Padres e hijos

Querido diario:
Hace unos días me invitaron al tercer cumpleaños de una preciosa bebita, cuya fiesta comenzó a las diez de la mañana. Los asistentes éramos poco más de veinte: la mitad frisaba los setenta años y la otra mitad, entre treinta y cinco y cuarenta. En la mesa había abundancia de botanas, pero yo no comí nada porque prácticamente acababa de desayunar y porque, según se nos dijo, a la una se serviría la comida.
Luego de inspeccionar el lugar, en el que había una zona para tomarse la foto con la festejada, brincolines, laberintos con toboganes, túneles para gatear y albercas llenas de pelotas para solaz de los pequeños, me fijé en las actitudes de las parejas más jóvenes.
Me llamó la atención que los papás y las mamás se turnaran para cuidar y jugar con sus hijos. Aún más: cuando las chicas y los chicos se acercaban a ellos para comentarles o pedirles algo, les prestaban toda su atención: los miraban a los ojos, les explicaban, los besaban.
Concluí que estábamos ante un nuevo tipo de paternidad y maternidad que pone a las infancias en el centro de sus vidas. ¿Pero a qué viene este prolegómeno un tanto melancólico?
Recién terminé de leer La figura del mundo. El orden secreto de las cosas del escritor Juan Villoro, libro en el que cuenta cómo fue su relación y la de sus hermanos con su padre, el filósofo Luis Villoro Toranzo, autor de libros imprescindibles como Los grandes momentos del indigenismo en México y El proceso ideológico de la revolución de independencia, entre otros. Y también cómo interactuaron con su madre, la yucateca Estela Ruiz Milán.
Villoro advierte en el prólogo que su intención al escribir esta obra no fue erigir una estatua al Gran Hombre pero tampoco desacreditarlo por medio de infidencias: […] Mi padre fue contradictorio, como todos los que no son santos, y esas contradicciones valieron la pena de ser vividas […] (p. 18)
A lo largo de nueve capítulos, el hijo del filósofo escribe y desgrana, con inocultable admiración y respeto, pero sin complacencias, la vida de su progenitor desde su nacimiento en Barcelona el 3 de noviembre de 1922 hasta su muerte, el 5 de marzo de 2014 en la Ciudad de México.
Luego de enviudar, la madre de los Villoro Toranzo envío a sus dos hijos e hija María Luisa a estudiar a Bélgica. Luis y su hermano Miguel ingresaron en el internado jesuita de Saint Paul. En ese lugar nuestro personaje dio tempranas muestras de su inteligencia analítica y también de su personalidad reservada, taciturna, casi misantrópica. Cuando ya era un jovencito regresó a México y luego de estudiar su licenciatura comenzó a trabajar como docente.
Juan subraya que don Luis siempre le dispensó un trato cordial pero lejano en el afecto, pues no era una persona de caricias; ese trato se modificó ligeramente cuando sus padres se divorciaron y el filósofo lo llevaba al zoológico, al cine o a ver partidos de futbol.
Quienes han leido a Juan Villoro saben que su estilo es brillantemente desenfadado, antisolemne, pero sin caer en la chocarrería.
[…] Mi padre olía a Aqua Velva, y a veces a sudor, combinación que me encantaba. Cuando yo era niño, imponía sus hábitos de manera irrestricta y uno de ellos era el muy europeo de bañarse poco. Mi abuela materna, que había nacido en Progreso, Yucatán, padecía la obsesión contraria y contaba los días que mi padre llevaba con la misma camisa […] (p. 43)
El libro está salpicado de divertidas y aleccionadoras anécdotas familiares, de nombres de literatos, filosofos, historiadores, políticos y periodistas con los que se relacionó don Luis, quien hizo una carrera notable como profesor-investigador de la UNAM y que recibió en vida, merecidamente, numerosos reconocimientos del mundo académico. Fue miembro de El Colegio Nacional.
Villoro Toranzo siempre simpatizó y militó con movimientos de izquierda, pero sin renunciar al análisis, la crítica y la autocrítica, con lo que evitó convertirse en un creyente y/o fanático de los líderes carismáticos que conoció. Fue uno de los asesores más apreciados por el EZLN, cuando esta organización político-militar estuvo en su apogeo.
Para él la filosofía no era una materia sino una forma de vida. Dejó cátedra de coherencia, desprendimiento y claros testimonios de su desconcertante relación con el dinero: no obstante pertenecer a la clase media acomodada, el filósofo invirtió su capital en apoyar a personas y causas sociales hasta que su patrimonio se evaporó casi por completo. También asumió una actitud estoica ante la enfermedad y mantuvo a raya a todos los que intentaron acercarse a él, inclusive a sus familiares, para apoyarlo, cuidarlo o simplemente acompañarlo en su vejez. Se bastaba a sí mismo y se encontraba a sus anchas en la soledad, lo que resultaba paradójico pues siempre hizo todo lo que estuvo a su alcance para incidir en la transformación de la comunidad.
Casi al final del libro, el autor apunta:
[…] Lo que conocemos y lo que decimos de una persona es una franja del trato que hemos tenido con ella. Elegimos una perspectiva y un encuadre. Tanto Luis como Estela habían tenido una férrea formación católica. Fueron educados para asociar la carnalidad con el pecado y para creer que todas las variantes de la austeridad son méritos morales. Se casaron cuando ella tenía veintiún años y el treinta y dos, convencidos de cumplir con lo que la sociedad esperaba de ellos. La sensualidad y los arrebatos pasionales no formaban parte de ese trato y acaso debían ser buscados en otro sitio. Muchas décadas después, mi madre podía criticar con justificada razón las limitaciones emocionales de mi padre, aunque en su día las tomó como parte de la norma […] (p. 249)
¡Tremendo!, ¿verdad?
Hasta la próxima.
P. D. Vi en la librería un libro de Jorge Volpi titulado Examen de mi padre. (Diez lecciones de anatomía comparada). Debo localizar en mi biblioteca y releer Carta al padre de Franz Kafka y Padres e hijos de Iván Turguéniev porque no me acuerdo de su contenido y porque seguramente arrojan luz para entender y reflexionar sobre este vínculo indisoluble y no siempre fácil entre unos y otros.



