
Existe un proyecto para colocar cuatro esculturas en diversos puntos del centro histórico meridano, conforme se informó en una reunión reciente en el Centro Cultural Olimpo, encabezada por la Lic. Cecilia Patrón Laviada, presidenta municipal de Mérida. Apoyar el arte público es ejemplar, pero tiene que hacerse de manera planificada, considerando a detalle los contextos urbanos y culturales.
Me parece apropiada la colocación de una réplica de una estela prehispánica para dignificar tanto a la mujer de estas tierras como a la cultura maya, así sea más que nada la del pasado. Habrá que pensar desde ahora en cómo protegerla, pues estará en la zona favorita de la vandalización a la que no le interesan para nada los temas. Pero discrepo con la ubicación de dos de las propuestas.
Una de ellas se colocaría en el Callejón del Congreso, bajo la idea de activar esa vía peatonal. Sin embargo, requerimos espacios urbanos de tranquilidad, por lo cual no tiene por qué obligarse a que todas las calles se llenen de gente. Ante todo, ese sitio se vincula de origen a la institución jesuita, tan trascendente para la educación en Yucatán, y cuenta con suficientes elementos culturales reconocidos: el Teatro Peón Contreras, el Parque de la Madre, la Iglesia de Tercera Orden y el Palacio de la Música, además de tener enfrente el Centro Cultural Universitario. ¿Tiene caso recargar más esa área en lo visual y en lo significativo?
Tampoco es pertinente ni prudente que si a unos metros existe una estatua a la Maternidad se le contraponga la de un ave con un nido, que es la propuesta para esa zona, una escultura que bien podría lucirse en muchas otras partes de la ciudad, plenamente integrada.
Por lo demás, en esa calle existen dos galerías: una del Peón Contreras y otra a cargo del INAH, ubicada en lo que conforme al investigador Rafael Patrón Sartí, es el edificio universitario más antiguo de México, incluso anterior a los de la capital del país. Existe también una librería católica y varios negocios, entre ellos algunos de tipo restaurantero. Las bancas permiten el descanso con tranquilidad, muy lejos del bullicio y apiñamiento de otras áreas céntricas. Así que existen diversas fuentes de atracción en esa vía peatonal y si a pesar de ello no logran que diariamente se llene de gente será por razones de otro tipo.
La otra escultura, de una estilización cercana a lo abstracto, se propone para la explanada que separa el Museo de la Ciudad y el Portal de Granos. Ese es un espacio amplio, con un pequeño cuadrado ajardinado al cual rodean cuatro bancas, y en ocasiones, justo junto al museo, se montan exposiciones fotográficas relativas a Yucatán. Aunque sí hay constante y abundante circulación de gente en ese espacio, sigue siendo un área despejada, de respiración respecto a la estrechez y apelotonamiento de las calles circundantes.
Mi desacuerdo es que la escultura recargaría innecesariamente una zona de interés arquitectónico donde confluyen integradas la arquitectura colonial y la porfiriana junto con alguna ecléctica de mediados del siglo XX. ¿Tiene caso, por tanto, agregar una pieza que interrumpa la perspectiva y genere ruido visual, no por sí misma, sino por su disparidad con el entorno?
Además del error de origen de confundir los vocablos (el toj del pájaro toj con T’jo’, la antigua ciudad maya, que en realidad es Jo’), como bien se señaló al momento, un punto que destaco es el de la relación entre el arte contemporáneo con entornos urbano-arquitectónicos de tiempos pasados. Es cierto que los diálogos entre épocas pasadas y recientes son posibles, como se aprecia en lugares de Europa y de la Ciudad de México, pero siempre y cuando estén fundamentados, con elementos culturales, históricos y de configuración visual y material que cree una relación simbólica perceptible y significativa. No se trata de irrumpir en un entorno ya establecido así nada más.
Pienso que esa necesidad de colocar estatuas en lugares más o menos despejados equivale a un modo de horror vacui, el horror al vacío característico de ciertos estilos y autores por el cual se saturan los espacios, incluso sin dejar resquicios. Y en el Centro Histórico de Mérida sí hacen falta amplios espacios abiertos, despejados para el tránsito peatonal y para descanso de la vista y de los ánimos.
Se habló también de descentralización. Esas dos esculturas bien pueden instalarse en otras colonias o fraccionamientos donde cumplan un papel revitalizador. Decir que ahí “nadie las vería” conlleva una connotación clasista, dando a entender que son las élites las que no las verían, aun cuando esas colonias y fraccionamientos estén muy pobladas.
Respecto a la última de las esculturas propuestas, titulada “Amor”, de la cual aún está pendiente su ubicación, propongo que se coloque en alguna parte alejada del centro donde haya alta incidencia de actos violentos, o bien, de suma marginación. El boceto de la escultura hace pensar que produciría empatía entre los vecinos, con positivos efectos psicológicos y de necesario agrado estético.
Coincido en la necesidad de promover el arte público y de apoyar a nuestros artistas visuales, que en este caso están donando las obras. Pero también es importante tener en claro que no toda donación tiene que ser aceptada, pues aun cuando estos no sean los casos, sí puede constituir un precedente que a la larga genere problemas. La dictaminación en cuanto a qué donación de tipo artístico o cultural debe aceptarse para un estado o municipio tiene que ser colectiva y consensuada.
Es de agradecerse que la Lic. Cecilia Patrón Laviada haya convocado a la reunión a personas representativas de distintos sectores de Mérida, con la posibilidad de expresar opiniones al momento. Entiendo que por lo regular para muchas personas es difícil expresar desacuerdos de manera abierta ante los altos funcionarios, pero es necesario hacerlo, así sea con sutileza. Esperemos que estas propuestas de arte público se instalen en los sitios apropiados, mejorando las áreas urbanas y no alterándolas.



