Cultura

Un viaje recordando los cines de Mérida III. “Cine Mérida”

Ubicado en la calle 62 entre 59 y 61 se encontraba el modernísimo Cine Mérida, inaugurado en los años cincuenta del siglo XX fue el centro de reunión por excelencia de los meridanos hasta el término de sus operaciones como sala cinematográfica. Se trataba de un espacio-foro realmente hermoso, de lo más elegante, bello y moderno que se pueda uno imaginar.

Comenzó a funcionar gracias a la visión del señor Charruf, el cual tenía un hijo llamado Alí, con el que aprendí mis primeras letras en el Colegio Hispano, dado que la preciosa residencia de su familia se encontraba cerca de dicho centro escolar. El señor Charruf casi siempre se encontraba sentado en un sillón en el lobby del recién inaugurado recinto de cine. En las charlas de papá que escuche de él cuando yo era niño, entre los variados temas recuerdo que era recurrente escucharle decir su filosofía de la vida: “manos que no puedes doblar, bésalo”, claro está con su acento libanés.

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El cine estaba organizado como todos los demás, con una taquilla, solo que ésta estaba hecha a base de muy hermosos cristales. Del lado derecho se encontraban las escaleras para el acceso a la planta alta, con un inmenso lunetario y butacas acojinadas, las altas paredes estaban elegantemente adornadas con estilizadas figuras de venados y estatuas de estilo griego, Venus de Nilo, etc.

Este cine, fue el primero en tener una dulcería en el interior del cine, y corre la leyenda de que en sus baños de mujeres un tipo mal de sus facultades mentales se introdujo disfrazado de dama y ataca a las chicas que ingresaban. Podemos decir que el Cine Mérida y el Cine Cantarell constituían el top de las salas cinematográficas de nuestra ciudad. Al igual que todos brindaba día dos funciones diarias y los domingos cuatro. Los precios  del boleto de niños y estudiantes eran $1.25 y de los adultos $4.

Una función allí, como en todos los cines que tenían balcones de segundo piso, consistía en las acostumbradas rechiflas a cualquier manejador de la cinta o pantalla de proyección.  Desde arriba se la pasaban “divirtiéndose”, lanzado colillas de cigarro hacia las butacas del primer piso, también hay que aclarar que antes de comenzar la función se pasaban unos anuncios comerciales y el último era uno que decía: se prohíbe fumar en el interior de esta sala. Obviamente nadie hacia casi y la mayoría incluyéndome fumábamos inmediatamente que terminaba el comercial y por supuesto con su previa rechifla. Por consiguiente había más “libertad”. Desde arriba también se lanzaban escupitajos, lo que provocaba más de una riña.

Tengo que decir que a pesar de ir innumerables veces a dicho cine, lo que más recuerdo es que al proyectarse la película llamada “King creole el rock de la cárcel de Elvis, cuando la película comenzó a pasar sus partes más “salvajes” se armó una verdadera rebambaramba, ya que jóvenes meridanos en pantalón vaquero y alguna que otra chica invadieron el escenario y se pusieron a rocanrolear ejecutando sus mejores pasos del ritmo juvenil. Repito durante la proyección de la película al ritmo de los aplausos de la concurrencia. Y aunque objetivamente impedían la visibilidad esto parecía que al público no le importaba, así que con gritos los animaban a seguir bailando dentro del cine, ya había una muchedumbre en el escenario de tal manera que tuvo que intervenir la policía que apunta de golpes los hicieron pasar uno a uno para llevarlos a la cárcel.

Durante años pensé que esto sólo había sucedido en Mérida, por la energía y magia del nuevo ritmo musical, sin embargo posteriormente supe  que lo mismo había pasado en otras ciudades, tales como Nueva York, Los Ángeles, la Ciudad de México, Estocolmo y en Liverpool en donde tres jovencitos de 13 años llamados John, Paul y Ringo vivieron la misma situación. Hoy día estos recuerdos son sólo eso, recuerdos, al convertirse en lo que hoy conocemos como el Teatro “Armando Manzanero”. En realidad yo ignoro la razón del porque el cambio de nombre.

Para terminar comentaré que durante los trabajos de remozamiento pude entrar a la sala de lo que era el cine y le comenté a mi amigo el pintor Óscar González, aquello era arquitectura nazi, y él me corrigió pronunciando simplemente las palabras art deco.

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