Cultura

Notas para la posteridad: la Sinfónica de Yucatán en Bellas Artes

Foto: Cortesía de la OSY

La posteridad suele ser caprichosa. Cuando en 1955 el compositor y director yucateco Daniel Ayala (Abalá, 1906-Veracruz, 1975) decidió dejar su terruño debido al nulo interés del gobierno estatal por la música sinfónica, seguramente no imaginaba que en 1997 su legado —casi todas las partituras autógrafas de sus obras— sería donado por su viuda al gobierno yucateco. Entonces no sospechaba tampoco que su suite sinfónica Tribu (1934) sería incluida en 1956 en el primer disco grabado por la Orquesta Sinfónica Nacional —junto a obras de Silvestre Revueltas, José Pablo Moncayo y Blas Galindo—, y que esa obra sería hasta hoy la única de su catálogo registrada comercialmente. Mucho menos avizoraba que, en el siglo XXI, la Sinfónica de Yucatán y otras agrupaciones mexicanas ejecutarían algunas de sus composiciones.

El pasado sábado 24, la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), bajo la batuta de su titular, Alfonso Scarano, ofreció en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, un concierto por el 120 aniversario del natalicio de Daniel Ayala. El programa de esta, la tercera ocasión en que la orquesta yucateca se presenta en el principal escenario de nuestro país, incluyó, naturalmente, una obra del compositor de origen maya: la Sinfonía de las Américas (1946). Esta composición, estrenada en Mérida en 1948 por la Orquesta Sinfónica de Yucatán conducida por Ayala, ya había sido interpretada en 1955 en el mismo recinto por la Orquesta Sinfónica de Xalapa, dirigida por Luis Ximénez Caballero.

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Así pues, a 120 años del nacimiento de su autor, a 80 de su creación y a más de 70 de su más reciente ejecución, la Sinfonía de las Américas se escuchó de nuevo en el escenario de Bellas Artes, interpretada esta vez por la orquesta que Ayala dirigió entre 1944 y 1950. De esta manera, el músico de Abalá regresó al emblemático lugar donde, entre 1935 y 1940, se estrenaron varias de sus principales obras sinfónicas y de cámara.

Además de la Sinfonía de Ayala, el programa incluyó el Concierto para violín núm. 1 (ca. 1817-1818) de Niccolò Paganini, con el canadiense Kerson Leong como solista, y una selección de las suites núm. 1 y núm. 2 del ballet Romeo y Julieta (1935-1936) de Serguéi Prokófiev. El programa resultó idóneo para festejar al compositor yucateco —quien también fue violinista— y, al mismo tiempo, atraer al público capitalino, al sumar al estreno contemporáneo de una obra mexicana la presentación de un joven virtuoso de talla mundial y la ejecución de una composición propicia para poner a prueba las capacidades del conjunto orquestal.

Foto: Cortesía de la OSY

Entre Dios y el diablo

Un concierto sinfónico tiene algo de milagroso. El milagro se produce —o no— al reunir en un escenario a un centenar de instrumentistas para que, tocando en conjunto, comuniquen a un público heterogéneo lo que un creador artístico concibió en otro tiempo y otro lugar.  A la eficacia del ritual contribuye, sin duda, el marco en el que se da: en este caso, la sala principal del gigante de mármol que domina la confluencia de la Avenida Juárez y el Eje Central, con su ambiente catedralicio tan distinto de su ruidoso entorno.

El milagro se produjo desde la primera nota emitida por el virtuoso Leong, considerado el mejor violinista de su generación. En su primera actuación en México, el canadiense de 29 años mostró tanto su prodigiosa técnica como su notable expresividad al interpretar el difícil Concierto núm. 1 de Paganini. En contraste con sus amables temas, deudores del bel canto y de la ópera bufa, esta obra está erizada de dificultades técnicas: pasajes rapidísimos, amplios saltos, dobles cuerdas, armónicos artificiales, armónicos a doble cuerda, pizzicati de la mano izquierda… No por nada se decía que su autor y primer intérprete había hecho un pacto con el diablo para poder tocar esta y todas sus endiabladamente arduas creaciones.

Con impresionante soltura, Leong sorteó los escollos técnicos del concierto para ofrecer una versión de musicalidad excepcional. Su impecable fraseo, de cualidad casi ultraterrena, dio sentido a los malabarismos de Paganini, coronados, en el primer movimiento, por la cadenza de Sauret. A todo ello contribuyeron igualmente la potencia y la riqueza tímbrica —con profundos graves— de su instrumento, un Guarneri del Gesù de 1741, y el acompañamiento preciso y sensible de la OSY.

El público del Palacio de Bellas Artes, hechizado por la maestría del joven violinista, aplaudió largamente y de pie su interpretación. Leong correspondió entonces con dos encores: Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, en una virtuosística versión, y la Sarabande de la Partita núm. 1 de Bach. Su interpretación confirmó el dicho de Cioran: “Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach, es sin duda Dios”.

Foto: Cortesía de la OSY

Una obra de su tiempo

La Sinfonía de las Américas fue compuesta por Daniel Ayala entre 1945 y 1946 para ser presentada al certamen convocado por el magnate Henry H. Reichhold, presidente de la Orquesta Sinfónica de Detroit. El título de la obra se relaciona con el objetivo de la convocatoria, lanzada en el contexto del panamericanismo de finales de la Segunda Guerra Mundial. Los resultados del concurso, sin embargo, no reflejaron la amplia participación latinoamericana: los dos primeros lugares fueron para compositores estadounidenses hoy olvidados y el tercero fue para el brasileño Camargo Guarnieri. De México, se sabe que también participaron José Pomar y Paulino Paredes.

Ayala residía por entonces en Mérida, adonde había vuelto tras realizar estudios de música y comenzar una carrera como compositor en la Ciudad de México. En el Conservatorio Nacional, había sido estudiante del curso de creación musical de Carlos Chávez y alumno de Silvestre Revueltas y de Gerónimo Baqueiro Fóster. Sus maestros Chávez y Revueltas habían estrenado varias de sus obras y él mismo había dado a conocer algunas junto con quienes  conformaron con él el Grupo de los Cuatro: José Pablo Moncayo, Blas Galindo y Salvador Contreras. Según comentó Revueltas en 1937, el yucateco seguía ya una ruta firme, identificada sobre todo con la vertiente indigenista del nacionalismo.

Para 1945, el músico nacido en Abalá era un hombre orquesta: además de encabezar el Conservatorio Yucateco, dirigía la Típica Yukalpetén, la Banda del Estado y la Orquesta Sinfónica de Yucatán. Acaso por eso decidió retomar composiciones previas para crear la Sinfonía que presentó al concurso convocado en Detroit, una obra que, a pesar de su título, es en realidad una suite sinfónica. Reacio a las formas establecidas y proclive a la música de programa, es muy probable que Ayala pretendiera representar con ella distintas facetas de las culturas del continente americano a través de ese vehículo que tanto le atrajo desde Tribu: la gran orquesta.

El primer movimiento de la Sinfonía es una versión orquestal de Vidrios rotos, pieza de 1938 para oboe, clarinete, fagot, corno y piano. Con metros cambiantes y armonía contemporánea, es formalmente una especie de rondó en el que una breve sección, comparable al momento en que un objeto de cristal se estrella contra el piso, alterna con secciones de distinto carácter, incluida una de talante lírico en la que se escucha la melodía de la canción “Abril” —del ciclo Cuatro canciones (1931)— en el oboe, acompañada de las cuerdas en pizzicato. Si en la pieza de cámara, según Germán Romero, “es notable la riqueza de su exploración sonora, expresada en la constante transformación del material escalístico”, en esta el compositor aprovecha la paleta orquestal para evocar, tal vez, la cultura norteamericana moderna.

El segundo tiempo proviene del movimiento “En Sonora” de la suite Panoramas de México para orquesta de cámara (1937). Se basa en las danzas de pascolas que los yaquis bailan en Semana Santa, música que Ayala seguramente conoció al ingresar en la Academia de Investigaciones de Música Mexicana de Bellas Artes en 1933. La riqueza de la orquestación da un aire exultante a este número, representativo de las culturas autóctonas del norte de México.

El tercer tiempo deriva del segundo de La gruta diabólica para orquesta de cámara (1940), titulado “Cámara secreta”. Luego de una introducción grandilocuente, se presenta en las maderas un pasaje modulante en arpegios que desemboca en la sección principal. En esta parte, la cuerda, con ocasionales intervenciones de algunos alientos, canta una melodía enigmática antes de la reaparición del pasaje arpegiado. Si se recuerda que La gruta diabólica se basa en una leyenda indígena, puede pensarse que este movimiento responde a la asociación entre los pueblos originarios y lo mágico.

El último tiempo es un alegre son que puede identificarse con la América mestiza. Emana del cuarto tiempo de La gruta diabólica, “Enanitos”, y su ritmo y algún pasaje lo acercan al famoso Huapango (1941) de Moncayo. La orquesta en pleno, como un solo instrumento, toca a lo largo de todo el movimiento, culminando festivamente la suite.

En la Sinfonía de las Américas de Ayala se aprecia, pues, un aire de familia con otras composiciones contemporáneas —ecos de otros músicos mexicanos del nacionalismo, pero también de Aaron Copland y Alberto Ginastera—. Después de estudiarla con esmero, Alfonso Scarano logró una excelente interpretación de la obra, poniendo de relieve las intenciones del autor. Aunque antes de asumir la dirección de la OSY pocas veces había explorado el repertorio de América Latina, el director italiano demostró su aplicación y solvencia al dirigir la Sinfonía de memoria y con la enjundia requerida.

Foto: Cortesía de la OSY

De amores malogrados y amores logrados

La última obra del programa de la OSY en Bellas Artes fue una selección de nueve números de las suites núm. 1 y núm. 2 del ballet Romeo y Julieta de Serguéi Prokófiev. La agrupación ejecutó primero seis de los siete números de la Suite núm. 2 y enseguida los tres números finales de la Suite núm. 1. La célebre tragedia de Shakespeare se desplegó así ante los oídos de los asistentes gracias a la música del compositor ruso, caracterizada por su rica instrumentación. Desde “Capuletos y Montescos”, el conocido número que describe la rivalidad entre ambas familias, hasta “Muerte de Teobaldo”, representación de la pelea que constituye el núcleo trágico de la obra de Shakespeare, la orquesta pintó con elocuencia varios episodios del malogrado idilio de Romeo y Julieta.

Prokófiev dio ocasión a la OSY para mostrar el nivel interpretativo que ha alcanzado bajo la batuta de Alfonso Scarano, su director artístico desde enero de este año. La variedad de recursos de los que se vale el compositor para representar los ambientes, las situaciones, las acciones y los estados de ánimo que la tragedia despliega resultó ideal para ello. En este momento del programa, el protagonista fue Scarano, quien hizo gala de su virtuosismo como director de orquesta. Sin partitura —tal como dirigió todo el concierto—, con una economía gestual ejemplar y un dominio del conjunto notable, demostró por qué fue elegido director artístico de la agrupación yucateca. La ejecución precisa, limpia, con atención a cada compás; la dinámica y la agógica justas, el balance, el cuidado de cada sección, los solos, la expresión… todo resaltó la labor del italiano y el trabajo de cada uno de los integrantes de la orquesta.

La interpretación de Romeo y Julieta mostró asimismo la compenetración que han alcanzado Scarano y la OSY tras casi diez meses de relación. No hay que olvidar que el director fue elegido por la mayoría de los integrantes de la orquesta tras un par de conciertos en los que su talento logró seducirlos. Fue así como el exdirector de la Filarmónica de Tailandia se trasladó a esta parte del mundo para unirse a una institución artística con más de veinte años de trayectoria y representativa de una entidad mexicana poseedora de un rico patrimonio musical. La luna de miel y los primeros meses de convivencia han sido claramente fructíferos.

Entre las decisiones recientes del director italiano, cabe destacar la incorporación a la OSY de jóvenes instrumentistas egresados de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (hoy Universidad de las Artes) como músicos invitados —en este concierto, más de una decena—. Sumado lo anterior a una inteligente selección del repertorio y a ensayos con un alto grado de exigencia, Scarano está poniendo a la OSY en el camino de convertirse, ahora sí, en una de las mejores orquestas del país. La ovación final del público de Bellas Artes fue, sin duda, un reconocimiento a esta intención.

Es justo decir que, en esta nueva etapa, no ha sido menos relevante el cobijo institucional con que ha contado la OSY para la consecución de sus objetivos artísticos y sociales: el gobierno de Yucatán, a través de la Secretaría de la Cultura y las Artes, el Fideicomiso Garante de la Orquesta Sinfónica de Yucatán y el Fideicomiso Público para la Administración del Palacio de la Música, junto con el Patronato para la Orquesta Sinfónica de Yucatán, han desarrollado un modelo de colaboración entre instancias públicas, sociedad civil e iniciativa privada cuyos logros están a la vista… y al oído.

Por todo lo apuntado, el concierto de la Orquesta Sinfónica de Yucatán en Bellas Artes constituyó no solo una muestra de la estatura artística del grupo, sino también una excelente carta de presentación para el gobierno de un estado con fama de culto y pacífico. ¿Qué mejor forma de demostrar que la seguridad que goza Yucatán no es ajena al cultivo de las artes?

¿Qué mejor manera de mostrar el interés gubernamental por la preservación del patrimonio cultural yucateco y por la difusión cultural? ¿Y qué mejor modo de rendir homenaje a Daniel Ayala, el músico maya que, como director de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, puso todo su empeño en conservar la agrupación artística para difundir sus obras y las de otros autores yucatecos? La posteridad a veces requiere una pequeña ayuda.

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