Hablar y vivir en América (I)

Querido diario:
Después de que me embuto un frijol con puerco, un potaje de lentejas o un puchero de tres carnes, con su consabido ts´áapa de tortillas de maíz amarillo nixtamalizado, me siento como si volara entre las nubes. Bueno, pues más o menos es lo que experimenté al terminar Hablar y vivir en América, que coordinó la filóloga Concepción Company Company y que se imprimió en Colombia en 2023.
El libro, producto de las jornadas internacionales Hablar y Vivir en América. Siglos XVI-XIX, que se llevaron a cabo en El Colegio Nacional [de México] en septiembre de 2018, consta de trece ensayos de reconocidos investigadores latinoamericanos y españoles, agrupados en cuatro ejes temáticos:
La lengua de la vida cotidiana: El español ante una babel de lenguas. El siglo XVI por Juan Gil; Las islas Canarias en la gestación del español americano por Dolores Corbella; ¡Al carajo! Un equívoco. Vocabulario náutico en nuestra vida cotidiana por Flor Trejo Rivera; El paisaje lingüístico en la América colonial por Virginia Bertolotti y Saludos y despedidas en cartas americanas. Un acercamiento a la oralidad de la vida cotidiana por Concepción Company Company.

Voces prohibidas y silenciadas: La cotidianidad perseguida: lo prohibido en la América virreinal por José Luis Ramírez Luengo; Voces silenciadas por la historia. La mujer en la lengua del Barroco americano por Silvia Ruiz Tresgallo y Hechiceras, beatas, amantes, asesinas… Imágenes y voces femeninas en el ámbito maya colonial por Mario Humberto Ruz.
El espacio público: El templo, la plaza mayor y el hogar. Religión y vida cotidiana en las ciudades del Virreinato por Antonio Rubial García; Fiesta y poesía. Los certámenes en el México virreinal por Jorge Gutiérrez Reyna y El reflejo de la realidad novohispana en el espejo de las relaciones geográficas del siglo XVI por María del Carmen León Cázares.
Los alimentos: Las españolas hechas a la tierra se mueren por el negro chocolate por Ascensión Hernández Treviño y Regalos de la naturaleza. Los efectos del chile y del chocolate por María Emilia Beyer Ruiz.
Como lo anticipamos, aunque son ensayos académicos que aportan información nueva, sobre todo los que se relacionan con los asuntos lingüísticos, este libro es de divulgación, es decir, está escrito para que lo comprendan y gocen lectores no especializados. Además, contiene numerosas imágenes de códices, grabados y dibujos en blanco y negro y color.

Gil nos recuerda, porque tendemos a olvidarlo, que en los galeones no todos los viajeros ni todos los tripulantes hablaban español (se comunicaban en portugués, italiano, francés, alemán, griego, etc.), circunstancia que desembocaba en malentendidos y en ocasiones en problemas más graves. Ya no digamos la interacción de todos ellos con los hablantes indígenas y los esclavos africanos.
Corbella resalta el papel de las Canarias como sitios de avituallamiento y partida de quienes se decidían a viajar a las tierras recién descubiertas y cómo los originarios de esas islas dejaron su impronta en el español americano, pues muchos de ellos fueron fundadores y habitaron ciudades y villas que con el paso del tiempo se convirtieron en países como República Dominicana, Colombia, Venezuela, Puerto Rico, etc.
Trejo lleva a cabo una radiografía de las embarcaciones que surcaban los océanos y deja claro que no cualquiera podía convertirse en marinero de la noche a la mañana, pues estos debían conocer a cabalidad los nombres de cada una de las partes del navío y los procedimientos necesarios, además de tener suficiente fuerza y destreza para llevarlos a cabo sobre todo en momentos de emergencia, como cuando enfrentaban un huracán o el ataque de corsarios. Por su parte, los que decidían hacer la América tenían que contar con suficientes recursos pecuniarios, contactos, paciencia y espíritu de aventura pues el viaje duraba varias semanas en condiciones incómodas y peligrosas.

Bartolotti contrasta la riqueza del paisaje lingüístico actual con el casi inexistente en los primeros años de la colonia, pues las manifestaciones escritas eran patrimonio de algunos cuantos y casi siempre se limitaban al ámbito privado. En otras palabras, el viandante podía recorrer toda una villa o ciudad sin encontrarse jamás con una expresión escrita en su camino. Cuando las autoridades deseaban comunicar algo a la comunidad lo hacían a través de los sacerdotes, luego de la misa, o mediante pregoneros que recorrían las calles. Con todo, no se puede colegir que aquella sociedad fuera ágrafa, como lo refuta el gran volumen de textos escritos que se conservan hasta nuestros días en diversos repositorios.
Company repasa las cartas y notas antiguas ya que su propósito es indagar sobre el lenguaje cotidiano, es decir, las palabras que los ciudadanos comunes y corrientes usaban día con día, las cuales de ninguna manera podemos encontrar en los documentos oficiales. Veamos algunos ejemplos de saludos: señora mía, hijo, señora madre, querida hermana, ni muy amado hermano. Y de despedidas: Regalo y bien de mis ojos, Marta, mi alma, Tulita: va esa cortedad para las dos; te mando con lo que has de jugar; Mi siempre y querida negrita de todo mi corazón; Adorado, cielito de mis ojos, dulce prenda amada de mi corazón…
Ramírez indica que lo prohibido se debe entender básicamente como un método de control social, es decir, […] como un acto institucionalizado que sirve para asegurarse de que el individuo se mantenga dentro de unos cauces instituidos por la sociedad […] (p. 207) En consecuencia, lo prohibido se transforma en un catálogo de actitudes y comportamientos que sirve para clasificar a los individuos como buenos y normales y malos y anormales. Sus ejemplos están sacados de expedientes civiles y criminales, sermones, libros piadosos, crónicas locales, algunos informes eclesiásticos y visitas pastorales. Las autoridades perseguían y castigaban cuestiones sexuales, comportamientos impropios, lecturas ilícitas, blasfemias, hechicería y heterodoxia.

Ruiz repasa de manera detallada cómo la lengua, que es producto de la ideología de la sociedad que la produce, estuvo dominada por las masculinidades hegemónicas durante el Barroco mexicano e intentó silenciar las voces femeninas, afortunadamente sin lograrlo, al menos por lo que toca a Juan Inés de la Cruz. Concluye que es necesario investigar y recuperar obras escritas por mujeres durante este periodo para proponer un nuevo canon que incluya multiplicidad de voces: mujeres de distinta procedencia, etnia, clase social, orientación sexual, etc.
Ruz destaca que, contrariamente a lo que comúnmente se cree, no todas las mujeres se mostraron sumisas, resignadas y conformes con las directrices que imponía la sociedad colonial que era patriarcal y androcéntrica, sino que hubo figuras y personajes que con terquedad e inteligencia aprovecharon los intersticios de aquella sociedad para aprovechar las oportunidades y defender o recuperar su patrimonio. Indica que se abusaba de las mujeres en los aspectos económicos (negándoles una dote o una pensión ya convenida) como emocionales con repercusión social (ser abandonadas por el cónyuge o embarazadas por alguien que juró ser soltero y prometió matrimonio) o bien violencia física o sexual (golpes, incesto, estupro e incluso asesinato). (p. 301)
Como ya me extendí demasiado, dejaré para otra ocasión los comentarios de los cinco ensayos restantes.
Hasta la próxima.



