
En Yucatán hablamos mucho de la cochinita, de la trova y de los Barbachano que fueron gobernadores. Pero poco hablamos del Barbachano que puso a Yucatán en Cannes.
Don Manuel Barbachano Ponce nació en Mérida en 1925, con el abolengo a cuestas: bisnieto del gobernador Miguel Barbachano y Tarrazo. Pudo haberse quedado a administrar haciendas. Pero se fue a Nueva York, se metió a la Universidad de Columbia y se convirtió en el primer mexicano titulado en marketing y publicidad allá. Y regresó con una idea loca: hacer cine.
En 1950 inventó la Tele-Revista. Si tu papá o tu abuelo te contaron que veían noticias en el cine antes de la película, era la de él. Era el YouTube de la época. Y fue ahí donde descubrió a un chofer que contaba bombas: Don Humberto Cauich. Lo puso frente a la cámara y lo volvió estrella. Así era Manuel, tenía ojo.
Pero no se quedó en noticieros. Quiso hacer el cine que nadie se atrevía a hacer.
Produjo Raíces (1955), cuatro historias de indígenas de México que se fue derechito a ganar un premio en Cannes. Luego ¡Torero! (1956) de Carlos Velo, que terminó nominada al Óscar. Y luego nada más y nada menos que Nazarín (1959), de Luis Buñuel. Con esa, otro premio en Cannes.
Mientras en México todos querían hacer películas de charros cantando, este yucateco se juntó con Rulfo para hacer El gallo de oro y Pedro Páramo. Casi nada.
Dicen los que lo conocieron que era terco, fino, muy yucateco en el trato pero muy gringo para los negocios. De los primeros que entendió que el cine no solo es arte, también es industria.
Gracias a él existe la Filmoteca de la UNAM, porque donó su colección para que no se perdiera. Y aunque murió en 1994, cada vez que un cineasta yucateco sueña con hacer una película y no una telenovela, le está debiendo algo a Barbachano.
Yucatán no solo exporta henequén y turismo. Exportó a un hombre que le enseñó a México cómo contar sus historias al mundo. Y eso, la verdad, vale más que cualquier bomba bien contada.



