
Si usted es yucateco de pura cepa, seguro que al escuchar «Es un dulce son, lleno de emoción, la jarana de Yucatán», ya le empezó a taconear el pie solito. Ese son es el corazón de El Rosario de Filigrana, la obra madre de nuestro teatro regional.
No es cualquier obra. Es la que nos inventó en el escenario.
Se estrenó en 1953 en el Fantasio, con libreto del gran Fernando Mediz Bolio y música para vaquería grande, de esa que truena con trombón, cornetín, timbal y güiro. En aquel entonces, como cuenta la maestra Socorro Cerón Herrera, los chuyubes eran tres o cuatro muchachos nada más. No se necesitaba más. Con que saliera la mestiza con su rosario de filigrana de oro colgando, ya teníamos teatro lleno.
La obra volvió a lo grande en 1983, cuando la misma Socorro Cerón, ya como directora del Peón Contreras, la rescató junto a Tomás Ceballos y Víctor Salas. Querían que las nuevas generaciones vieran lo que es el teatro yucateco bien hecho: picardía sana, romance y jarana.
Y si hablamos de teatro bien hecho, hay que hablar de Conchi Roche. Conchi, nuestra primera actriz, no es por presumir, y además hermana de un servidor, con más de seis décadas en las tablas desde que empezó en el Centro Estatal de Bellas Artes en 1959, es de esas actrices que le dan alma a cualquier personaje. Cuando ella se pone el terno y agarra el rebozo para hacer a la mestiza de Rosario de Filigrana, no actúa: es. Le pone ese dejo yucateco, esa mirada pícara, esa risa que es pura vida, como ella misma dice que es su carrera.
Ver a Conchi en el papel es entender por qué la obra sigue viva. Porque ella no dice el verso, lo borda. Como se borda el terno. Como se labra la filigrana.
¡Bomba!
La mestiza de Yucatán
no necesita fantasía,
si con su rosario de oro
ya tiene la joyería.
Hoy, que grupos jaraneros como el “Rosario de Filigrana” de Becal celebran su aniversario con vaquería y cabeza de cochino, la obra nos recuerda algo: mientras haya un Peón Contreras con luz prendida, mientras haya una Conchi Roche enseñando a las nuevas generaciones, y mientras suene un “admiren esta tierra, linda, linda como un sol”, Yucatán no pierde su rosario.
Porque este rosario no se reza. Se baila.
¡Bomba!



