscar el chaleco que será para esta niña, luego haremos otro-Tal vez lo dudé, pero me sentí tan feliz cuando percibí que la peque, pareciéndome tan desvalida podría utilizar algo para mitigar parte de sus carencias, así es que fui volando a buscarlo; le vi partir con el chaleco sobre su sencillo hipil y como su madre se lo había puesto, eso me marco como el mejor tributo recibido.
Y, a esto también se referida nuestro tío vetado, quien luego fue un gran amigo.
Cuando nos decía que cuidásemos que nuestras acciones no cobrasen tributo, ¡cuánta razón! Los momentos de amena platica llegaron con multitud de buenos tributos positivos para el alma, no solo se refería a lo negativo, claro está, sino que mas bien apelaba a la razón verdadera de los actos.
Es como una consecuencia, el lograr el equilibrio final de cada día.
A él, al tío mencionado, sí le cobró los tributos mas fuertes la vida. Siempre pienso en eso. Los sobrinos directos recibieron mucho de él.
En los diarios personales que he leído como es el caso de Virginia Woolf, también se le cobraron buenos tributos a su ser. En los años 1927 y 1928 ella escribe mucho sobre su propia obra: ¿Cómo comprender las situaciones de una vida difícil? Ella, que, sí que tenía una enfermedad real, ni ella ni nadie de su entrono comprendió del todo: Ser bipolar, que apenas en el final del siglo pasado se logró entender.
En estas épocas escribiría -Orlando-, y otra novela muy interesante que habla mucho de su entorno familiar: -Al faro-.
Ella, revisaba muchísimo antes de publicar.
Y decían sus escritos personales: -Me doy cuenta, que la gente suele decir mil cosas sin pensar, a veces sí se pone atención a lo que se comparte en los textos, otras tantas no-. Y cuánta razón lleva esto de su pensamiento creativo, no se lee para obtener nada, sino por principio es un placer observar la forma, el sentido literario escogido, y tal vez solo nos lleguen dos o tres frases, pero eso no desvirtúa todo el contenido total expresado.
Ella, siendo una gran mujer sensible a su entorno, a veces sí sentía que su mundo era insignificante, sin darse cuenta que el modo de exponerlo nos estaba dando a sus lectores una inyección de vida sensible, llena de sentido.
Solo para quienes únicamente desean encontrar las pepitas de oro en la vida, todo lo escrito puede parecer insignificante. Los textos llevan vida en sí mismos como un sentimiento redondo, tal cual los complementos de toda expresión. (Continuará)



