Opiniones

La UNAY antes y ahora

A lo largo de más de un siglo, los gobiernos de Yucatán han mantenido una presencia constante en el desarrollo de las artes: desde el Ateneo Peninsular de Salvador Alvarado y Bellas Artes, hasta el Centro Estatal de Bellas Artes, el Centro Municipal de Danza, la ESAY y la actual UNAY.

Aquellas instituciones dejaron también una huella arquitectónica en la ciudad: el Ateneo es hoy sede de un museo; el antiguo edificio de la Dirección General de Bellas Artes, en la calle 59 entre 62 y 64, alberga oficinas gubernamentales del área económica; y la ESAY, hoy UNAY, encontró su sede en la histórica Estación de Ferrocarriles de Yucatán.

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El Centro Municipal de Danza (avenida 128, junto al parque BEPENSA) constituye un caso singular porque es el primer y único edificio de la ciudad concebido exclusivamente para la danza, con amplios salones climatizados y grandes ventanales abiertos al paisaje.

La creación de una Escuela Superior de Artes había sido una idea de Jorge Esma Bazán. Me consta: durante su gestión habló reiteradamente de la necesidad de crearla cuanto antes. Sin embargo, el proyecto no pasó entonces de la intención.

Por eso se dice que del dicho al hecho hay un trecho.

En 2001, el PAN, con Patricio Patrón Laviada,  ganó la elección de ese año.

El nuevo gobernante nombró al arquitecto Domingo Rodríguez Semerena director del entonces Instituto de Cultura de Yucatán. Este, a su vez, se rodeó de un grupo de colaboradores provenientes del Distrito Federal, cuyo desempeño se caracterizó, desde mi perspectiva, por un ejercicio despótico de la autoridad. Entre sus integrantes destacaron Raquel Araujo y Elide Peniche.

Durante la gestión del arquitecto Rodríguez Semerena se concretaron dos proyectos estrechamente relacionados: la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), cuyo antecedente, según palabras de don Adolfo Patrón Luján, fue la orquesta de cámara del Salón de la Historia del Palacio de Gobierno, y la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY).

En sus primeros años, la ESAY parecía un monasterio. Al menos así la conocí yo. Entrar para conocer sus instalaciones implicaba prohibiciones, interrogatorios y largas esperas mientras se consultaba con alguna autoridad si podía permitirse el acceso.

Incluso cuando acudí a entrevistar a un reconocido artista de Yamaha que trabajaba allí, no pudimos hacerlo dentro de la escuela: tuvimos que conversar en la cafetería ubicada en el exterior.

Eso sí: tuve acceso a la sala de juntas cuando fui convocado a una reunión para dar mi opinión sobre la necesidad de contar con una institución de esa naturaleza. Allí estaban Gladys Cervantes, Beatriz Rodríguez Guillermo y otras dos innombrables.

Beatriz Rodríguez Guillermo: fue directora general de la Escuela Superior de Artes de Yucatán. Ejerció la dirección hasta su fallecimiento en septiembre de 2016.

Gladys Cervantes Alpízar: fue secretaria académica de la ESAY y también fue subdirectora general. Tras el fallecimiento de Beatriz Rodríguez Guillermo quedó temporalmente al frente de la institución como encargada del despacho de la Dirección General. 

Ligia Barahona Castro: fue directora de Artes Escénicas de la ESAY, área que comprendía fundamentalmente la formación relacionada con Teatro y Danza. Hay documentación de ella ocupando ese cargo, al menos, durante buena parte de la década de 2010 y hasta los primeros años de la década de 2020.

Xhaíl Espadas Ancona: quien en distintas épocas aparece vinculada al equipo de Artes Escénicas y posteriormente está documentada como directora de Educación Continua. Más adelante también figura como titular de la Unidad de Género de la ESAY.

Hay una decisión institucional  que debemos registrar para la historia de la aversión cultural que se vive en la ciudad de Mérida, desde tiempos históricos.

Juana Alicia es una pintora chicana. Ella pintó un mural que seguía las propuestas del muralismo de Diego Rivera y Siqueiros. El tema era la historia y uso del edificio hasta su conversión en templo de la sabiduría de las artes.

De buenas a primeras el mural fue tapado con papel de envolver paquetería. Luego se le blanqueó hasta borrarlo, y hoy  ocupa su lugar  un mural, realizado por alguien desconocido para mi y cuya firma es ilegible.

La UNAY, hoy

Por fin, un sábado de este mes de septiembre, tuve necesidad de ver a una estudiante de la UNAY. Mi primera sorpresa fue poder entrar sin ningún escrutinio. La segunda, que al preguntar por ella me respondieran con amabilidad y me proporcionaran la información precisa.

Me puse a caminar por los antiguos hangares ferroviarios, a cuyos costados se distribuyen las instalaciones de la universidad. Todo me pareció de una gran belleza. Y entonces me pregunté: «¿Por qué hay funcionarias menores que se arrogan el derecho de impedir que los ciudadanos conozcamos las buenas obras realizadas con recursos públicos?».

A la UNAY parece no faltarle nada: cuenta con amplios estacionamientos, está vinculada al Gran Parque de La Plancha, dispone de espacios climatizados y sus instalaciones para la enseñanza y la práctica de las artes son de muy buena factura.

El rector de la institución es el arquitecto Domingo Rodríguez Semerena, cuya gestión ha tomado decisiones encaminadas a fortalecer la calidad de las enseñanzas que allí se imparten.

El día de mi visita encontré, además, una intensa actividad relacionada con la danza, abierta a personas ajenas a la universidad.

Y es precisamente la danza la que, a mi juicio, puede convertirse en uno de los grandes desafíos de la UNAY. Su enseñanza universitaria exige algo más que grados académicos. En una disciplina cuyo conocimiento también reside en el cuerpo, la experiencia escénica resulta fundamental: quien forma profesionalmente a un bailarín debería conocer el escenario desde dentro, haber sido ejecutante y, de preferencia, haber formado parte de una compañía.

De otro modo, se corre el riesgo de reproducir los niveles de enseñanza anteriores, solo que ahora respaldados por un título universitario.

Por lo demás, felicito al rector de la UNAY, Domingo Rodríguez Semerena, por lo que pude conocer y observar durante mi visita.

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