Historia de lo infraordinario

Querido diario:
Costumbres
No creo que mis abuelos y la mayor parte de sus contemporáneos hayan oído hablar alguna vez de los hadza, una tribu de cazadores-recolectores de Tanzania, allá en la enigmática África, quienes tienen como costumbre pasar mucho tiempo en cuclillas en vez de estar de pie o sentados en una silla.
Esta postura, que se conoce como descanso activo, les permite conservar una salud metabólica y cardiovascular envidiable, pues entre ellos no hay casos de divertículos ni de hemorroides, según asegura el paleontólogo Juan Luis Arsuaga en uno de sus libros que ya he comentado en tus páginas.
Sin embargo, mis abuelos y la mayor parte de sus contemporáneos hacían lo mismo a mediados del siglo XX, aunque solo unos minutos al día y sospecho que no por sabiduría o intuición, sino más bien por costumbre o por pobreza. En efecto, imitaban a los hadza cuando iban al patio a vaciar los intestinos, pues en las viviendas no había inodoros.
Tampoco había regaderas: se bañaban a jicarazos después de echar en una palangana el cubo de agua, que previamente habían sacado del pozo y dejado al sol durante varias horas para que se entibiara.
Mientras leía a Arsuaga me puse en cuclillas: créeme que no es nada fácil ni seguro ni placentero hacerlo y menos si estás solo y corres el riesgo de engarrotarte, caerte y que nadie te ayude a recobrar la vertical. Así que, apenas pude, opté por regresar a mi silla que, según ese científico español, es un invento diabólico. Ah, por cierto, el mismo paleontólogo nos hace ver que no nos sentamos sobre nuestros glúteos, como decimos o creemos, sino sobre nuestros isquiones, los dos huesos ubicados en la parte inferior y posterior de la pelvis. ¡Con razón siento durísimas todas las superficies en las que asiento mi humanidad! Le diré a mi compañera que se olvide de llamar al tapicero para que venga a acolchar los muebles.
Mimetismo conductual
En Maschalagnia, el escritor colombiano Luis Carlos Barragán Castro (Bogotá, 1988) cuenta la historia de un joven que tiene obsesión por observar y oler sus axilas y las de los demás. En el metro le fascinaba buscar y encontrar personas con camisas sudadas y camisetas sin mangas, pues disparaban en él respuestas fisiológicas placenteras. En consecuencia, sus preferidos eran aquellos que iban de pie y forzosamente tenían que extender los brazos para sujetarse de barras, tubos o colgantes para mantener el equilibrio.
Por su fijación en los sobacos descubrió que los había alborotados o estéticamente afeitados, con pelos en forma de cuadrados o círculos perfectos, etc.; también llegó a identificar las marcas de desodorantes que los propietarios de aquellos pliegues anatómicos usaban para disimular el olor que despedían.
—Cada loco con su tema, como diría mi abuelita.
En realidad, el sudor que producen las glándulas apocrinas es inodoro; lo que percibimos es la descomposición de esta secreción por parte de bacterias y será tenue o fuerte en función de varios factores: nuestra genética, tipo de alimentación, nivel de estrés, humedad, higiene y el tipo de fibras de la ropa que usemos.
Contra nuestra genética hay poco o nada que podamos hacer, pero en todo lo demás sí podemos influir, aunque invirtamos una parte de nuestra renta en perfumería, a menos, claro, que queramos llamar la atención de un sujeto como el del cuento de Luis Carlos.
(El olor del sudor más fuerte que he sentido en mi vida, y eso que mi olfato es bastante mediocre, fue el de la Sotolongo, pero esto es un secreto que no debe trascender tus páginas).
Exceso de peso
En una época lejana la gordura fue sinónimo inequívoco de belleza y bonanza. Hoy nos revela muchas cosas distintas: presiones estéticas, aspiraciones sicosociales, una crisis de salud pública y, sí, también capacidad económica. En un artículo que publicó a finales de agosto en El País, Patricia Fernández de Lis apuntaba que para un gran número de personas los gordos no pueden ganar. (https://elpais.com/opinion/2026-08-29/los-gordos-no-pueden-ganar.html)
Y no lo pueden hacer simple y sencillamente porque cada uno de nosotros tiene una opinión diferente sobre cómo debemos mantener o alcanzar nuestro peso ideal: ¿Con medicamentos, como el milagroso Ozempic y similares?, ¿Con fuerza de voluntad? ¿Con un cambio en nuestro estilo de vida?, ¿Con ejercicio?, ¿Con aceptar nuestra herencia genética?, ¿Con una mezcla de todo lo anterior?
—Ande yo caliente, ríase la gente, como decía mi bisabuela, lo cual se podría traducir hoy como: manda a todos los opinantes a freír espárragos y vive tu vida.
Actualmente es políticamente incorrecto referirse a la corpulencia de alguien e incluso se ha acuñado el término gordofobia.
Bellaco
De todos mis amigos de juventud, solo Jorge sigue utilizando hasta la fecha el término bellaco, pero curiosamente no como adjetivo sino como sustantivo: para él un bellaco o bellaca es una persona mala o ruin, no astuta o sagaz, como se indica en la primera acepción del DRAE.
Creo que esa palabra se le quedó gracias a su afición a la literatura española del Siglo de Oro. Lo que jamás sospechó mi cuate es que ese término, que data del castellano medieval, reingresaría con fuerza al torrente lingüístico del siglo XX gracias al reguetón.
Cuando recientemente se lo hice notar en un WhatsApp, simplemente me respondió:
—¡Todos esos son unos bellacos!
Ni hablar.
Hasta la próxima.



