Cultura

Mi diario y yo / 78

Sonidos inesperados

Querido diario:

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El sábado pasado acompañé a una de mis hijas a su cita en la Unidad de Medicina Familiar La Ceiba del IMSS. Ese día todo transcurría en calma, desde el tránsito hasta la actitud de los pacientes. Lo atribuí al hecho de que era día inhábil y porque solo dan servicio dos de los dieciséis consultorios. Como siempre, llevé un libro para aprovechar el tiempo muerto (espera).

Cuando llegamos, en una parte de la explanada de la clínica había dos muchachas y un muchacho que portaban playeras blancas, pantalones azules y tenis, quienes entrevistaban a un grupo de veteranos, a quienes posteriormente entregaban una camiseta blanca con algún mensaje impreso que no alcancé a leer bien. Por su apariencia supuse que eran chicos que participan en algún apostolado o bien eran empleados de un negocio de uniformes que promocionan sus productos. En este sitio, bajo un frondoso ficus, numerosos senescentes se reúnen dos veces a la semana para hacer ejercicio y, en ocasiones especiales, también para desayunar y convivir.

La cita era a las nueve horas, pero llegamos a las 8:20; había entre quince y veinte pacientes repartidos en las filas de sillas de los consultorios 8 y 9. Abrí mi libro y me dispuse a terminar de leer el cuento Un día sin sol no es una noche de Mariantuá Correa (Barranquilla, Colombia, 1992), que narra la singular relación entre la protagonista y su esposo, quien le propone llevar a cabo un recíproco trasplante de materia fecal para curarse de todos sus males, pues, le dice, hay evidencia científica de que lo que sucede en la biota intestinal repercute en el resto del organismo. Le asegura que ese procedimiento sí funciona pues lo ha probado con sus perros Circo y Bartok. El tema me parece original.

En eso, la secretaria abre la puerta del consultorio 8, saca la cabeza, pronuncia el nombre de mi hija y le dice:

–Pasa para que te pese y luego esperas a que te llame para consultar con la doctora.

Mientras mi hija se dirige a la parte delantera del consultorio escaneo a quienes me rodean. Como dije anteriormente, todos parecen estar en calma, pero hay varias personas que me preocupan: a mi derecha hay una mujer madura de pelo rubio y complexión gruesa que lleva cubre-boca y tose constantemente; es evidente que tiene una severa congestión bronquial o pulmonar; a mi izquierda una jovencita le da scroll a la pantalla de su celular e inspira con fuerza para retener o tragarse sus mocos, pues también está agripada. Ciertamente no son las únicas enfermas en aquel pequeño universo.

Para calmar mi inquietud, y luego del retorno de mi hija, vuelvo a mi lectura. Ahora se trata de un divertido cuento de Jorge Comensal (Ciudad de México, 1987) titulado Fecundación, en el que un padre deja un testimonio escrito para su futuro hijo, hija o hije en el que pormenoriza todas las peripecias que enfrentaron él y su pareja cuando decidieron concebirlo. Me reía internamente de las situaciones cómicas que describe Comensal cuando de repente escucho cerca de mí:

I close my eyes

Only for a moment, and the moment´s gone

All my dreams

Pass before my eyes, a curiosity

Dust in the wind

All they are is dust in the wind

Some old song

Just a drop of water in an endless sea

All we do

Crumbles to the ground, though we refuse to see

Inmediatamente busqué al emisor: una persona de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, usa lentes de pasta, lleva una barba entrecana; viste una playera café, una bermuda verde y tenis blancos con calcetines del mismo color. Llaman mi atención tres cosas: pronuncia claramente las palabras, está perfectamente entonado y tiene una voz potente. También me doy cuenta que solo yo lo observo, pues todos los demás pacientes, incluida mi hija, miran al frente o bien se mantienen atentos a sus celulares, como si nada ocurriera allí. Solo un guardia de seguridad se le acerca por detrás, pero no interrumpe al cantante:

Dust in the wind (oh)

All we are is dust in the wind

Oh, oh, oh,

Now, don´t hang on

Nothing lasts forever, but the Earth and sky

It slips away

And all your money won´t another minute buy

Dust in the wind

All we are is dust in the wind (all we are is dust in the wind)

Dust in the wind (everything is dust in the wind)

Everything is dust in the wind

The wind

Pienso que es un extranjero (en los últimos meses ha aumentado el número de venezolanos, colombianos, cubanos e incluso norteamericanos que acuden al IMSS a consultar y recibir medicamentos, cuando los hay) o quizá un maestro de inglés. Y entonces recuerdo a Arturo Piña, que fue mi condiscípulo en la preparatoria República de México y docente de la Franklin, quien me indicaba cómo debía articular las palabras para que sonaran como las pronuncian los gringos; huelga decir que fracasé en el intento pues comprendo y leo más inglés que el que puedo expresar verbalmente.

Una vez que terminó de cantar, el artista improvisado simplemente se acomodó en su silla y guardó silencio. En esas especulaciones mentales andaba cuando sale la secretaria del otro consultorio, el número 9, se acerca al sujeto y le dice:

–¿Don Roberto, qué medicinas vino a buscar?

El hombre, cuyo nombre ya conozco, se pone de pie:

–Linda, vine a buscar senósidos y…. no recuerdo ahora qué otros medicamentos.

–¿No se acuerda?

–No, espérame un momento… Por favor, dame tu mano derecha para que yo la estreche entre las mías y con tu energía quizá recuerde mejor.

Me entra la duda de si esta persona está o no bien de la cabeza. Pero luego me digo: ¿Desde cuándo cantar en voz alta es signo de desequilibrio mental o de locura? Depende del sitio en el que lo hagas, me respondo.

La secretaria sonríe, le da la mano a don Roberto, este la toma entre las suyas, entrecierra los ojos:

–Vine a buscar senósidos, senósidos, senósidos y….

–Cuando se acuerde me busca, ¿sale?

–Sí, linda.

La secretaria del consultorio que nos corresponde pronuncia el nombre de mi hija, a quien acompaño y me desentiendo de lo que pasa allá afuera. La doctora que nos atienda es cordial, cálida, le toma la presión y el porcentaje de oxigenación a mi hija, comenta que ambos indicadores están bien y nos recomienda ponernos la vacuna contra la influenza, que debe llegar a finales de octubre. Extiende la receta, vamos a la farmacia y cuando pasamos de nuevo por la sala de espera don Roberto ya no está allí, pero aún se mantiene sentada la joven moquienta.

Antes de subir al coche me toco, sin querer, la nariz, hecho nada recomendable después de estar cerca de alguien con catarro; recurro al frasquito de gel que tengo en el vehículo, me embadurno las manos y apenas llegamos a la casa, me las lavo con rudeza innecesaria, me preparo una limonada sin azúcar y ruego para que no me vaya a contagiar. Me siento a escribir esta experiencia en tus páginas y mientras lo hago pongo en el Spotify varias versiones de Dust in the Wind, pero repito una y otra vez la del grupo Kansas. Las armonías y el mensaje de esta pieza me suenan tristes y me infunden desazón. ¿Por qué la habrá elegido don Roberto?

Hasta la próxima.

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