
La esclava Isaura iluminaba sus pasos al subir la imponente escalinata. No lo hacía con señorial candelabro de plata ni con humilde lamparilla de aceite sino con una vela rehecha de cera vieja e improvisada mecha.
Los tiempos de esplendor y bonanza del rey don Fernando VI se hallaban lejos, muy atrás en su pasado.
Su ama Evangelina, viuda del teniente del rey, había perdido poco a poco hasta el último aderezo y joyas de sus ajuares. Primero se fueron las perlas, luego la plata, los marfiles y, por último, los sólidos muebles, bargueños castellanos. Se esfumaron, en el agio, las gemas y esmeraldas pacientemente desmontadas de sus engarzaduras.
Pese a verse despojada de su fortuna, doña Evangelina seguía comportándose como la dama española que era por nacimiento y nupcias. Aun sin adornos, anillos ni pendientes, vestía aún ropajes de estricto luto, mantilla de seda y abanico de nácar.
Isaura, capturada en África en sus primeros días de vida, compartía a su ama en todas las penas de Evangelina y, también la acompañaba en el luto por el teniente que la había nombrado mucama de su señora, liberando del trabajo duro a cambio de blandas caricias y pícaros requiebros.
Ese teniente del rey, llegado con el capitán general don José Campero, trabajó por la gloria de la corona y llevó vida de gran señor. Su casa de dos pisos, zaguán imponente, columnas esculpidas y amplios corredores celebraron los mayores fastos de la villa, banquetes en honor de su majestad don Fernando VI, reuniones y bailes al que asistieron todos los grandes de la provincia.
En aquellos agasajos dignos de príncipe, los gobernantes, alcalde y obispo llamaban al teniente: buen amigo y noble señor, pero a su muerte repentina, sin síntoma alguno de enfermedad, los favores se esfumaron, las alabanzas cesaron y a la viuda orgullosa le dieron todos la espalda.
Recordó entonces Evangelina que su precavido esposo era hombre de palabra y honor. Muchas veces la tranquilizó diciendo que sus lingotes y doblones se hallaban seguros de robo ya que sus riquezas todas las había confiado a un escondrijo insospechado, justo en aquella mansión que habitaban ambos.
Igualmente, el teniente del rey apuntaba en esta confidencia, que en la base de un candelabro había depositado, firmada y sellada acorde al protocolo, la carta de libertad de la buena Isaura, su fiel esclava.
Comenzó entonces, luego de los oficios fúnebres, la búsqueda en peldaños, muebles y recámaras. No quedó barrote sin manipular, losa sin remover ni saledizo sin oprimir. Para estas inspecciones, Evangelina despidió a todo servicio y tan solo con Isaura, revolvió cada noche la mansión a la caza del pasaje secreto.
Pese a la meticulosidad de ambas mujeres, las noches se volvieron años y con éstos llegaron los préstamos humillantes, la necesidad y las privaciones. Sin embargo, sin perder las esperanzas, cada media noche Isaura subía las escaleras hacia la habitación de su ama.
-Ya es la hora, doña Evangelina.
-¿Está lejos, Isaura, la miseria?
-Ama, pronto seremos mendigas.
-Preciso es entonces hallar esta noche el candelabro del teniente. Esta noche será nuestro el tesoro y tu libertad- sentenciaba Evangelina y con Isaura bajaba a inspeccionar pozos, tapias y receptáculos.
Así mientras Evangelina buscaba su herencia e Isaura su libertad, se empezaron a esfumar. El hambre las volvió espectros y la angustia en almas en pena.
La villa que dormía a pierna suelta, ignoraba las vigilias de la viuda del teniente del rey y, sin prestar atención a Isaura, olvidó su nombre y terminó llamándola tan solo: La negra de Evangelina.
Emiliano Canto Mayén



