
Un crimen horrendo en uno de los municipios más pequeños de Yucatán, ubicado a menos de 50 kilómetros de Mérida. Muchos en el pueblo, amedrentados, estuvieron insomnes la noche del suceso, con malestares fisiológicos al amanecer.
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Una anciana muy religiosa, muy devota, maltratada por su nieta. Un sufrimiento constante que no se revelaba, que pasaba en silencio por la pena del qué dirán. Y en un fin de semana ocurrió lo que podría describirse frívolamente como una muerte anunciada. En su búsqueda de dinero la señora expresó sus quejas de casa en casa, mostrando con dolor las huellas de los daños físicos recientes, precedentes de los más crueles que habría de sufrir después.
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¿Por qué pedía prestado a cada rato la señora si recibía pensiones suficientes para sobrellevar su modesta vida? Después de muerta sabrían que lo prestado no era para ella, que era víctima de una presión acuciante, de amenazas y agresiones que terminarían derivando en tragedia.
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Golpeada, amarrada, amordazada, estrangulada, quemada, acuchillada para que terminara de morir. Aun su brutal sufrimiento de muerte fue silenciado, reprimido.
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Y el impacto de quienes vieron su cadáver, la pesadumbre al describir cómo quedó, el terror…
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Pueblo pequeño donde todo se sabe. Durante mucho tiempo mariguana, chemo, clandestinos de alcohol. De unos años para acá, piedra y cristal. Los efectos sociales tan nefastos en unos y otros casos, pero más potenciados en los últimos. Todo bien sabido, pero tolerado. El miedo general es dominante.
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Y esa situación no es exclusiva de ese modesto municipio, pues se repite en tantas y tantas poblaciones del estado de modo cada vez más invasivo y más visible.
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Las acciones para contrarrestar ese tráfico son lentas, limitadas. Se avanza un poco y se retrocede mucho más.
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Se procura oscurecer crímenes atroces como éste, tratarlos con suma discreción. No conviene que la ciudad más amable del mundo se vea empañada por hechos sangrientos dentro o cerca de la misma. Que el turismo no se espante, como está sucediendo en nuestro vecino estado, afectándonos de rebote.
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Y aunque también resulta que somos la ciudad más chismosa de México, crímenes como este se dejan pasar como cualquier cosa y se olvidan pronto. Hasta que ocurra uno nuevo, similar, se hará mención de nuevo. Y por lo pronto, quedará un dato más para la estadística.
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Como incluso la violencia se considera con mirada deportiva, ocupamos uno de los dos primeros lugares en tranquilidad pública. Índices bajos en relación a las demás entidades, lo cual no quiere decir que no exista criminalidad. Ese espejismo de tratar los hechos solo en su faceta cuantitativa, como si un número bajo equivaliera a cero…
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Una anciana víctima de una persona familiar suya, víctima de la violencia ocasionada por las drogas.
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Y sí a la drogadicción se suma la enfermedad mental no tratada, el resultado puede ser catastrófico. ¿Las labores gubernamentales de prevención del consumo de drogas y de la atención a la salud mental? Se hacen entre bostezos, a paso de tortuga.
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Una devota anciana evangélica, buena persona. Tan bondadosa que no merecía morir de esa manera, a decir de los vecinos. Su horrible muerte ha conmovido a un pueblo, empavorecido por segunda vez en poco tiempo con esa historia cantada de descendientes asesinando a sus ascendientes. El anterior, de varón a varón; el de ahora, de mujer a mujer. Los problemas de género tienen también otras aristas. Y las drogas cada vez más exigentes en la destrucción, sin encontrar obstáculos…



