
Ya se ha vuelto costumbre desde hace meses sufrir apagones de horas y en esta semana me han tocado uno de 7 y otro de más de 20 horas, este último aunado a falta de agua. Ya sabemos las consecuencias: inactividad laboral, excesiva sudoración, descomposición de productos en el refrigerador, falta de acceso a internet y a la telefonía fija. Y profunda oscuridad.
Radicales serán las consecuencias de todo esto en lo cultural. El gobierno debería entonces promover una cultura vintage, donde vuelvan a emplearse domésticamente las lámparas Coleman, los quinqués de velas, los candeleros e incluso las antorchas para los exteriores. Para ello será necesario atiborrarnos de cajas de cerillos, que tendrían ser de aquellos ya no de seguridad, sino de los que prendían al rasparse en cualquier superficie. También portaríamos varios encendedores, desde los económicos con cubierta de plástico hasta los elegantes de puro metal. Para ir más fondo, no debe descartarse emplear trozos de pedernal.
“¡Volvemos a nuestras raíces!”, exclamarán las voces y plumas que aplauden alegremente todo lo que haga o deshaga el gobierno en turno. Y las personas nonagenarias, de las cuales aún hay varias lúcidas, afirmarán con rigor que eso está muy bien porque así era la vida normal en el Yucatán de antaño, donde la gente se acostaba a dormir al mismo tiempo que las gallinas y despertaba al primer canto del gallo. Que todo se cocinaba con leña, piedras y carbón, se acarreaba agua extraída de los pozos y para alumbrar la cena bastaba la luz de las estrellas.
La carne se conservará salándola y manteniéndola en lugares secos. Las bebidas se pondrán en agua de lluvia para mantenerse tibias y será normal de nuevo beber la cerveza al tiempo. A la larga nos asombraremos de la existencia del hielo como un Buendía de Cien años de soledad. Los alimentos se adquirirán y prepararán diariamente a fuerza y habrá que consumirlos por completo para que no se desperdicien.

De plácemes estarán los admiradores de la pintura barroca y se estudiarán a fondo las técnicas magistrales de Caravaggio, Rembrandt y Georges de La Tour: claroscuros, tenebrismos, escenas con velas como fuentes de luz. Esa será la manera normal de plasmar la vida nocturna. Y la pintura en general volverá a tener peso por el impedimento de darle carga a los teléfonos celulares, ¿pues así cómo tomar fotos?
La radio recuperará la preeminencia que tuvo hasta antes de 1970, y las familias se reunirán a las puertas de las casas en torno de un enorme aparato para oír a los pocos locutores auténticos y a la infinidad de vulgares gritones y merolicos de la radiofonía de hoy. Y cuando no haya energía eléctrica ni para las radiodifusoras, entonces a cantar todos en coro con guitarras, como en los inicios de la trova yucateca.
Supongo que los vendedores de antigüedades andarán buscando en sus bodegas esos objetos e implementos necesarios para aminorar los padecimientos de la falta de energía eléctrica, pero seguro que todos los que hallen serán insuficientes. Tendrán que ser fabricados de nuevo.
Y habremos vuelto a nuestras raíces hasta que los gobernantes midan los alcances de lo que más les interesa de la política además de enriquecerse: eso que llaman elecciones. Dejando frecuentemente sin luz y sin agua, el panorama se ve muy seco, muy oscuro.



