
Uno de los programas más exitosos de la televisión mexicana fue El Chavo del Ocho, esa serie que permaneció tanto año al aire, pues en el fondo dentro de la comicidad de la serie, en realidad se trataba de un reflejo casi fiel de una gran parte de la sociedad mexicana del centro del país de aquellos años en que fue transmitido. Específicamente, la vecindad del Chavo era algo que en la capital se da en las viejas casonas de la gente rica que por alguna razón u otra lo perdió todo y en donde una sola familia de la aristocracia porfiriana se vio en la necesidad de abandonar sus residencias para convertirlas en las famosas vecindades. Como se refleja, por ejemplo, en las películas del inolvidable Pedro Infante, Blanca Estela Pavón, así como otras muchas películas del Cine Mexicano que se desarrollaban en dichos recintos.
Después de lo anteriormente dicho, retomemos al programa en cuestión, El Chavo del Ocho, miremos a los personajes. El protagonista principal: El Chavo, es un niño de la calle, viviendo dentro de un barril. En los primeros capítulos, el personaje llamado Don Ramón era un alcohólico que, al avanzar el programa, se encuentra en recuperación, él representa fielmente a un desempleado que fue abandonado por su esposa junto con su hija, la Chilindrina. Este hombre se dedica a realizar “chambitas”, pero como antes dijimos era uno más entre los miles de desempleados de aquel México. Como en toda tragicomedia, a lado de su cuarto vivía una mujer bastante mayor que Don Ramón, con el nombre Doña Clotilde, alias La bruja del 71 (quien era una mujer pensionada) que notoriamente estaba perdidamente enamorada de él, claro está, este nunca le correspondió en amores. Literalmente el papá de la Chilindrina le huía a aquella vecina ante sus sutiles coqueteos.
En otro cuarto de la vecindad habitaba Doña Florinda con su hijo Kiko, fruto de un “mal paso” y que proviniendo de una buena familia, fue echada de su casa durante su embarazo (como se usaba en aquel entonces entre esa clase social).
Todos los niños de este vecindad son alumnos del mismo maestro: el profesor “Jirafales” y no hay que ser un genio para dilucidar que doña Florinda y él tienen un romance y que ella es quien lo mantiene, puesto que la visita todos los días con un ramo de flores, y todos los días también ella lo invita a pasar a su casa a tomar una tacita de café, cerrándose detrás de ellos la puerta, haciendo alusión de algo que no era la invitación antes mencionada.
Para que el trasfondo de la serie estuviera más completo, muy sigilosamente nos muestran que esta señora, en el fondo, está enamorada hasta los huesos de Don Ramón y viceversa. Fingiendo esta última pareja una ficticia amistad (del odio al amor sólo hay un paso), ya que doña Florinda proviene de la alta sociedad y Don Ramón es de clase humilde, incluso ella se refiere a todos los miembros de la vecindad como “la chusma” y para rematar, el cobratario, el llamado “Señor Barriga”, representando a la autoridad y al capitalismo con o que siempre le hacen maldad y media, como símbolo de rebelión a la autoridad.
P.D. Esto es algo que siempre se ha reflejado en las artes escénicas desde la época de Charles Chaplin.



