Opiniones

Profunda entraña nacional en el primer concierto de la OSY

Alfonso Scarano dirigiendo a la OSY.

La cuadragésima sexta temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán abrió con pie derecho, pues presentó un brillante programa de música sinfónica nacional. El alma de México se vio reflejada en las variadas obras de compositores que sentimos tan cercanos, y tan nuestros, como Silvestre Revueltas, el querido Roberto Abraham, Manuel M. Ponce, Daniel Ayala, Carlos Chávez, Arturo Márquez y José Pablo Moncayo, lo más granado de la baraja mexicana del S. XX. Un concierto brillante, lleno de sabor a la patria mexicana y sus más caras tradiciones, un concierto lleno de sabores y a aromas de Sonora a Yucatán. Como diría López Velarde, por la sala se desparramó: “el santo olor de la panadería”, el sabor de los atoles, la textura de las enaguas de seda, el colorido de un zarape de Saltillo, la magia de los negros de las costas de Guerrero, la soberbia arquitectura de nuestras ciudades mayas, la entraña nacional en su más genuina expresión.

La orquesta toda estuvo brillante, tuvieron a su cargo pasajes como solistas: Christopher Collins, nuestro excelente violín concertino; Victoria Nuño, con su sonoro pícolo; Miguel Galván, con la grave voz de su fagot; Alejandra de Ita, con la sonoridad de su arpa; Sacha Ovcharov, con la dulce voz de su oboe. La batuta del Mtro. Alfonso Scarano supo ser mano firme en el timón, y llevó a la nave a buen puerto, después de cruzar mares procelosos en las variadas partituras que dirigió con excelente tino, pues el programa tuvo tonalidades variadas y dificultades técnicas del más alto nivel.

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Inicia el programa con “Sensemayá”, de Silvestre Revueltas. Una pieza mágica basada en los rituales Yorubas de Cuba. El poema sinfónico tiene como base el poema del mismo nombre de Nicolás Guillén, y es precisamente el canto Yoruba para matar a una culebra. Es una pieza sonora, brillante, en la que, la voz de los metales pone acentos brillantes. Las cuerdas sisean poniendo un toque mágico a la música. La obra termina fuerte, como corresponde al ritual. ¡Se murió!

Roberto Abraham, es un compositor que sentimos muy nuestro, desde los lejanos tiempos de la Asociación “Gustavo Río”, en que, siendo adolescente, ya participaba con su piano. Roberto, nos dio el privilegio de un estreno mundial. Se trata de “Navem, Maris et Venti” (Nave, Mar y Viento) Un poema sinfónico brillante, sentido, con una clara intención descriptiva, muy bien lograda, por cierto. La música corre ágil, como las olas del mar; la pieza transmite una variedad de sentimientos encontrados, como el mar mismo. Su esencia descriptiva se logra totalmente. Junto con su “Plegaria al Arcángel San Migel”, esta obra lo coloca en la baraja de los compositores destacados actuales.

En seguida, nuestra orquesta interpretó “Ferial”, de Manuel María Ponce, uno de los pilares del nacionalismo mexicano, romántico tardío, y un teórico de altos vuelos. Una pieza sencilla, alegre y festiva. Tiene la alegría que su nombre nos hace esperar, la de una feria.

No me canso de presumir que tuve el privilegio de conocer a Daniel Ayala; primero en las fiestas por las Bodas de Oro del gran violinista, Mtro. Eleazar Méndez, y luego en los ensayos para el lamentablemente desaparecido Espectáculo de Luz y Sonido de Uxmal, donde su obra “Tribu”, era la protagonista. De Ayala, la OSY interpretó su Sinfonía No. 1, Op. 18, de las Américas. Esta obra fue estrenada en la Sala de Conciertos “José Jacinto Cuevas” del desaparecido Centro Escolar “Felipe Carrillo Puerto”, y constituye una gloria del nacionalismo mexicano. La sinfonía consta de cuatro movimientos: Allegro Moderato, Tiempo Allegro, Allegro Scherzando – Andante y Allegro Vivace – Scherzando. Obra de profunda entraña indígena, rebosante de alegría melódica. Esta obra es un meritorio rescate del Mtro. Scarano, quien la obtuvo en los archivos musicales de la UNAY. Con cerrada y larga ovación nos vamos al intermedio.

Reanuda el programa con la Sinfonía India, de Carlos Chávez, obra cumbre del nacionalismo mexicano. En realidad, esta obra es un excelente Poema Sinfónico, pues consta de un solo movimiento. El sentido de la tradición de las culturas madres ilumina la obra de principio a fin. Tiene pasajes de lo más variado, algunos alegres, otros de profundo sentimiento, y los más, brillantes. Nuestra orquesta estuvo certera y magistral en la interpretación de esta obra.

Viene en seguida un par de obras de Arturo Márquez, uno de los compositores vivos más importante de México. Primero su gustado y muy escuchado: Danzón No. 2 y su brillante Conga del Fuego Nuevo. El Danzón No. 2, se dejó venir con toda su rica cadencia, cálida y sensual, que invita a arrastrar los pies por el salón de baile. La Conga, nos hizo saltar en nuestros asientos, con su ritmo cortado, su alegría desbordada. Un acierto las obras de Márquez en el programa inaugural.

Y qué decir de la obra que cerró programa, nada menos que, el emblemático “Huapango”, de José Pablo Moncayo, la obra cumbre del sinfonismo mexicano, la gran obra de la identidad nacional. ¿Qué podemos decir del Huapango que no se haya dicho ya? Al escuchar el suave redoble de los timbales y la voz del rascabuches, nos da un brinco el corazón; en seguida, con suave calidez los cornos cantan suavemente, y luego estalla el tutti de manera brillante. Nos gusta sobre manera el pasaje del arpa sola, y los brillantes diálogos finales entre trompeta y trombón. Una gran obra, para disfrutarla plenamente, y así fue. Al terminar de manera brillante la obra, estalla una tremenda ovación con gritos de ¡BRAVO! El respetable puesto de pie no se cansa de aplaudir por largo tiempo. El Huapango y nuestra orquesta lo merecen.

Salimos del Palacio de la Música con el alma vibrando y los ojos húmedos.

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