VI

Juana de Arco
Cuando pensamos en brujas, comúnmente viene a la memoria el famoso caso de las llamadas brujas de Salem y los conocidos procesos judiciales en los que se juzgó a 200 personas, mujeres principalmente, acusadas de brujas por “pactar con el diablo”, en la colonia de la Bahía de Massachusetts (hoy Salem y Danvers) entre febrero de 1692 y mayo de 1693, que dio como resultado la muerte de 25 personas, 19 ahorcadas, 5 estando presas y 1 aplastado por piedras por negarse a declarar.
Sin embargo, si hay que mencionar a la bruja o hechicera más famosa de la historia, quemada en la hoguera por la Inquisición, tendríamos que recordar a Juana de Arco, a la que llamaban también Jehanne o Jeannette, quien padeció cárcel y tormentos acusada de pecadora y hereje.
Nació en el año de 1412 en la aldea lorenesa de Domrémy. Sus padres eran modestos campesinos que tenían cinco hijos, siendo Jeannette la penúltima. Dada su humilde condición se dedicó a las labores caseras por lo que no recibió educación, ni aprendió a leer ni escribir, pero su madre si se preocupó de que aprendiera a rezar y en hacerla una joven profundamente devota. En el futuro Juana dictaría sus cartas y es posible que haya aprendido a trazar o firmar con su nombre. Durante sus juicios declaró: “Yo no sé ni A ni B”.
En los años de su infancia y adolescencia padeció por la violencia de una guerra que terminaría recordándose como la guerra de los Cien Años entre Francia, que en realidad en esos momentos ni siguiera era una nación unificada, y una Inglaterra que reclamaba la corona francesa. Gran parte del territorio francés estaba bajo el dominio del duque de Borgoña, Juan Sin Miedo, aliado de los ingleses y el resto era leal al joven heredero Carlos, el cual aun no había sido coronado. Los lamentos del pueblo eran sobre el Delfín, a quien consideraban débil y no había conseguido hacer de Francia una nación unida.

Juana, desde los doce años, mientras trabajaba en el huerto familiar, comenzó a tener visiones, según narraba se le aparecía el arcángel San Miguel, patrón del Delfín y muy venerado en Francia. Se le asomaba acompañado de varios ángeles celestiales y le anunciaba que no estaba sola que pronto las santas Catalina y Margarita vendrían a ella y debería seguir sus instrucciones.
Durante cuatro o cinco años siguió recibiendo las visitas del arcángel y las santas hasta que, a los 17 años, le ordenaron que debía liberar Orleans e ir en auxilio de Carlos: “La voz me mandó que fuese a ver a Robert de Baudricourt, capitán de la ciudad de Vaucouleurs, el cual me proporcionaría soldados para el desempeño de mi misión”.
Estando Vaucouleurs a 16 kilómetros de su casa, Juana se dirigió ahí sin el permiso de sus padres, para presentarse ante al capitán a quien informó que tenía una misión divina: llevar al Delfín a Reims para ser coronado. En un principio no le hicieron ningún caso y fue despedida sin miramientos, pera ella insistió, hasta que su firmeza y terquedad lograron que le proporcionaran un caballo, un pequeño grupo de guardia militar y ropa de hombre. Juana se cortó el cabello y vistió al estilo masculino, lo que le ocasionaría en el futuro, una de las más importantes acusaciones ante el tribunal eclesiástico.
De acuerdo con sus declaraciones, escuchó una voz que le dijo: “¡Avanza sin temor!” y se dirigió a Chinon donde se encontraba el joven tímido y vacilante de Carlos para convencerlo de tomar Reims. Al llegar al castillo donde se encontraba el Delfín, los cortesanos que lo acompañaban quedaron atónitos al escucharla y mencionar que el Señor la había enviado.

Dudando de su cordura e intenciones, el Delfín hizo que la interrogaran los clérigos eruditos de Poiter y le realizaran pruebas practicándole el exorcismo, para verificar que no obraba el demonio en ella. Saliendo bien de la prueba, ya que no manifestó convulsiones, blasfemias o rechazo violento a los rezos sagrados, Carlos ordenó que le proporcionaran un ejército y una nueva armadura, asimismo, la leyenda cuenta, que ella pidió le trajeran una espada que estaba escondida en la capilla de Santa Catalina y mandó hacer un estandarte blanco con orla de seda y salpicado de flores de lis en la cual figurase una imagen del redentor con un ángel a cada lado y las palabras “Jesús María”.
Con esos aditamentos la joven se lanzó a la batalla logrando en un principio varios triunfos, tomando diversos reductos y fortalezas y lo más importante liberando a Orleáns. En una de las batallas fue herida, pero ella se quitó sola la saeta y regresó a la lucha, lo que sorprendió y animó a su ejército, mientras los arengaba: ¡La victoria es nuestra!
No era una dirigente complaciente con su ejército, los testimonios narran de diversos castigos a las desobediencias. En el manuscrito de Marcial d’Auvergne de 1480 llamado “Libro de Vigilias de Carlos VII”, se narra e ilustra el episodio conocido como la Expulsión de las Prostitutas, en donde con espada en mano sacó a mujeres de su campamento, en algunas versiones se menciona que hirió e incluso mató a algunas, en otras no. El Duque de Alencon declaró que Juana odiaba a las mujeres que seguían a los ejércitos y las golpeaba con su espada.
Después de esos primeros triunfos, Juana apresuró al Delfín, quien siempre se mostraba indeciso, a dirigirse a Reims a coronarse: ¡Avanzad sin temor! ¿Todo saldrá bien!

El 17 de julio de 1429, Carlos por fin llegó a Reims, después de solo cinco meses de la salida de Juana de su natal Domrémy. Durante la ceremonia de su coronación ella se encontraba a su lado, no obstante, el ya rey Carlos VII pensó que ya no necesitaba a la Doncella de Orleans y no atendió a sus suplicas de que emprendiera pronto un viaje a París para tomar la ciudad, por lo que ella con su ejército se dirigió a continuar las batallas.
En un principio tomo algunas ciudades, sin embargo, empezaron las derrotas y fue herida nuevamente en una pierna, hasta que en Compiégne, al norte de París, fue hecha prisionera. Los clérigos de la Universidad de París, afines al duque de Borgoña, escribieron al rey de Inglaterra: “Hemos oído estos últimos días que está en vuestro poder esa mujer llamada la Doncella, de lo que nos alegramos mucho, confiados en que por orden vuestra esa mujer será puesta en justicia para reparar los grandes maleficios y escándalos sucedidos notoriamente en vuestro reino por su culpa, en gran perjuicio del honor divino de nuestra santa fe y de todo vuestro buen pueblo”.
Solicitaron sea entregada la presa Juana al poderoso obispo de Beauvais, Pierre Cauchon, hombre astuto y ambicioso simpatizante de los intereses ingleses. Decidieron acusarla inicialmente como bruja, sospechosa de realizar hechizos e invocar demonios y posteriormente de herejía conocida como una “ofensa divina”, para aparentar que las acusaciones tenían un carácter religioso y no político, asimismo trasladaron el juicio a Ruan, capital de Normandía, donde los jueces fueron elegidos hábilmente por Cauchón y no permitieron a Juana tener abogados que la defendieran, dejando a la joven analfabeta, sola y abandonada. El joven rey Carlos, al enterarse, no hizo nada para rescatarla y salvarla de su suplicio.
Sometieron a la Doncella de Orleáns a torturas, entre ellas la verificación de su virginidad, pero nunca reconoció ser hereje, quedando para la posteridad sus inteligentes respuestas a sus verdugos: “Decís que sois mi juez. Meditad bien lo que hacéis, pues en verdad soy enviada de Dios y os ponéis en grave peligro”. Y ante las torturas y amenazas de la hoguera: “En verdad, aunque me arrancaseis un miembro tras otro no podría decir otra cosa” o “…aunque viese la leña encendida y al verdugo al lado, seguiría afirmando todo lo que he dicho”. El escribiente ante esta última afirmación garrapateo al margen del documento: “¡Magnifica respuesta!”. (¡Responsio superba!)

Días después fue sacada de su celda para escuchar su sentencia en el cementerio de la iglesia de St. Owen. Después de un largo sermón se le instó a arrepentirse y se le indicó: -Firma, o morirás quemada-. Confiando en la iglesia Juana puso una marca en el escrito aceptando su retractación y pidió que la llevaran a sus prisiones, más no la entregaran a los ingleses. Bajo la promesa de que le permitirían oír misa, Juana aceptó, entre otras cosas que ya no vestiría con ropas masculinas. Su sentencia fue de cadena perpetua que podía reducirse en caso de buena conducta.
Algunas versiones indican que ella tenía la intención de usar vestidos, pero unos guardias se los sustrajeron, probablemente por ordenes del obispo y no tuvo más remedio que vestir sus ropas de hombre. Por haber caído de nuevo en ese pecado fue declarada hereje relapsa o reincidente y peor le fue cuando Cauchon le preguntó si seguía escuchando voces sobrenaturales y Juana respondió que sí y declaró: “Todo lo que dije y negué, lo hice por temor a la hoguera”. “¡Fatal respuesta!” (¡Responsio mortífera!) anotó en esta ocasión el escribiente. Y continuó con Cauchon diciéndole: ¡Obispo, muero por tu culpa! El obispo salió de la cárcel triunfante y declarando ante varios ingleses reunidos: “Farewell, farewell,(adios, adios), podéis daros un buen festín, todo está listo”.
En la mañana del 30 de mayo de 1431, le raparon la cabeza, le pusieron una túnica y la llevaron en una carreta a la plaza del viejo mercado de Ruan. Después de leerle Cauchon la sentencia, le colocaron en la cabeza una mitra de papel en la que se leía: Hereje, Pecadora, Relapsa, Apóstata. Idólatra. Pidió una cruz e improvisaron con dos ramas una que le entregaron. Después de encender la hoguera los asistentes escucharon sus gemidos y plegarias. Sus cenizas fueron esparcidas en el río.

Fue así que se quemó en la hoguera a la más famosa de las “brujas”, Juana de Arco. Bajo los cargos de ser una mentirosa o invocadora de espíritus malignos, considerando que las figuras que se le aparecían no eran el arcángel Miguel, o las santas Catalina o Margarita, sino los demonios de Belial, Satanás y Behemoth. El uso de ropa masculina también la condenaba por practicar la idolatría y paganismo, además de ser una hereje.
Cuatro lustros después, el propio Carlos VII inició un proceso para que los tribunales eclesiásticos la rehabilitaran, declarando el papa Calixto III nula la sentencia de Cauchon e inocente en 1456. Fue canonizada en 1920, en la basílica de San Pedro en Roma. Es considerada un símbolo y la más importante heroína de su país, Francia.
*Las ilustraciones son reproducciones del manuscrito miniado “Libro de Vigilias de Carlos VII”, de Marcial d’Auvergne.



