
Hace 21 años me pidieron un texto que sirviera de guion para un documental didáctico acerca del centro de Mérida y decidí que fuera un diálogo entre dos jóvenes vecinos de la ciudad, ella meridana, él originario de la Ciudad de México. El video nunca se llevó a cabo. Al leer el texto ahora me doy cuenta de algunos cambios y desapariciones, así como de muchas persistencias. Lo histórico ha perdurado, aunque manteniendo una condición de fragilidad. Han variado algunas de mis apreciaciones y otras se han reforzado. Vaya pues esta imagen del año 2005, que se presentará en tres partes.
—¡Qué onda, Martita! ¿Cómo estás? ¡Uf, qué calor hace! Está terrible.
— Vaya, ¿no habrá algo más imaginativo que iniciar una conversación hablando del calor?
—¿Y por qué no? Si es algo que no se puede soportar…
—Es que el calor es lo más normal en Mérida, aquí he vivido toda mi vida y es lo que siempre he sentido. Sin embargo, la mayoría de los meridanos vive quejándose como si hubieran vivido en Alaska.
—Eso lo dices tú, pero acuérdate de que yo no soy de aquí.
—Sí, en tu caso lo justifico. Además, tú eres congruente. La ropa que tienes puesta va conforme al clima.
—Creo yo que así debe ser ¿no, manita?
—En principio sí, pero observa a la gente. Ese que va ahí es un extranjero y aquellos otros son seguramente turistas de otra región del país. Usan, como tú, ropa ancha, ligera y de color claro. Pero en cambio ve a esa muchacha vestida con blusa negra. Se debe de estar muriendo de calor. Y mira al tipo ese con manga larga, como si estuviera yendo a una reunión muy formal. Te aseguro que no va a ningún lado en especial, sólo está toleteando.
—Quizá trabaje en un lugar con aire acondicionado…
—No, ni trabaja. Lo conozco, es tremendo huevón. Mira a esa señora, cuánta ropa tiene puesta. Te aseguro que es de las personas que más se quejan del calor. Pero debe de tardar como dos horas en desvestirse.

—¡Uy, cuánta crítica! ¿Oye, y si llamamos al mesero? ¿Ya se tardó, no crees?
—Es lo más normal. Te atienden cuando se les pega la gana. ¡A ver, tú, niño, tráeme un exprés bien cargado! ¡Y dale asepsia a esta mesa, que está más sucia…! ¡Parece que un cochino comió aquí! ¿Tú qué vas a pedir?
—Un capuchino. Y un vaso de agua, por favor. Me muero de sed. Fíjate que me paré a escuchar los tambores en la Plaza Grande…
—¡Ah, la onda yembé! Música africana para variar más la mezcla cultural.
—Con la música de percusiones me dan unas ganas locas de bailar. Un día de estos lo voy a hacer en plena Plaza Grande. También me encantaría andar en zancos, ¿los has visto?
—Sí, los zancos junto con los payasos hacen ver al centro como un circo urbano. Ya ves, nos vamos acostumbrando poco a poco.
—Con el equilibrio… la vestimenta… Me asombra como pueden mantenerse sin caerse de los zancos. Y las bolas de fuego, también me gustan.
—Cállate, parece muy fácil eso de las bolas de fuego, pero ni de loca me meto a hacerlo. Hay que tener práctica, una habilidad gruesísima.
—¡Uy, sí!
—Y bien, ¿cómo es que decidiste que viniéramos a este café del centro?
—Porque el café es muy bueno y porque me gusta el centro de Mérida. Siempre hay cosas por descubrir.

—¿Como qué, además del yembé, los zancos y las bolas de fuego?
—Por ejemplo, ahorita que pasaba frente al Palacio Municipal vi que tiene unos adornos bien chidos. Símbolos patrióticos, muy mexicanos, pero no parecen coloniales.
—Claro que no. El Palacio Municipal es del siglo dieciocho, pero esos ornamentos arquitectónicos son del siglo veinte. Son de estilo Art Déco.
—¿Y crees tú que está bien eso de agregarle algo de otro estilo a un edificio colonial?
—Por supuesto que no, pero esto se colocó hace ya varias décadas. Y no desentona para nada con el conjunto. De hecho, no es lo único que está superpuesto en ese edificio. ¿Te fijaste en el arco de portada de la puerta de en medio?
—Sí.
—Pues aunque también es colonial, pertenecía a otro edificio que seguramente destruyeron. Cuando menos salvaron el arco de piedra para colocarlo ahí.
—Aquí en Mérida hay muchos trabajos en piedra. Como la Casa de Montejo, que está padrísima.
—Sí, el pórtico de la fachada es de estilo plateresco. Una de las mayores obras civiles en ese estilo. ¿Te diste cuenta de la cantidad de detalles que tiene? ¿Viste a los soldados españoles? Parecen simios, de seguro porque así lo interpretaron los talladores mayas que hicieron el trabajo manual. Trabajo difícil en serio, porque es piedra muy blanda. Pero no te vayas con la finta, porque el resto de la fachada no es totalmente colonial. Aunque están armonizados, muchos detalles ornamentales del resto de la fachada son incluso del siglo veinte.
—Oye, por cierto, hay una placa de metal en un edificio junto a la Casa de Montejo, pero nunca he alcanzado a leerla. ¿Qué es lo que dice?
—La placa indica que en esa casa vivió el dramaturgo José Peón Contreras. Ya ves, no se puede leer porque está colocada en un lugar demasiado alto y porque nadie se toma el trabajo de pulir las letras. Es el riesgo de emplear metales oxidables en un diseño. En cambio, volviendo a la piedra, ve la placa que está al otro lado de la Plaza. Está escrita con letra propia del siglo dieciocho. Habla de la construcción de los arcos…
—¿Pues no estaban esos arcos originalmente en el edificio?
—No, claro que no. Se los agregaron posteriormente. Pero quiero que observes que ahí hay tres edificios distintos con tres series de arcos diferentes entre sí.
—¿De verdad? Nunca me había fijado. Parece un mismo edificio regrandote.
—Para nada. Uno es la Casa del Alguacil, el otro es la ex cárcel pública que luego fue teatro, hotel de paso, cine y ahora es el pasaje “Picheta”. El que está más a la izquierda es el Palacio de Gobierno… Gracias. Tráeme sacarina, si me haces favor.
—Pero no son coloniales todos, ¿verdad…? Gracias, joven.
—La Casa del Alguacil sí es. El Pasaje “Picheta” es una reconstrucción de hace unos diez años por dentro. Ahí puedes ver en las paredes una imagen de la Plaza Grande de fines del siglo XIX y varias imágenes copiadas de los grabados de “Picheta”.
—¿De quién?
—De Gabriel Vicente Gahona “Picheta”, un gran grabador que usaba planchas de madera de zapote para sus xilografías, que eran humorísticas. Ve las imágenes ahí cuando vayas, observa a qué tipo de personajes representaba… En cuanto al Palacio de Gobierno, es de la época de don Porfirio, de 1892. Si te das la vuelta, por la calle 60, vas a ver que en el último balcón hay una imagen del Escudo Nacional donde se ve al águila de frente, que era el diseño de la época porfiriana.
(Continuará)



