
Por alguna razón, mi cerebro automáticamente cuando se aproxima noviembre comienza a traicionar con recuerdos. De pronto, sin saber por qué, me vino a la mente una palabra que hoy en día los economistas de corbata repiten hasta el cansancio en la televisión y los diarios: el PIB, el Producto Interno Bruto.
¡Vaya término para explicar la vida! Me dio por reír solo. Pero nosotros, los yucatecos, sabemos que el verdadero PIB no tiene nada que ver con frías fórmulas matemáticas ni con gráficas del Banco de México. En nuestro mundo yucateco y en mi familia Roche, el PIB se mide con la algarabía de un patio, la humareda de la leña y ese sazón único que solo el alma yucateca puede dar.
Para nosotros, evocar el pib es abrir de golpe el portón de la infancia y dejarse inundar por los olores y los gritos de una época que se nos fue entre los dedos.
Recuerdo perfectamente el alboroto de los niños en el patio grande de la casa Éramos una horda de primos corriendo descalzos sobre la tierra húmeda, levantando polvo, jugando a las canicas o persiguiendo iguanas entre las matas de plátano. La única condición para no ser desterrados a la calle era estar atentos a la menor señal de los adultos. «¡Nené, corre a la esquina a buscar un peso de carbón!», o «¡Anda a ver si ya trajeron las hojas de plátano donde don chamaco!». Y allá íbamos, impulsados por la promesa de que el primer pedazo de pib bien caliente y saliendo de la tierra, sería para el que mejor se portara.
Mientras tanto, el verdadero corazón de la casa la tía en la cocina y los alrededores del patio. Las mamás y las tías se adueñaban del espacio con una autoridad que ya quisiera el mismísimo gobernador. Era un espectáculo verlas con los hipiles impecables a pesar del ajetreo, mezclando la masa con manteca de cerdo, midiendo a puro ojo las porciones de achiote, y picando con precisión el epazote, el tomate y la cebolla.
Las tías platicaban todas al mismo tiempo, arreglando la vida del vecindario, soltando carcajadas con esa picardía tan nuestra, mientras las manos se les movían solas acomodando las presas de pollo y puerco sobre el k’óol espeso. Mi madre vigilaba que las hojas de plátano estuvieran bien pasadas por el fuego para que quedaran dóciles, listas para envolver el gran tamal antes de que los hombres iniciaran el rito de enterrarlo en el hoyo del patio. Aquello no era solo cocinar; era una ceremonia de amor, de chismes compartidos y de una nostalgia adelantada que se colaba en el vapor de las ollas.
Al final del día, como siempre digo, la vida no es más que una sucesión de crónicas que escribimos sin darnos cuenta, arrastrados por el tiempo, pero con el corazón firmemente plantado en la bendita tierra yucateca… Y hoy cuento los días para comer un trozo de ese manjar, aunque no sea hecho por mi familia.



