
Durante la primera decena de noviembre de 1865, cuando se supo de manera cierta, que siempre sí vendría a Yucatán la pareja real, el periódico oficial desempolvó la versión medieval de que los monarcas eran designados y elegidos por Dios y se tomó la molestia de difundir normas mínimas de cortesía que se debían observar ante los emperadores, con el evidente fin de que los súbditos no los incomodaran por actitudes o comportamientos fuera de lugar.
Pero, ¿a qué venían a Yucatán los emperadores, qué los movía a emprender aquel viaje hasta estas remotas latitudes? Según el periódico oficial, a Maximiliano y Carlota los impulsaba el deseo, y no más que el deseo, de estudiar a fondo personalmente nuestras necesidades, para acudir a su pronto y eficaz remedio. Desde luego que la verdad era otra muy distinta y tenía que ver con los planes de Maximiliano para extender sus dominios hacia el sur del continente. (1)
En efecto, en unas instrucciones secretas que el Maximiliano entregó personalmente a Carlota se lee lo siguiente:
[…] 1ª Centro de gravedad. Manifesté que Yucatán debía formarlo respecto de los Estados de Centro-América, que todos (sic) debía procurarse hacer gravitar hacia esta península, porque esto era el porvenir de México, que un día había de venir en el cual a pesar de la mejor amistad con nuestros vecinos del Norte, hubieren de poseer algunas de nuestras provincias de la frontera, que se les cedería de buena gana a costa de un engrandecimiento de verdadera mejora en Centro América y que nuestro verdadero destino consistía en ver el Imperio central del nuevo continente, dejando la dominación del Norte a los Estados Unidos y la del Sur al Imperio Brasileño. / 2ª Legislación especial.- Expresé el pensamiento de que tal vez debería concederse a Yucatán, apoyándolo en el hecho de que los Yucatecos odiaban a los Mexicanos y viceversa, teniendo más talento que ellos y pudiéndoseles dar en virtud , mayor suma de libertad. Añadí que era una cosa que hubiera Yo querido decidir en el país, cerciorándome por Mí mismo, pero ya que no podía ser, encargaba Yo a la Emperatriz, al Ministro de Estado y al Gefe (sic) del Gabinete un informe y sus opiniones sobre el particular. / 3ª Virreinato. Expuse la conveniencia de nombrar un Virrey para la península de Yucatán y que el único hombre que Me parecía apto para desempeñar esa difícil tarea sería el Gran Mariscal de la Corte y Ministro de la Casa Imperial Almonte, siendo la sola persona que reuniría las condiciones necesarias, nacimiento oscuro e indígena, ningún hijo, modales finos, no iniciativa, prudencia y conocimiento de las cosas y de los hombres de por allá, agregando que siempre los ministros centro-americanos lo rodeaban en París. Lo único que debía considerarse en el país mismo, era si el hecho de haber llamado la intervención, siendo impopular en Yucatán no dañaría al Gran Mariscal en la opinión de los Yucatecos. Encargo también a la Emperatriz, al Ministro de Estado y al Gefe del Gabinete estudiar este punto. […] (2)
Como el viaje de la pareja austriaca despertó muchos y muy diversos rumores en la capital del país, uno de los cuales insistía en que en realidad se trataba de su huida del país, Maximiliano se vio obligado a permanecer en la ciudad de México.
Este contratiempo desilusionó a muchos, pero de todas formas se exhortó a los habitantes de Yucatán a demostrar su hospitalidad, regocijo, aprecio y gratitud a la emperatriz, “según sus proporciones”, es decir, al rico como rico y al pobre como pobre.
El 22 de noviembre de 1865, poco antes del mediodía y luego de una penosa travesía, en la que la esposa de Maximiliano la pasó fatal, fondeó en las aguas de Sisal el vapor Tabasco que conducía a María Carlota Amalia Agustina Victoria Clementina y Leopoldina, Emperatriz de México.
Una salva de 22 cañonazos disparados desde la ciudadela de San Benito anunció a los habitantes de Mérida el desembarco de S. M. en ese puerto, y después de que se publicó el despacho telegráfico con la buena nueva, el entusiasmo se desbordó por calles y plazas:
[…] la población se vistió de gala y el eco de los corazones, formando armonía con las músicas y los repiques de las campanas, infundieron a Mérida, ese aliento extraordinario que produce el entusiasmo y la alegría […], apuntó el periódico oficial. (3)
En Sisal, el muelle y todo el trayecto que debía recorrer Carlota hasta llegar a la habitación que se la había dispuesto estaban vistosamente adornados. Había multitud de banderolas, gallardetes y cortinas.
El comisario imperial, José Salazar Ilarregui, que se había trasladado a Sisal tres días antes del arribo, se embarcó en un bote de la aduana para dirigirse al Tabasco en compañía de una comisión de señoras, el general Severo del Castillo, el comandante Rodríguez y varios ayudantes.
La emperatriz fue saludada con salvas de ordenanza disparadas por las baterías de tierra y secundada por las dos canoas de guerra Carolina y Campechana. A las doce y media en punto llegó el bote con la emperatriz y sus acompañantes: el ministro de Estado José Fernando Ramírez, el Gral. Uraga, Mr. Elloin, el marqués de Rivera, ministro de España, el ministro de Bélgica, dos damas de honor, un primer secretario de ceremonias, un director del gran chambelanato, un médico de cámara y algunos oficiales de palacio; además, Carlota traía consigo treinta soldados de infantería belga y cuarenta de a caballo para su escolta. (4)
Cuando el buque estuvo a unos cincuenta metros de la playa el gentío lanzó estrepitosas vivas y otras muchas cordiales manifestaciones de entusiasmo. La emperatriz Carlota correspondió con dignidad, y dice la crónica que con su “aspecto noble y simpático, su traje sencillo y elegante y su afable postura, cautivó los corazones”. (5)
Al pisar el muelle S. M., la esposa del comisario imperial, junto con las demás damas de la comisión y todo el público allí reunido prorrumpieron en nuevas aclamaciones. En seguida, doña Sofía Fajardo, esposa del prefecto político del departamento saludó a Carlota. Después, hizo lo mismo el Dr. Manuel S. Sánchez, cura del sagrario de Mérida, quien la calificó de Ángel de paz. (6)
Después de un ligero refrigerio en el puerto, Carlota prosiguió su viaje a Mérida. Una legua antes de llegar a Hunucmá, numeroso contingente de vecinos de esa villa le presentó sus homenajes con música, cohetes y arquería rústica. Lo mismo hicieron las autoridades del ayuntamiento y las repúblicas de indígenas. En Hunucmá comió con las señoras de Mérida que la habían ido a recibir a Sisal y también sentó a su mesa al cura Eduardo Manzanilla. S. M. pernoctó en el lugar.
Igual de cálida fue la despedida de los hunucmenses, quienes fueron testigos de la reverencia con que la emperatriz visitó la casa de Dios antes de continuar su marcha.
Al pasar por el pueblo de Ucú, Carlota fue vitoreada por los indígenas reunidos en la plaza del lugar; con respeto, el cacique de aquellos se le acercó y como pudo la saludó al tiempo que le entregaba un ramillete de flores silvestres en testimonio de reverencia.
En Caucel también recibió la adhesión y simpatía de los indígenas y la de una multitud de jóvenes de Mérida que montados en corceles se aprestaron a servirle de escolta hasta Mérida.
Según la crónica del diario oficial, ya desde Caucel el desplazamiento del carruaje de Carlota tenía problemas para desplazarse a causa del gentío que se interponía a su paso con el deseo de ver y saludar a la emperatriz. (7)
En las afueras de la ciudad, una selecta comisión de damas se acercó al carruaje de Carlota y le presentó un coro de doce niñas, las que a su vez entregaron a S. M. exquisitos bouquets. Doña Enriqueta Hübbe de Fajardo se dirigió a la emperatriz y luego lo hizo su hija, la pequeña Enriqueta Fajardo. Algunas cuadras antes de la plazuela de Santiago, las repúblicas de indígenas de los suburbios de Mérida, al frente de las cuales figuraban sus caciques, se presentaron ante Carlota interpretando melodías con instrumentos autóctonos, que llamaron la atención de S. M.
Las calles de la capital estaban literalmente inundadas de gente que recorría en grandes oleadas precisamente el trayecto que debía seguir S. M.
En la plaza de Santiago se había levantado un bonito arco rústico y desde este punto toda la calle hasta el ángulo NE de la plaza principal estaba revestida de ramos, flores, banderolas y gallardetes. La ciudad, pues, se encontraba en ebullición.
A las diez y media de la mañana los cañonazos de la fortaleza de San Benito y los repiques de las campanas de todas las iglesias anunciaron la llegada de la emperatriz al mencionado suburbio, donde cohetes, bandas de música y otras muchas manifestaciones de alegría dieron animación a la fiesta.
S. M. avanzaba entre las aclamaciones del pueblo. Carlota lucía un elegante, pero a la vez sencillo atuendo: traje blanco con guarniciones celestes y un gracioso sombrerillo negro con adornos también celestes que apenas dejaba ver su blonda cabellera. Nada más, ni una joya ni una perla.
El alcalde de Mérida, Ángel M. Toledo, que esperaba a la distinguida visitante a los pies del arco rústico confeccionado con muestras de la rica y variada vegetación yucateca, junto con otra comisión de señoras, le presentó las llaves de la ciudad. Unas niñas vestidas con albos trajes le entregaron ramos de flores, que la emperatriz recibió con deferencia.
Continuó su marcha entre vítores y aplausos, mientras una lluvia de flores caía sobre su coche. A aquella procesión se habían unido infinidad de lujosas carretelas de personas notables. Cuando llegó al segundo arco que se había levantado en el ángulo NE de la plaza grande, la emperatriz se apeó de su carruaje para recibir el saludo de una tercera comisión de señoras y de un coro de angelicales niñas. Este arco de las señoras de Mérida estaba plagado de dísticos.
Al pasar por el costado del palacio de gobierno, otra torrencial lluvia de flores naturales y artificiales, cintas con lemas alusivos y poesías impresas en papeles de colores, se abatió sobre la soberana.
Luego de caminar unos pasos en compañía de las autoridades civiles y militares, y cuando el reloj marcaba las once de la mañana, Carlota fue recibida en el atrio de catedral por el administrador de la diócesis Dr. Leandro Rodríguez de la Gala, el venerable cabildo eclesiástico y todo el clero de la capital que lucía capas pluviales, precedidos de una cruz y ciriales.
Carlota se arrodilló sobre un almohadón de terciopelo carmesí con galón y franjas de oro colocado sobre una rica alfombra para besar un crucifijo que se le presentó y después entró a la iglesia bajo palio, cuyas varas tomaron los señores magistrados del Tribunal Superior de Justicia y los miembros del Consejo Departamental de gobierno. Al pisar el recinto del templó tocó devotamente el agua bendita que se le ofreció.
Colocada en el presbiterio bajo un rico dosel, la emperatriz escuchó las preces contenidas en el Manual Toledano para la recepción de los reyes y luego se inició un solemne Te Deum a toda orquesta compuesto expresamente por el acreditado profesor yucateco José Jacinto Cuevas, el cual fue ejecutado por varias señoritas y caballeros de distinción aficionados a la música y al canto llano. Durante el Te Deum, la emperatriz conservó inalterable su devota actitud.
Una vez concluida aquella ceremonia, Carlota se trasladó a pie hasta la casa que a partir de ese momento se convirtió en el palacio real. Esta residencia, que era entonces la mejor de la ciudad por su situación, elegancia y capacidad, se ubica en la esquina donde convergen las actuales calles 60 por 63, donde por muchos años funcionó una farmacia conocida con el nombre de “El Gallito” y donde hoy opera una zapatería.
A las puertas del recinto otro chubasco de flores, cintas y versos la empapó, en medio de música marcial y de un fenomenal bullicio producido por miles de personas que querían verla.
La emperatriz penetró a la residencia y después de un breve paréntesis se presentó en el salón del trono donde recibió la felicitación del prefecto político del departamento, José García Morales. Dos largas y lucidas hileras de generales, jefes y oficiales, así como de empleados civiles de los diferentes ramos de la administración pública, presenciaban aquel acto.
Entonces a S. M. no le quedó más remedio que improvisar un breve discurso. Manifestó:
[…] Yucatecos
Mucho tiempo ha que deseábamos venir a estudiar vuestras necesidades y penetrarnos de vuestros deseos.
Impedido el Emperador de poder cumplir tan grata tarea, me ha mandado hacia vosotros para saludaros cordialmente.
Muy dichosa soy en hacerlo, y de todo corazón os digo que el mayor sentimiento del Soberano es y será no estar aquí presente para manifestaros cuánto os ama, y lo sentirá más cuando le comunique conmovida la entusiasta recepción que me habéis hecho.
¡Viva la Península de Yucatán! ¡Viva esta tierra de tanto porvenir para la nación! […] (8)
Como las aclamaciones de la multitud agolpada al frente del palacio real no cesaban, Carlota salió al balcón principal de su morada para saludar a los allí reunidos; sobra decir que este gesto de la emperatriz enloqueció a los presentes, pues aplausos, gritos y vítores subieron de intensidad.
En seguida se sirvió el almuerzo al que asistió un escogido grupo de invitados.
Un numeroso grupo de personas en lujosos carruajes y cientos de transeúntes permanecían en los alrededores de los jardines de la plaza grandes mientras vitoreaban y aclamaban a la ilustre huésped; por su parte, una comisión preparaba lo necesario para la iluminación de la noche que resultó admirable por el número y arreglada distribución de lámparas cubiertas con tubos de variados colores, alternadas con óvalos y listones transparentes que representaban las iniciales de los nombres de los soberanos y que contenían inscripciones alusivas a la visita.
Entre la verja del jardín de la plaza grande, sus ocho puertas, la fuente y los sesenta y cuatro arcos tricolores de madera instalados para la ocasión, había más de cuatro mil luces, además de las que se colocaron en edificios públicos y casas particulares que rodeaban la plaza de Mérida.
Estas luces se reflejaban en las incontables banderolas tricolores cruzadas con escudos en medio y una flámula vertical en el remate, que se colocaron desde la mañana en el cuadrilátero del jardín sobre pilastras cubiertas de ramas naturales y también en todo el trayecto que siguió la emperatriz.
A las ocho en punto de la noche comenzó la retreta, que duró hasta las diez, algunas de cuyas piezas escuchó Carlota desde el balcón de su residencia. En la plaza grande no cabía un alfiler, pues la multitud se desparramaba por calles y avenidas, la plaza, el atrio de catedral, llenaba los edificios públicos, etc.
Poco después de la retreta, el cansancio de tantas horas de excitación comenzó a imponerse sobre la humanidad de los yucatecos que habían visto colmada su fantasía imperial. Se fueron retirando poco a poco, pero volverían al día siguiente con más ánimos, con más brío para seguir nutriendo con su desaforado afecto a la esposa del emperador.
Segundo día de residencia de la emperatriz en Mérida
El viernes 24 de noviembre, S. M. se levantó temprano, pues a las siete y media de la mañana ya estaba en la calle. Salió en compañía del comisario imperial, la esposa de éste y una de sus damas de honor a visitar el Hospital General. Antes de arribar a ese nosocomio se detuvo en la iglesia de la Mejorada, donde oró unos instantes.
En el hospital, Carlota se metió en las salas de enfermos, la oficina de farmacia y el gabinete de química; también estuvo en la Casa de Beneficencia y en el convento de las monjas Concepcionistas.
Durante su recorrido de ida y vuelta Carlota recibió únicamente ovaciones, vítores e innumerables ramos de rosas.
Ya en la residencia real, la emperatriz se entretuvo atendiendo “los asuntos del país”; a la hora de la comida sentó a su mesa a los caciques de los cuatro suburbios de Mérida y por la tarde salió de nuevo a la calle con el fin de visitar escuelas y liceos, no sin antes presenciar las vistosas evoluciones coreográficas de los sonecitos y jarabes que ejecutaron en su honor un grupo de mestizas. Las muestras de afecto en las polvorientas calles de la ciudad continuaron sin merma alguna.
Por la noche se iluminaron nuevamente la plaza de la Independencia, edificios públicos y calles y un nutrido conjunto de señoras, empleados públicos e integrantes de las repúblicas de indígenas de los suburbios le llevaron una serenata a la emperatriz acompañados de armoniosas músicas y lanzando al aire innumerables y estruendosos cohetes voladores.
Los caballeros llevaban hachones encendidos y teas los indígenas.
S. M. salió al balcón principal e invitó a entrar a aquel conglomerado. Una vez dentro, se desbordó la algarabía de los serenateros, quienes después de que se retiraron de la residencia real, recorrieron las calles de la plaza grande y regresaron al mismo sitio. Carlota salió de nueva cuenta al balcón para saludarlos, pero esta vez ya no les pidió que entraran en la casa.
Mientras todo esto acontecía, en otro lugar de la plaza de Independencia se elevaban globos, de los cuales pendían hermosas barquillas de luces.
Con este jolgorio se cerró el segundo día de residencia de la emperatriz en Mérida.
Tercero, cuarto y quinto día
El día 25, visitó un colegio y la bellísima iglesia de San Cristóbal. […] La ciudad es encantadora con sus calles y sus buenos mercados, todo bien cuidado. Arrojaron una paloma dentro de mi coche a cuyas patas estaban atados poemas con adornos tricolores. En la noche hubo un baile con mucha algarabía […] (9)
El día 26, la emperatriz inició sus actividades con una misa en catedral que ofició el presbítero yucateco Crescencio Carrillo y Ancona, capellán honorario de la corte imperial. Como aconteció el día de su arribo, Carlota fue recibida por el cabildo eclesiástico e incontables sacerdotes, si bien en esta ocasión fue introducida al templo por la entrada sur de catedral.
Después de la ceremonia religiosa, la emperatriz recibió de buena gana las muestras de simpatía de más de mil artesanos de Mérida que acudieron a saludarla hasta su residencia y darle las gracias por haber suspendido la aplicación de la ley de reclutamiento para la formación de milicias expedida por el comisario imperial días antes.
Por la tarde, S. M. salió a dar un paseo por las calles de la ciudad y aunque por la noche estaba invitada a una función dramática en el teatro San Carlos, declinó el honor y prefirió permanecer en su palacio.
El día 27, desde temprana hora, Carlota se metió hasta el último rincón del mercado público, y saludó con afabilidad a todas las vendedoras del lugar, que no esperaban la visita. Las aclamaciones de compradores y vendedores no se hicieron esperar.
Del mercado, Carlota se trasladó hasta la ciudadela de San Benito, inmueble que también recorrió de pe a pa. Más tarde visitó el liceo de niñas de la Sra. Ortoll, como días antes había hecho lo mismo con los de las Sras. Cámara e Irigoyen.
Por la noche, en el salón de la casa de gobierno tuvo lugar otro regio baile. (10)
Sexto y séptimo día
El día 28 S. M. no salió para nada de su residencia. Según informó el periódico oficial, Carlota destinó su tiempo en informarse más a fondo del estado de los negocios públicos, dictar algunas disposiciones para continuar su viaje y escribirle a su esposo.
Por la noche hubo retreta y vistosos juegos pirotécnicos que muy pocos disfrutaron porque todas las miradas estaban puestas en el balcón de la casa imperial. Carlota salió varias veces al balcón principal de su “palacio” para algarabía de todos los allí congregados. (11)
Por la tarde del día 29, Carlota realizó otro de sus gustados paseos y por la noche asistió al baile popular organizado en su honor por las mestizas de Mérida, en las galerías del palacio municipal.
A las ocho de la noche se presentó la emperatriz, quien descendió de su hermoso carruaje tirado por briosos corceles. Una comisión de mestizas arrojaba flores a su paso, en tanto el gentío la aclamaba.
Carlota fue conducida hasta una silla colocada bajo un conjunto de banderas y el escudo nacional. Con sencilla reverencia, tres mestizas le ofrecieron a S. M. una guirnalda de flores artificiales en representación de todas las presentes. S. M. correspondió el saludo con una sonrisa, aceptó aquella ofrenda de flores blancas y se inició la fiesta.
Con ayuda de un programa impreso la emperatriz se enteró del nombre indígenas de cada uno de los bailes, así como de los de quienes los ejecutaban.
Carlota pareció complacida e interesada tanto en los ritmos y melodías propios de sonecitos y jarabes, como de los requiebros coreográficos de aquellos bailes, pues en dos ocasiones aplaudió con ligeras y graciosas palmadas, las que a su vez propiciaron más aplausos de los asistentes.
Por medio del secretario de ceremonias, la emperatriz quiso felicitar personalmente a cada una de las parejas, e incluso mandó suspender por algunos momentos el baile con el fin de que descansaran los músicos. Durante el intermedio uno de los bailadores que hacía también las labores de bastonero, le entregó a Carlota una bandeja que contenía multitud de cuartetas impresas.
S. M. tomó algunas, lo mismo que sus damas de honor, los ministros que la acompañaban y demás integrantes de su séquito. Las cuartetas en cuestión expresaban cosas como las siguientes:
Acepta bondadosa, del pueblo meridano
Los votos que su afecto te llega a tributar
Porque al dejar tu patria te hiciste mejicano,
Y tu gobierno ha sido de paz y libertad. (12)
Tú, Emperatriz Carlota, tú, Augusta Soberana,
Que de tu amante esposo la senda haz de seguir,
Los lauros que conquistes cual noble mejicana
Sabremos con orgullo mil veces repetir. (13)
Posteriormente, las mismas parejas de mestizos bailaron una danza cubana con la mayor circunspección y destreza. La emperatriz se retiró como llegó: en medio del entusiasmo popular. En la residencia se sirvió luego una espléndida cena, que terminó a altas horas de la noche.
Con cierto dejo de alivio se apuntó que todos aquellos bailadores pertenecientes a la clase humilde y morigerada de la sociedad yucateca se habían conducido con el mayor desembarazo y respetuosa compostura.
Octavo, noveno y décimo día.
El 30 de noviembre Carlota visitó por la mañana la cárcel pública de la ciudad, donde derramó consuelo sobre los infelices presos, y también estuvo en otros establecimientos e iglesias.
El 1 de diciembre, la emperatriz viajó a Kanasín, pues quería conocer de cerca cómo estaban montadas las escuelas de las poblaciones pequeñas. Aunque había una epidemia de sarampión en esa localidad, que había afectado a muchos alumnos, no fueron pocos los que le dieron la bienvenida. S. M. los examinó personalmente y quedó satisfecha de los resultados. (14)
Al filo del mediodía inauguró la exposición de objetos naturales e industriales yucatecos que se montó en el palacio municipal de Mérida y poco después concedió algunas audiencias públicas. Por cierto, la emperatriz no solo examinó los productos, sino que solicitó información detallada sobre algunos de ellos.
Había allí cosas conocidas y otras seguramente insólitas para Carlota: frutas y verduras naturales y representadas en cera; conchas de las costas del departamento; algunas víboras en aguardiente; varios licores destilados en Yucatán; miel de abejas; aceite de higuerilla o palma cristi; una canastilla formada con cigarros de paja de maíz, llena de los mismos cigarros, que llamó poderosamente la atención de S. M.; dos candeleros de plata; un terno de ópalos y rubíes; un rosario de filigrana y coral menudo; una almohadilla de carey, que también mereció particular interés por parte de la soberana; las llaves de plata de la ciudad; una almohadilla de maderas curiosas; peines de carey; pedazos de madera barnizada; varios libros empastados; una redomita torneada en cocoyol y hueso; cigarrera y tabaquera de tanza e hilo de oro; un eslabón en forma de perro; dos sortijas de oro; una cigarrera de jipijapa; zapatos; tres bastones con puño de madera labrada; un modelo de la máquina de raspar henequén inventada por el Sr. Villamor; una caja de fósforos; tabacos, puros torcidos en la misma hoja; diferentes clases de azúcar de caña; una colección de ternos de varios tamaños, bordados en blanco, negro y de colores, de hilo y de estambre; una toalla adamascada de algodón; catorce muestras de tejidos hechos a mano de diferentes colores; instrumentos que emplean los indios para telar a mano; capullos de algodón; hilos de algodón, blanco y de color natural; puños de madera para bastones; un bollo de hilo de henequén torcido a mano; un bastón formado de una vigueta tomada de las ruinas de Uxmal, el cual se obsequió a la emperatriz; ídolos y vasijas de barro de las ruinas de Uxmal y Jaina; cera cruda de colmena; cera blanca; cascarilla de huevo; almidón de sagú; jabón blanco y de color; piedras litográficas; piedra pómez fina; gusano llamado Nin; aceite que se extra de dicho animal; sebo en estado natural y clarificado; vainilla silvestre; goma de cedro; incienso; copal; nabá; sal de Inglaterra, extraída de las salinas; sulfato de magnesia; yodo extraído del sargazo; magnesia calcinada de las salinas; sal marina en grano blanco y de color; sal de espuma; dzaicán o sal de sosa; hule o cahutchuc; sicte o chicle (resina del zapote); añil; cola; una imagen de la Señora del Refugio; sombreros de paja y jipijapa de varias clases y colores; sombreros de vaquero; una guitarra enchapada; cueros curtidos con y sin pelo, blancos y negros; dos monturas con sus arreos; una silla vaquera con su coleto; una vaqueta; una maleta de cuero para señora y otra para hombre; una colección de catorce pájaros disecados; un manojo de raíces de joyoc; aparato para tejer encaje de hilera, con bolillos; escobas de guano de diferentes tamaños; suela para monturas y zapatos; levisas; esponjas; manatín; petacas de caña de distintos tamaños; brazos de hamaca de henequén de colores; sogas tejidas de henequén para colgar hamacas; filamento de henequén, de plátano, de chichibé; riendas y falsa-riendas de henequén; tiburonera de henequén de colores; bosalillo de cerda; cuartas de henequén; costales de henequén de diferentes clases; hilos, sabucanes, cabestros, chuyubes e incensarios de henequén; cestos de hueso de huano, de bejuco; petates y esteras de caña; hamacas de henequén y de filamento de plátano; alfombras de henequén de colores; utensilios de barro, leques y jícaras blancas y pintadas; almidón de yuca; ají y frijol de varias clases; chile, semilla de calabaza, maíz blanco y amarillo, cacahuate; cuernos de venado; bañaderas de cedro; banco y piedras para moler maíz; bateas para lavar; ruedas de carruajes; cerda; algodón en rama; treinta clases de maderas de construcción y ebanistería; un estante de jobillo; animales de varias clases; cañas de azúcar; ensayos de pintura al óleo, fotografías y litografías. (15)
A las 8 de la mañana del día 2 de diciembre, la emperatriz visitó el Seminario de San Ildefonso y luego inauguró y amadrinó la fábrica de tejidos La Constancia. Carlota recorrió la fábrica, hizo preguntas sobre las características del establecimiento y deseó éxito y prosperidad a los propietarios.
En los brindis la emperatriz, si bien se sentó a la mesa muy animada y contenta, se disculpó por no probar bocado alguno, pues estaba indispuesta.
De inmediato regresó a su residencia “para proporcionarse alivio para las dolencias que la aquejaban”. (16)
Undécimo y décimo segundo día
La noticia de que la emperatriz estaba enferma mantuvo en vilo a los yucatecos. El día 3 de diciembre la multitud reunida en la plaza de la Independencia y en el atrio de catedral especulaba sobre los males de S. M. y permanecía ansiosa por saber concretamente si la emperatriz se había o no recuperado, si iba a salir a misa o la iba a escuchar en su residencia, si había o no salido de sus habitaciones, etc.
Por fin, el morbo se despejó cuando Carlota dejó su residencia y se encaminó a catedral; trascendió que solo tenía una inflamación en la garganta, producto de los calores tropicales yucatecos. De todas formas, después de la misa volvió a su residencia para seguir el tratamiento que le había indicado el médico de la corte, de manera que ya no volvió a pisar la calle el 3 ni tampoco el 4 de diciembre.
Para darle ánimos y también en señal de despedida, centenares de señoras y caballeros, después de las oraciones de la noche, se presentaron en la residencia con hachones y una banda de música militar. Carlota los hizo pasar a todos, los saludó con afabilidad extrema y después les dijo adiós.
La manifestación todavía tuvo ánimos para recorrer algunas calles de la ciudad vitoreando a S. M.
Pelo en la sopa
Empero, no todo fue alegría durante la estancia de la emperatriz. El 27 de diciembre, por ejemplo, un grupo de indígenas sublevados se presentó en Sahcabá, a cuatro leguas de Tixcacalcupul, donde se enfrentó con las fuerzas del gobierno. Lo mismo aconteció el 2 de diciembre cuando unos 600 mayas invadieron Cenotillo, población del distrito de Espita.
A quienes resultaron heridos en la refriega de Cenotillo, la emperatriz ordenó que se les pagara un mes de haberes y, asimismo, acordó concederles condecoraciones, según su rango. Carlota también felicitó a los vecinos de Tunkás que acudieron en auxilio de los pobladores de Cenotillo y mandó distribuir 500 pesos entre las viudas de los que perdieron la vida en aquel acontecimiento. (17)
Munificencia imperial
Antes de partir hacia Campeche, Carlota dio muestras palpables de su generosidad al destinar cerca de diez mil pesos para diversos asuntos. Así, dejó 2,500 pesos para establecer una escuela gratuita de niñas; 3,000 pesos para la obra de enfermería del Hospital General de Mérida; otros 3,000 para repartir entre los pobres, sobre todo entre quienes se hallaban en desgracia como resultado de la guerra de castas; 1,000 para concluir la verja del atrio de catedral; 200 pesos para las monjas Concepcionistas y una suma igual para la Casa de Beneficencia (18)
No solo eso. Carlota también expidió nombramientos y condecoraciones a raudales a eclesiásticos, políticos, inventores, litógrafos, maestros, caciques indígenas, militares, damas, etc. (19)
Adiós Mamá Carlota
Por fin, a las 7 en punto de la mañana del 5 de diciembre, S. M. la emperatriz se despidió de los yucatecos y se llevó consigo la animación.
El redactor del periódico oficial describió así el ánimo que lo embargaba:
[…] Todo ha cambiado de aspecto: al brillo, movimiento y dulces emociones de aquellos días memorables, ha sucedido el silencio, un silencio casi sepulcral: todavía resuenan en nuestros oídos el eco triste y monótono de las campanas de todos los templos, que llamaban a la oración por el próspero viaje de S. M. La salva de ciento un cañonazos con que rompió la ciudadela de S. Benito al salir la Emperatriz de los últimos términos de la ciudad, sonó para nosotros como la detonación de artillería en un combate mortífero […] (20)
Sin embargo, aquella pena inmensa fue compensada, según se afirmó, por las inagotables y numerosas muestras de afecto que los meridanos tributaron a aquella ilustre visitante, pues a semejanza de como ocurrió durante su arribo, la muchedumbre obstruía el paso y no dejaba correr libremente el carruaje de la comitiva imperial.
Carlota dijo adiós con movimientos de mano, sonrisas, inclinaciones de cabeza y partió hacia Campeche.
Se detuvo en Chimay, hacienda de Juan M. Castro, consejero departamental, donde propietarios y sirvientes echaron la casa por la ventana, pues hubo música, vítores entusiastas, actos triunfales, etc.
Carlota descendió de su carruaje e inmediatamente se dirigió al modesto oratorio de la hacienda; luego recorrió las habitaciones de la casa principal y en seguida pidió ver algunas de las labores que se realizaban en la finca.
Así, se le condujo al corchadero donde observó la confección de jarcias y luego a la sala de desfibración donde presenció cómo operaba la máquina Solís que en cuestión de minutos separaba la pulpa de la fibra de la hoja de henequén.
Luego fue a la huerta de la hacienda y pidió a uno de sus acompañantes que sacase vistas de la finca. Después de comer salió rumbo a Uayalceh. (21) Según se publicó, los propietarios de esta hacienda acordaron erigir un monumento en el lugar para recordar aquel acontecimiento. De Uayalceh viajó a Mucuyché, Sacalum y de ahí a Ticul. En esta población sureña Carlota recibió también una multitudinaria y entusiasta recepción: las calles incluidas en el trayecto que debía recorrer la emperatriz estaban adornadas con arcos, cortinas y banderolas.
Después del almuerzo y bajo pertinaz llovizna, Carlota se enfiló a Muna, donde pernoctó.
Al día siguiente, jueves 7 de diciembre, la emperatriz visitó la hermosa zona arqueológica maya de Uxmal, y de allí pasó a Bécal y Halachó, pueblos del distrito de Maxcanú, que no estaban considerados en el itinerario original, pero que S. M. incluyó a última hora a solicitud de las autoridades del lugar que le habían rogado desviarse un tantito en el trayecto de su viaje a Campeche.
En ambas poblaciones hubo arcos, flores, música, discursos, poesías, almuerzos e innumerables muestras de afecto para la emperatriz. Carlota pernoctó en Calkiní el día 9 y el 11 de diciembre entró triunfante a Campeche.
Semanas después Carlota le escribiría a Gutiérrez de Estrada lo siguiente:
[…] Estoy encantada de Yucatán, y a pesar del extraordinario calor y de todas las fatigas del viaje, después de un año de residencia en la tierra fría, no me siento de ningún modo fatigada, pues cada recepción en las ciudades, pueblos y aldeas me conmueve profundamente, despierta mi ánimo y me llega al corazón […] (22)
En su informe secreto sobre Yucatán, Carlota aseveró que los yucatecos tenían un temperamento muy fogoso y propenso al mucho hablar y al escribir bastante, por lo que opinaba que no se les debía conceder más libertades que a los demás mexicanos, aunque sí en materia de aranceles en puertos y aduanas, a fin de que llevaran a cabo sus transacciones comerciales con el país y el extranjero, que era en verdad lo que más les interesaba. (23) En otro documento también opinó lo siguiente, basada seguramente en la impresión que le causaron las personas con las que convivió aquí:
[…] Los yucatecos son verdaderamente los príncipes de avanzada en México, vivaces como los andaluces, joviales con un toque de caballerosidad, y dotados de un sentido mercantil como los habaneros. Son monárquicos por naturaleza, respetan a la autoridad aun cuando existan diferencias de opinión, no se preocupan gran cosa de sentimentalismos demócratas, y saben combinar la poesía con lo prosaico […] (24)
Finalmente hizo esta observación:
[…] No sé de qué se morirá aquí la gente, pero difícilmente será de pena o dolor: la vida pasa como una eterna primavera y se comprende porqué se ama a un país como este […] (25)
Muchas gracias.
Referencias
1.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Tomo I Núm. 159, noviembre 10 de 1865, pp. 3-4.
2.- Weckmann, Luis. (1989). Carlota de Bélgica. Correspondencia y escritos sobre México en los archivos europeos (1861-1868). México: Editorial Porrúa, Biblioteca Porrúa de Historia 95, p- 340-341.
(3).- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 166, noviembre 27 de 1865, p. 3.
(4).- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 164, noviembre 22 de 1865, p. 4.
(5).- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 166, noviembre 27 de 1865, p. 3.
(6).- Íbid.
(7).- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 167, noviembre 28 de 1865, p. 3.
(8).- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 166, noviembre 27 de 1865, p. 1.
(9).- Weckmann, op cit. p. 350.
(10).- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 168, noviembre 29 de 1865, pp. 3-4.
11.- Íbid. y Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 169, noviembre 30 de 1865, p. 3.
12.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 169, noviembre 30 de 1865, p. 3.
13.- Íbid.
14.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 172, diciembre 4 de 1865, p. 4.
15.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 173, diciembre 5 de 1865, p. 2 y Núm. 24 de 23 de febrero de 1866, p. 3.
16.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 173, diciembre 5 de 1865, p. 2.
17.- Íbid. p. 3
18.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 171, diciembre 2 de 1865, p. 4.
19.- Íbid. y Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 172, diciembre 4 de 1865, p. 3.
20.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 174, diciembre 6 de 1865, p. 3.
21.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 175, diciembre 8 de 1865, p. 4.
22.- Periódico Oficial del Departamento de Yucatán. Núm. 37 Tomo II, marzo 19 de 1866, p. 3.
23.- Weckmann, op cit. p. 342.
24.- Weckmann, op cit. pp. 349-350.
25.- Weckmann, op cit. p. 350.
(Intervención del autor en la mesa de trabajo El Segundo Imperio y la visita de Carlota en el contexto de la guerra, durante el VII Encuentro Regional de Cronistas e Historiadores que se llevó a cabo en Mérida del 27 al 30 de mayo de 2026)



