
Uno de los eventos históricos que siempre me han llamado la atención es el de las numerosas Cruzadas que organizaron distintos reyes europeos para recuperar del poder de los musulmanes, las que consideraban tierras santas para el cristianismo.
Algunos autores mencionan que fueron ocho o si acaso nueve las que se realizaron llamadas oficiales (durante los siglos XI y XIII, del año 1095 al 1291), aunque se reconoce que hubo varias más, nombradas simplemente como campañas menores o no oficiales.
Siempre he retrasado el estudio y un análisis más exhaustivo del tema, por la aprensión que me causaba el empezar a leer los voluminosos libros llamados Historia de las Cruzadas tomos I y II, de M. Michaud que conservo en mí biblioteca y sobre todo al percatarme del tamaño de la letra impresa, que cada día veo más pequeña.
Es por eso que agradezco la excelente conferencia que tuve oportunidad de escuchar, del siempre instruido y ameno en sus pláticas y escritos, Franck Fernández Estrada. No solo la disfruté, sino que me inspiró a no dilatar más la lectura sobre esas campañas bélicas y sobre todo del rey Luis IX de Francia, protagonista de dos de ellas y en cuyo nombre se ha designado a un gran número de estados, ciudades y recintos.
Luis IX ha pasado a la historia como un rey santo, canonizado dentro de la iglesia católica por el papa Bonifacio VIII en 1297, a los escasos 27 años de su fallecimiento ocurrido en 1270. Se le conmemora principalmente, por haber gobernado con un fuerte sentido de justicia y caridad, atendiendo personalmente a pobres y enfermos y fundando hospitales y albergues. Instauró reformas legales tales como la prohibición del duelo judiciario e introdujo la muy importante “presunción de inocencia”, estableció medidas contra la usura, la corrupción y la blasfemia entre otras cosas, asimismo, sus biógrafos señalan su

profunda religiosidad viviendo como un católico extremadamente devoto e incluso practicando el ascetismo y en su cuerpo ejerciendo diversas mortificaciones.
En cuanto a su participación en las cruzadas, se le recuerda por haber organizado las dos últimas oficiales, la séptima y la octava, aunque las dos fracasaron como todas las anteriores. En la primera lo hicieron prisionero teniendo que pagar un fuerte rescate para que lo liberarán y en la segunda falleció.
Luis nació en el año de 1214 en Poissy, Francia y siendo aun un niño de doce años heredó la corona de su padre Luis VIII quien falleció joven. Su madre Blanca de Castilla fungió como regenta durante un período, protegiendo los derechos de su hijo. En 1235 a los 21 años se casó con Margarita de Provenza con la que tuvo once hijos.
En el inicio de su reinado no quiso involucrar a Francia en guerras, y como ejemplo tenemos su reacción al invadir los mongoles (tártaros) grandes territorios europeos, lo que preocupó al emperador de Alemania quien envió cartas a Francia, España, Sicilia, Noruega y otros, para unirse y conseguir expulsar al invasor.
Blanca su madre le externó su preocupación y le preguntó sobre que se debía hacer y Luis le contestó: Madre mía, sosténganos el consuelo celestial; si se acercan, los volveremos a arrojar a la Tartaria de donde han salido, o nos enviarán ellos al cielo.

Palabras que nos recuerdan a las de Arnaldo Amairic durante la cruzada contra los albigenses unos años antes, en 1209 y a quien se le atribuye que contestó cuando le preguntaron cómo iban a reconocer a los cristianos de los herejes: ¡Mátenlos a todos, que Dios elegirá a los suyos!
De acuerdo con la tradición, Luis IX compró al rey Balduino II de Constantinopla la Corona de Espinas de Jesús, en 1239. Unos años después, Luis cayó gravemente enfermo y sintiéndose morir pidió le colocaran la reliquia en su pecho, al recuperarse, tanto él como los demás, consideraron que había obrado un milagro por lo que anunció su resolución de preparar una cruzada para ir a liberar Tierra Santa.
En esa ocasión su madre la reina, trató de disuadirlo al igual que sus principales ministros, apelando a su condición de rey y padre de varios hijos pequeños, sin embargo, el rey Luis no se dejó convencer, estaba decidido. A su madre le recordó su valentía y apoyo durante su infancia y juventud y la confianza que tenía de que ella velaría por su familia, a sus ministros les contestó:
He escrito a todos los reyes de Europa anunciándoles mi partida al Asia, he dicho a los cristianos de Palestina que iba a socorrerles personalmente; yo mismo he predicado la cruzada y una multitud de caballeros han jurado a instancias mías seguir mi ejemplo y acompañarme a Oriente, ¿Qué me proponéis ahora? ¿Que cambie mis proyectos, que no haga nada de lo prometido y que defraude las esperanzas de la iglesia, de los cristianos de Palestina y de mi fiel nobleza?
Fue así que se realizó la séptima cruzada entre los años de 1248-1254. El rey Luis IX partió de París el 12 de agosto de 1248, acompañado de dos de sus hermanos, Carlos, Duque de Anjou y Roberto, Conde de Artois, así como de su esposa la reina Margarita quien no quiso separase de él o de acuerdo con Michaud, no quiso quedarse con la reina madre por no tener “buenas relaciones.

Aún no habían llegado a su destino y ya el hambre y las enfermedades, como la disentería y la peste, hacía estragos en los cruzados muriendo por esa causa varios caballeros. Sin embargo, en un inicio tuvieron una alegría al arribar a orillas del Nilo y conquistar la ciudad de Damieta. Satisfacción efímera ya que las batallas más cruentas y letales se presentaron después al intentar tomar el camino hacía el Cairo.
Una de las penas más grandes que sufrió el rey Luis, fue la muerte de su hermano menor Roberto, Conde de Artois, joven intrépido e impetuoso que no obedeció las instrucciones de avanzar con precaución y se adelanto con reducido grupo persiguiendo a un grupo de musulmanes. En la ciudad de Mansurah fue sitiado y muerto.
Luchando en terrenos desconocidos, con gran cantidad de enfermos y heridos, la crecida del rio Nilo vino a agravar la situación de los cruzados, perdiéndose
muchos barcos durante su huida. Finalmente, los franceses junto a su rey cayeron prisioneros de los musulmanes y sin ninguna consideración al rey Luis le pusieron cadenas en pies y manos.
Cuando llegaron las tristes noticias a Damieta, lugar donde se encontraba la reina Margarita, esperando el regreso de su esposo, ella se encontraba en avanzado embarazo, naciendo a los pocos días su hijo al que puso de nombre Juan Tristán.

A fin de salvar a los cautivos y los encerrados en Damieta, el rey aceptó pagar ochocientos mil de besantes de oro y la entrega de la ciudad. Antes de poder regresar a Francia el rey Luis se enteró que su madre Blanca había fallecido. La séptima cruzada había fracasado.
El rey Luis no había olvidados sus deseos de recuperar los lugares santos o según algunos autores, sus deseos de vengar la muerte de muchos de sus caballeros en la anterior cruzada, de la cual se sentía culpable, lo que lo motivó a organizar en 1265, la que se conoce como la octava cruzada, mucho más corta que la anterior.
Tales pretensiones lo llevaron en julio de 1270 frente a la ciudad de Túnez por el rumor de que su emir, Muhammad I, estaba dispuesto a convertirse al cristianismo y al interés económico que tenía su hermano Carlos de Anjou, rey de Sicilia, en ese emirato. Cometiendo un error de cálculo, los cruzados le pusieron sitio a la ciudad, pero la expedición también resultó un desastre, el ejercito nuevamente fue atacado por diversas enfermedades como la disentería y la fiebre tifoidea, por consumir agua contaminada y una fuerte ola de calor. El rey cayó también enfermó junto con su hijo Juan Tristán falleciendo los dos, Luis IX falleció el 25 de agosto de 1270 a los 56 años de edad.
Después de firmar el Tratado de Túnez y sufrir graves pérdidas por una tormenta, los sobrevivientes de la flota zarparon en noviembre de regreso a Europa. El cuerpo del rey Luis fue llevado de regreso a Francia y sepultado en la basílica de Saint-Denis.
Muchos esperamos las fechas de las siguientes conferencias de Franck Fernández Estrada.



