Cultura

Mi diario y yo / 69

¿A la vejez, viruelas?

Querido diario:

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Hace unos días fui a mi consulta de medicina familiar y mientras esperaba mi turno llamaron mi atención tres cosas. Primero, la persona que estaba sentada a mi costado derecho escuchaba a todo volumen en un celular un programa de esos en los que una mujer hace de jueza, quien escucha los problemas de una pareja o de una familia y luego emite su veredicto.

A medida que la comparecencia del hombre y la mujer involucrados en el conflicto se extendía, mi acompañante ocasional sonreía y expresaba todo tipo de interjecciones:

–¡Hijoeputa!

–¡No tienes madre!

–¡Qué cabrona!

–¡Ni pedo!

–¡Si te apendejas te chingan!

–¡Te lo merecías por huevón!

Yo trataba de concentrarme en la lectura de un libro de cuentos que llevé para mitigar el tiempo, pero era prácticamente imposible porque me encontraba atrapado en fuego cruzado: a mi izquierda se desarrollaba una conversación entre dos pacientes:

–Yo, como siempre le digo a mi nuera, hay que aguantarse porque los hombres en algo tienen que divertirse.

–Así es.

–Mi hijo toma mucho los fines de semana, pero es tranquilo. Llega a su casa, pide su comida y se va a dormir. No es como otros que estropean a sus esposas.

–Qué bueno.

–También le digo que no vale la pena que se pelee con él porque si no se puede buscar otra mujer y la pueden abandonar.

–Ya lo creo que sí.

–Piensa en tus hijos, le digo, pero no me hace caso; ya me dijo que si la situación no mejora le va a pedir el divorcio a mi hijo.

–¿Y ella, trabaja?

–Sí, yo los ayudo a cuidar a los dos niños, pero también me canso.

–Lo mismo hago yo, pero gracias a Dios, mi hijo y mi hija no tienen problemas de alcoholismo.

–Es una bendición, vecina.

Me pregunto por qué la gente no tiene consideración por los demás cuando acude a un sitio público; lo digo por la persona que escucha a todo volumen sus programas preferidos y de esa forma nos impone a los demás a hacer lo mismo, cuando lo razonable es que se haga de unos auriculares comunes y corrientes para no contribuir a la contaminación auditiva. En cuanto a la plática de las dos pacientes simplemente la consigno porque revela la mentalidad machista que aún predomina en amplias franjas del género femenino.

Para terminar con el IMSS, luego de que en la farmacia me dijeron por enésima ocasión que esas dos medicinas no hay, me acerqué al módulo donde hay una servidora pública responsable del trato digno a los derechohabientes.

–Buenos días, señorita.

–Buenos días, en qué puedo ayudarle.

–Vengo a reportar que desde hace meses que no hay Bisoprolol ni Forxiga.

–Sí, ya otros pacientes lo han reportado.

–¿Y hay alguna fecha para resolver el problema?

–Nosotros ya lo hicimos saber a los responsables de adquisiciones, pero no le podemos decir una fecha exacta para que los surtan porque ellos tampoco lo saben. Lo único que nos dicen es que ellos ya lo reportaron a las oficinas regionales.

–¿Y mientras, qué hacemos?

–No le sabría decir.

–Bueno, pues al menos insista en reportar estos faltantes, por favor.

–Sí, no se preocupa, así lo hacemos.

Actor

¿A la vejez, viruelas?

De repente, por esas incógnitas de la mente, hoy pensé en que sería divertido convertirme en actor. Por tus muchos años solo podrías hacer papeles de abuelito o de viejo raboverde, me dije a mí mismo. Bueno, no creo que me alcance la vida para convertirme en una figura, ya no digamos famosa, sino simplemente conocida en asuntos teatrales.

Traté de bucear en  mi consciente por qué o cómo emergieron estos deseos y concluí que podrían tener que ver con el deterioro de mis cuerdas vocales, como resultado de hablar en voz alta durante treinta años de dar clases en secundaria. Ahora constantemente me veo obligado a aclararme la garganta.

Es por el exceso de lácteos que consumes, me dice mi compañera, aunque yo pienso que más bien es por la bola.

Soy un tipo al que le gusta más escuchar que hablar, pero desde la pandemia mi economía verbal se ha extremado pues tiendo a usar monosílabos. De todas formas, sí me gustaría al menos aprender técnicas de dicción, modulación, proyección y respiración para hablar con fuerza sin lastimar la garganta, lo mismo que conocer lo básico del movimiento escénico y herramientas para la improvisación.

Mientras averiguo qué actor o actriz me puede aceptar como alumno, busqué por internet algunas películas y me encontré esto: En El discurso del rey (2010) un grupo de actores aparecen tumbados en el suelo mientras emiten sonidos continuos para ganar resonancia; en Cantando bajo la lluvia (1952), una profesora enseña trabalenguas clásicos a sus alumnos de teatro para exagerar la pronunciación de las consonantes; en Una razón brillante (2017), un profesor obliga a sus alumnos a recitar textos clásicos con un lápiz en la boca para mejorar la articulación y la proyección de la voz.

¿Serán ciertas las anécdotas que se cuentan de Demóstenes que para superar su tartamudez se paraba a la orilla de la playa para aprender a elevar la voz por encima del rugido de las olas, que se ponía piedritas debajo de la lengua mientras hablaba para una mejor articulación o que recitaba poemas o discursos mientras escalaba colinas para fortalecer sus pulmones?

Por otra parte, ¿Qué hará ahora mi amigo Jorge, a quien solía balconear diciendo que actuaba hasta cuando dormía?

Hasta la próxima.

P. D. Ya voy en la página 370 de Hablar y vivir en América y créeme que he gozado cada capítulo como gozo los guisos yucatecos. Son ensayos académicos pero escritos de manera comprensible para el común de los mortales, lo cual se agradece. Comentaré el libro cuando termine de leerlo.

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