Observación y memoria

Querido diario:
En una entrevista publicada hace unos días en El País, la filósofa Eurídice Cabañes (Valencia, 1983)asevera que es primordial procurarnos momentos de ocio sin producción ni consumo, si en verdad queremos escapar del modelo de negocios de las grandes empresas tecnológicas. Reconoce, sin embargo, que no es fácil hacerlo porque tan solo con llevar el teléfono celular con nosotros estamos produciendo datos para esos consorcios.
En consecuencia propone dejar el móvil en casa, ir a la playa, pasear, sentarnos en un banco a charlar con otro ser humano, recuperar el derecho al aburrimiento porque de este salen las ideas. Necesitamos que nuestro cerebro tenga un descanso de estímulos externos para poder escucharnos, subraya.
[…] P. ¿A qué renunciamos cuando caminamos mirando el móvil?
R. A la capacidad de observar. Y la capacidad de observar es lo más importante porque de ahí se desprende todo lo demás. Por ejemplo, la memoria. No podemos recordar si no observamos. También las deducciones, la capacidad analítica, la capacidad crítica… El problema no es tanto que una tecnología reconfigure nuestros esquemas mentales, porque todas lo van a hacer. La escritura lo hizo, la cámara de fotos lo hace y la inteligencia artificial, por supuesto, lo hace mucho más. El problema es cómo lo hace. Hay tecnologías que son como las rueditas de la bici, que están pensadas para desaparecer. Cuando sabes ir en bici, las quitas. Pero las tecnologías que estamos incorporando no vienen a enseñarnos nada, sino a reemplazar funciones y a generar dependencia. (https://elpais.com/ideas/2026-09-05/euridice-cabanes-filosofa-elon-musk-se-ha-convertido-en-batman.html)

Ayer dejé el celular en casa y salí a dar la vuelta por mi rumbo con el único propósito de observar. Eran las seis y media de la mañana. Lo primero que vi fue a grupos de mujeres y hombres jóvenes que descendían en las diferentes paradas de autobuses, con bolsas las primeras y mochilas los segundos. Todos se dirigían a sus sitios de trabajo: tiendas de conveniencia, farmacias, cafeterías, tintorerías, casas-habitación…
Por las calles también vi a otras mujeres y hombres más o menos de las mismas edades, pero enfundados en ropa deportiva, quienes caminaba o trotaban; algunos de ellos llevaban a uno o más perros con sus correas y portaban relojes que, además de dar la hora, monitorean la temperatura corporal, el ritmo cardiaco, el nivel de oxigenación del cuerpo, cuántos pasos se han dado, cuál es el nivel de estrés, etc., etc. A diferencia del primer grupo, este parecía no tener prisa, pues seguramente no está sujeto a la tiranía de un horario o al malhumor de un jefe o una jefa.
Los escasos autobuses de transporte colectivo contrastan con el elevado número de automóviles, particularmente camionetas de lujo, en las que madres de familia llevan a sus hijas e hijos a los colegios particulares ubicados en la zona (otro quehacer doméstico adicional para las mujeres). La hora de entrada y salida de estos establecimientos es una lata para los demás conductores que no tienen más remedio que pasar por las calles que rodean los edificios educativos, pues se forman largas colas no solo en las arterias sino en las glorietas, para enfado de los vecinos que no pueden meter ni sacar los vehículos de sus cocheras y de los propietarios de comercios cercanos, donde los clientes enfrentan problemas para ocupar los cajones de estacionamiento.
Quizá esta sea una de las razones por la que muchas pequeñas tiendas ubicadas en las inmediaciones de las mega escuelas no hayan prosperado, aunque también en los centros comerciales hay numerosos locales desocupados en los que antes hubo micros, pequeñas y medianas empresas que dieron empleo a decenas de personas. Supongo que cerraron sus puertas porque los ingresos fueron insuficientes para pagar salarios, prestaciones, rentas y obtener una ganancia. También tiene que ver con que la economía mexicana está estancada desde la última pandemia.

Hay dos o tres conjuntos de locales comerciales con restaurantes no diré que exclusivos, pero sí que están vedados a la mayor parte de los ciudadanos porque sus precios son elevados (Para mí, un platillo que exceda los $ 400.00 es un lujo). Curiosamente los estacionamientos de estos negocios casi siempre están llenos, lo que indica que tienen suficiente clientela durante todo el año, incluso cuando en periodos vacacionales muchos de los comensales se van al extranjero o a la playa. De hecho, en los últimos tres años solo un restaurante cerró o cambió de giro.
En este cuadrante de la ciudad se han levantado numerosos edificios de departamentos, algunos de lujo, cuyos precios van desde 4.5 millones de pesos, por las amenidades que prometen. Algunas de estas torres permanecen desocupadas desde hace meses, aunque se mantiene la fiebre de construcción por todas partes. Los vecinos se preguntan si las autoridades municipales que otorgan los permisos realmente exigen y verifican que estas inmuebles cuenten con suficientes espacios de estacionamientos y si la futura demanda de servicios, como agua y luz están garantizados, puesto que la infraestructura para suministrarlos no se ha ampliado desde hace décadas.
Los escasos parques del rumbo, ninguno de los cuales excede de una hectárea, se ven más o menos concurridos durante las primeras horas de la mañana, cuando personas mayores usan los senderos sombreados para caminar y de vez en cuando ocupan alguno de los aparatos instalados allí para hacer ejercicios de resistencia. Vi a varios grupos de señores y señoras que platicaban animadamente mientras daban vueltas por las superficies adoquinadas de cemento; otras mujeres llevaban rosarios en las manos: oran mientras caminan. Las menos colocan el celular en un brazalete y portan auriculares.
Por la tarde, una vez que se oculta el sol, algunas familias llevan a sus pequeños a jugar en los toboganes, balancines y columpios o en los areneros. Las mesas de cemento colocadas en algunos de los parques son ocupadas por empleados de negocios cercanos o trabajadores de la construcción cuando salen a comer. Solo en dos o tres ocasiones he visto que algunas familias han celebrado allí los cumpleaños de sus pequeños.

Policías en patrullas y motocicletas recorren calles y avenidas y solo de vez en cuando se ven camionetas de la Guardia Nacional, pues es un rumbo tranquilo, aunque la mayoría de las casas tienen muros altos, enormes y sólidos portones, cercas electrificadas y sistemas de videovigilancia propios o contratados con alguna empresa.
Es común observar que los agentes detengan a jóvenes con mochilas, vayan a pie o en motocicleta, a quienes piden que les muestren voluntariamente lo que llevan en ellas. A esta práctica, claramente anticonstitucional, le llaman revisión preventiva. Me ha tocado atestiguar que solo algunos reclaman su derecho al libre tránsito y casi siempre son jóvenes venidos de otras partes. Los detienen por su apariencia.
Finalmente, los camellones sembrados con árboles y arbustos son atendidos periódicamente por cuadrillas de trabajadores de la comuna, que podan el césped, cortan las ramas bajas o muy largas y riegan las plantas en época de secas. Ahora se han ahorrado miles de litros pues han caído fuertes y prolongados aguaceros que han hecho reverdecer el entorno pero que pronto traerán la proliferación de mosquitos.
Mi experiencia estuvo coja porque no tuve oportunidad de platicar con alguna persona en el parque ni en las calles, simple y sencillamente porque no conocía a ninguno de los viandantes. Sin embargo, admito que si alguna persona desconocida me abordara de improviso en la calle seguramente adoptaría una actitud defensiva. Eso sí, tomé algunas fotos para documentar mi vagancia.
Hasta la próxima.
P. D. ¡Santa cachucha! Ayer me llegó una joya bibliográfica: Hablar y vivir en América, obra coordinada por Concepción Company Company, en la que trece especialistas aportan conocimientos y sabiduría. La obra está dividida en cuatro apartados: La lengua de la vida cotidiana, Voces prohibidas y silenciadas, El espacio público y Los alimentos. Fue publicada en 2023 bajo los auspicios de El Colegio Nacional de México, Universidad de los Andes y el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe, ambos de Colombia, donde se imprimió. Consta de 558 páginas y numerosas ilustraciones. Se tiraron 600 ejemplares. Me dispongo a saborearla completita.



