Cultura

Un niño y adulto feliz

Asistí por segunda vez a la conferencia impartida por el estimado amigo Fernando Casares Narváez, quien nos deleitó con sus amenos, emotivos y divertidos relatos sobre su vida, principalmente su infancia en la bella isla de Cuba, a través de la charla titulada: Fui niño feliz. “A mi manera”.

Desde que lo conocí me pareció y hoy confirmo que es un ser humano con una vida rica en momentos agradables y divertidos, en donde las piedritas y dificultades que se le presentaron en el camino, que todo ser humano experimenta, las supo convertir en aprendizajes positivos y muy felices.

rel="nofollow"

Uno de los temas, entre otros, que me interesaba escuchar y registrar de nuevo, era la vida de un personaje que por circunstancias familiares se ha vuelto motivo de investigación personal, hermana de la madre de mi suegra, la pintora yucateca Delfina Cano Mañé, esposa del Licenciado Francisco Cantón Rosado; en virtud de que llevo muchos años escuchando la reiterada mención de retazos de la vida extraordinaria de la tía Paula (Paulita para la familia) Cano Mañé. Al ser también hermana de Julia, la abuela de Fernando y convertirse en más que una tía en una segunda abuela de la familia Casares Narváez, los recuerdos y vivencias que él nos narró, resultan muy atractivas e interesantes para mí y para todos los oyentes.

La familia Cano Mañé estaba compuesta de ocho hijos del matrimonio de Bernardo Cano Castellanos y Delfina Mañé Navarrete; seis mujeres y dos hombres. De los dos varones, uno se llamaba José Antonio y el otro Bernardo; éste último se casó en la Habana en 1916, con la hija de don Ignacio Peón quién se exilió con su familia en Cuba debido a la persecución religiosa en México. En el período de 1914-1916 la facción constitucionalista de Venustiano Carranza protagonizó una dura campaña de persecución y específicamente en Yucatán propició que muchos yucatecos se exiliaran en Cuba previo a la entrada a la ciudad de Mérida el 19 de marzo de 1915, de Salvador Alvarado.

Dos de las mujeres se quedaron solteras, María del Rosario de la Santísima Trinidad y María Mercedes Guadalupe; Eloísa Catalina se metió a un convento de monjas teresianas, Julia se casó con Ernesto Fernando Casares Pérez, abuelos de Nando Casares, Delfina como ya se comentó, se casó con el Licenciado Cantón Rosado y la mencionada Paula, la menor, se casó con Alfonso Capetillo Cirerol, un exitoso empresario que acumuló grandes riquezas en Yucatán y la isla de Cuba.

El esposo de Paulita, el sr. Capetillo Cirerol era un empresario visionario que, aun cuando no tenía estudios avanzados, inició lucrativos negocios en el estado como la venta de bicicletas y después un novedoso emprendimiento llamado “vajillas abiertas”, método de venta de piezas sueltas que se convirtió en un éxito económico. Después incursionó en los bancos fundando el Banco de Ahorro Familiar, institución reconocida en la península y también inició varios negocios relacionados con la construcción usando por primera vez blocks. Una de sus visionarias compras y posterior legado por tan solo $ 1 a sus socios y fundadores (Joaquín Roche Martínez entre otros), fueron los terrenos del actual Club Campestre de Mérida. Al mismo tiempo inició exitosos negocios en la Isla de Cuba.

Al no tener hijos el matrimonio Capetillo Cano y crecer con rapidez sus negocios en la isla, trasladaron su residencia a la Habana. Después de un tiempo sintieron la necesidad de contar con la ayuda y compañía de su sobrino Ernesto Casares Cano, a quien convencieron de vender su propio negocio de tanques de gas butano y estufas en Mérida llamado Gas Peninsular, el cual fue adquirido por la familia Pasos Peña, para trasladarse a Cuba como director del Banco en la Habana, llamado Banco de Capitalización y Ahorros, Previsora Latino Americana.

La familia de Ernesto Casares con su esposa Miriam Narváez Pérez y sus cinco hijos, tres mujeres y dos varones, en donde el pequeño Nando (nacido un 7 de agosto de 1950) era el penúltimo, prepararon su traslado a la Isla junto con más de 20 maletas y baúles y una nana llamada Bertha Canul, sin imaginar lo que su nueva vida les depararía.

Nando se distinguía por ser un niño vivaracho y travieso, por lo que su madre se preocupaba por su comportamiento principalmente en el viaje en avión, por lo que lo conminó a mantenerse tranquilo y sin gritar.  Siendo un niño de 5 años emocionado por viajar en avión, las recomendaciones no surtieron efecto, Nando estaba inquieto principalmente porque nunca había visto a una persona con piel oscura y le tocó sentarse junto a un cubano de piel muy morena, por lo que no dejó de gritar y armar borlote (palabra mexicana, sinónimo de alboroto o desorden) durante todo el viaje.

La recepción que le hicieron al nuevo director del Banco fue impresionante, filas de coches con personas vestidas con elegancia se presentaron al aeropuerto José Martí. El padre de Nando decidió instalar a cada uno de sus hijos en un coche diferente para trasladarse a la residencia de los tíos Capetillo Cano, causando gran angustia al pequeño que no dejó, como era su costumbre, de gritar durante todo el trayecto.

Al llegar a la casa de los tíos Alfonso y Paulita, una mansión a 15 minutos de la Habana en la exclusiva zona llamada Las tres Glorias, compuesta por 3 residencias, entre ellas la del presidente Fulgencio Batista y su segunda esposa Martha Fernández Miranda y la tercera de una familia española, su visión dejó sin palabras a los Yucatecos, recordando que otra tía, Delfina, también vivía en un Palacio en Mérida. Tanto el llamado Palacio Cantón que habitaba Fina, como la mansión en la Habana de su hermana Paulita, tuvieron que ser abandonadas después de unos años por circunstancias de la vida. Dos palacios, dos hermanas, dos pérdidas.

A los niños Casares Narváez les asignaron diversas nanas, cuya vestimenta colorida y floreada, así como su forma de hablar asustaron al pequeño Nando. La recepción en la noche organizada en los jardines de la residencia fue de gran lujo y etiqueta, pero Fernando solo recuerda el terror de estar sin su familia, en una gran habitación acompañado por mulatas a quienes no entendía y repetían señalándolo: “este pequeño es mío, chico”.

En los días siguientes comenzaron los niños Casares Narváez a vivir una vida de lujos y dispendios que no imaginaban, el auto Cadillac del tío Alfonso  contaba con aire acondicionado, televisión y teléfono y con él recorrieron la ciudad que también presentaba novedades no vistas en Mérida, como semáforos, grandes hoteles y almacenes, así como visitas al parque de diversiones Coney Island inspirado en el famoso Luna Park en el barrio de Coney Island de Brooklyn en Nueva York. Uno de esos primeros recorridos fue para llevar a toda la familia a nacionalizarse como cubanos, lo que años después les ocasionó muchos problemas para poder regresar a su tierra, Yucatán.

Inscribieron a las niñas en el colegio teresiano y a los varones en La Salle del Vedado y comenzaron a convivir con niños cubanos. En el área de Las tres Glorias, la esposa de Batista mandó construir una iglesia llamada del Guatao, para el pueblo de los alrededores, pero conservando la exclusividad de la misa de las 10 de la mañana de los domingos únicamente para los habitantes de las tres residencias. Fue así como la primera dama Martha, conoció y se encariñó con el pequeño Nando, ya que él sin pena, se acercaba a conversar con ella ya que siempre estaba sola, sin marido ni hijos. Debido a esa experiencia, Nando confiesa que si hubiera tenido hijas (tiene tres hijos varones), la hubiera nombrado Martha. La casa de los Batista Fernández contaba entre muchos lujos con varias piscinas y un teléfono de oro puro. Fue tanto lo que acumularon que cuando tuvieron que huir de Cuba por la revolución, lo hicieron en varios aviones con sus principales colaboradores y tres fueron para las dos familias de Batista, llenándose uno de ellos con obras de arte, dinero y alhajas.

En el colegio La Salle el desinhibido Nando comenzó su aprendizaje de los modismos y palabras comunes en Cuba, metiéndose como siempre, en líos y dificultades tales como cuando le gritó a su hermano Ernesto en el comedor del colegio: “Nando, pásame tu papaya y yo te doy mi leche”. Al escuchar un vigilante esa expresión, lo envió inmediatamente a la dirección y lo expulsaron por una semana. El buen “abuelo” Alfonso al enterarse, dio instrucciones a uno de sus mayordomos para que durante la semana de expulsión le impartiera clases sobre las palabras prohibidas en la isla, como “papaya”. (En cuba se le conoce como fruta “bomba” y papaya es una expresión vulgar para referirse al órgano genital femenino).

Fueron pasando los años viviendo como cubanos de la familia Casares Narváez, donde una de sus decisiones fue independizarse un poco de los tíos-abuelos y adquirir una casa más cercana a las escuelas de los niños. Entre sus recuerdos están las visitas a sus abuelos yucatecos para pasar algunos veranos en la costa, causando sensación sus vestimentas adquiridas en la famosa tienda El Encanto de la Habana, novedosas para los temporadistas de las playas progreseñas, así como los paseos en el Yate de los tíos, uno de los primeros en los mares yucatecos.

El 27 y 28 de mayo de 1957 se celebraron los 20 años de fundación del banco y los tíos Alfonso y Paulita se esmeraron en realizar grandes eventos con importantes personalidades. Con la asistencia del presidente Batista y su esposa Martha convivieron importantes empresarios Yucatecos con sus esposas.

Para esos años ya la revolución cubana estaba en proceso, unos meses antes en diciembre de 1956 Fidel Castro junto con 82 acompañantes desembarcaron del yate Granma en unas playas de la costa oriental de la isla. Un año después, el 1º de enero de 1959 Fulgencio Batista renunciaba y huía del país.

Nando recuerda la algarabía de los habitantes de la Habana cuando el ocho de enero entraron los revolucionarios en la ciudad, así como las declaraciones de Fidel Castro en la televisión meses después, cuando expresó que Cuba se volvía comunista. En un principio las relaciones entre los empresarios y banqueros y el nuevo gobierno se mantuvieron, conservando Nando algunas fotos que nos compartió de esa época, en donde se observa en diversos eventos y juntas conviviendo, tanto al tío Alfonso, como su padre Ernesto, con los Castro.

Otro de los recuerdos imborrables para Nando fue del 30 de abril de 1959          cuando realizó su primera comunión en la capilla de su escuela contando ya con nueve años de edad. Dos años después (25 de mayo de 1961) fueron expulsados los hermanos de La Salle y varios religiosos y religiosas de la isla, principalmente a los que dirigían escuelas, la mayoría salió en el barco español Covadonga y otros en aviones de Pan American.

La administración del colegio pasó a manos del nuevo gobierno, cambiando la administración y métodos educativos. Nando de acuerdo a su personalidad, no se preocupó y hasta le entusiasmo que los milicianos le enseñaran a utilizar armas, cosa que alarmó mucho a sus padres que de inmediato empezaron a idear como salir, como muchos ya los habían hecho, del país.

Habiéndose como ya se ha comentado, nacionalizados cubanos al llegar, no encontraban la solución para regresar a Yucatán, hasta que alguien les aconsejó que hicieran llegar a los parientes la urgente necesidad de difundir y solicitar que se les requería en Mérida por la gravedad de la abuela Julia que no quería fallecer sin ver a su hijo y nietos.

Tal artimaña surtió efecto y permitiendo que uno a uno con escasas posesiones y ropa, fueran saliendo los miembros de la familia y grande fue la sorpresa de Nando al ver en el aeropuerto a su abuela Julia perfectamente sana y radiante, lo que le hizo preguntarle: ¿Chichi, que haces aquí, no te estabas muriendo?

Al regresar a Mérida sin dinero la familia pasó por muchas dificultades, a su padre le costó trabajo encontrar trabajo por el temor infundado de muchos, sobre emplear a un “cubano”, agradeciendo Nando a nombre de su familia a don Vicente Erosa que fue el único que le dio un trabajo en una fábrica en Motul. Después de contar en Cuba con varias personas que ayudaban a la familia, su madre tuvo que encargarse de todas las labores de la casa y relativas a la educación de los cinco hijos. Ernesto y Nando fueron becados en el colegio Montejo, gracias a la recomendación de un tío y entre sus recuerdos están que no tenían dinero ni para tomar “una coca”. Años difíciles pero que con el tiempo superaron gracias al trabajo de su padre y fiel a su personalidad optimista Nando recuerda como de mucho aprendizaje.

Los tíos Alfonso y Paulita, lograron unas semanas después regresar también a Mérida, donde aun contaban con algunas propiedades, como su casa en el Paseo de Montejo, pero con gran pena, él tío le pidió a su sobrino Ernesto al llegar a buscarlos al aeropuerto: “Te voy a suplicar que nunca más me menciones a Cuba, a Fidel, ni nada relativo. Al llegar a su casa, vistió su elegante pijama de seda, se acostó y nunca más se volvió a levantar, falleciendo a los veinte días. El acta de defunción consignó como causa de la muerte: Tristeza.

Nando a pesar de esa etapa, siguió siendo un joven feliz y más al encontrar y casarse, con el que calificó como el “amor de su vida”, Mayté Martínez Domínguez, con la que ha formado una ejemplar familia por ya cincuenta años.

Sumamos nuestras felicitaciones a la familia Casares Martínez a las de muchas personas que los aprecian y reconocen. Y apreciamos el mensaje de esta interesante plática que nos hizo reír y gozar y entender que hay que ser un niño, un adolescente y un adulto feliz, siempre.

Lalis55@hotmail.com

Deja un comentario

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba

Descubre más desde EstamosAquí MX

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo