
La vejez es una etapa de deterioro orgánico, de disfunciones y de pérdida progresiva de ciertas capacidades físicas. Absolutamente todos estamos expuestos a ella y a sus consecuencias. Esta realidad debería obligarnos a pensar con anticipación en la reorganización de nuestra vida, nuestra autonomía, nuestros vínculos familiares y, también, nuestra soledad.
La vejez es un imponderable al que deberíamos dedicar mucho más pensamiento, aunque a la gente no le guste hacerlo bajo la idea de que pensar en ella significa sufrirla prematuramente.
De jóvenes nos preguntamos qué queremos estudiar, con quién queremos casarnos, en qué nos gustaría trabajar, dónde podremos vivir y cuántos hijos quisiéramos tener. Más tarde, en la madurez, nos preocupamos por el futuro de nuestra familia. Entonces, ¿por qué no? preguntarnos también, llegado el momento, ¿cómo queremos vivir cuando ya no podamos hacerlo de la manera en que vivimos ahora?
En esa pregunta hay un principio medular: nadie debería interrumpir su propia vida para sostener la vida del otro. Esto no significa eliminar los afectos ni renunciar al amor, sino evitar que el amor se convierta en obligación, culpa o sacrificio impuesto.
La vejez contemporánea enfrenta una realidad cada vez más frecuente: la transformación de la familia y de los vínculos que tradicionalmente la sostenían. Los hijos tienen ahora sus propias responsabilidades; muchas veces ambos miembros de la pareja deben trabajar para procurar a sus hijos educación, bienestar y mejores posibilidades para el futuro. En esas circunstancias, el cuidado de los padres envejecidos ya no puede entenderse de la misma manera que en generaciones anteriores.
La vejez no enfría los sentimientos, pero sí obliga a confrontarlos con la realidad. Amar a quien envejece no debería significar cancelar la vida de quien lo ama, así como envejecer tampoco debería significar apropiarse, por necesidad, miedo o soledad, de la vida de los demás.
Antes era frecuente que en las familias hubiera una hija soltera —la llamada «solterona» o «hermana quedada»— sobre quien recaía, casi de manera natural, el cuidado de los padres durante la vejez. Ella permanecía en casa, atendía a la madre o al padre y asumía una responsabilidad que los demás miembros de la familia daban por sentada. La paradoja era dolorosa: después de haber dedicado buena parte de su vida al cuidado de los otros, muchas de aquellas mujeres llegaban a su propia vejez sin tener, a su vez, quien cuidara de ellas.
Durante mucho tiempo, la vejez, la enfermedad y la muerte pertenecieron al ámbito doméstico. Se envejecía en casa, se era cuidado por la familia y, llegado el final, el cuerpo yerto del anciano partía del domicilio familiar rumbo al camposanto.
La aparición de las funerarias introdujo un cambio fundamental en esa costumbre: el velatorio dejó de realizarse en el hogar y se trasladó a las salas de velación. La muerte comenzó así a abandonar el espacio íntimo de la casa para ser atendida por instituciones especializadas.
Algo semejante está ocurriendo con la vejez. Muchas de las responsabilidades que durante generaciones recayeron exclusivamente en la familia comienzan a compartirse con residencias, estancias, cuidadores, enfermeros y centros especializados. No necesariamente porque hayan desaparecido los afectos, sino porque ha cambiado la estructura misma de la vida familiar.
Con todo ello, nuestra manera de entender la vejez también comienza a transformarse. Ya no se trata únicamente de llegar a viejo y esperar que los hijos se hagan cargo, sino de aprender a envejecer de otra manera: prever, decidir y, mientras sea posible, conservar la autonomía sobre la propia vida.
¿Qué hace falta para enfrentar esta nueva realidad? Ante todo, recursos económicos. Envejecer con asistencia profesional cuesta dinero: médicos geriatras, enfermeros, cuidadores, medicamentos, rehabilitación y, llegado el caso, una estancia especializada.
En Mérida han proliferado las residencias y estancias para adultos mayores. Las hay con distintos niveles de atención y, por supuesto, con costos muy diferentes: desde opciones relativamente accesibles hasta otras cuyos precios resultan prohibitivos para buena parte de la clase media.
En internet abunda la información sobre estos servicios. Basta buscar un poco para descubrir que alrededor de la vejez se ha desarrollado toda una estructura de atención que hace apenas unas décadas prácticamente no existía.
Pero su existencia plantea otra realidad: envejecer también requiere previsión. No basta con preguntarnos cuánto tiempo viviremos, sino de qué manera queremos vivir esos años y con qué recursos podremos sostener nuestra autonomía.
Se antoja necesario que el gobierno participe también en la búsqueda de soluciones a este problema. La soltería ha aumentado, las familias son cada vez más pequeñas y existen adultos mayores que no tienen una pensión ni trabajaron en empresas o instituciones que hubieran previsto económicamente esta circunstancia inevitable de la vida.
No corresponde al Estado hacerse cargo de la vida de cada persona ni sustituir las responsabilidades individuales o familiares. Pero sí le corresponde reconocer que la vejez ha dejado de ser un asunto exclusivamente doméstico para convertirse en una realidad social que exige nuevas políticas, servicios y alternativas.
Porque aprender a envejecer es una responsabilidad individual; hacer posible una vejez digna es también una responsabilidad colectiva.



