Cultura

La “Sinfonía de las Américas”

Ayala con José F. Vásquez (director huésped) y Sonia Finkel (solista), Sala José Jacinto Cuevas, 1945. Biblioteca UNAY.

El próximo fin de semana, la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) reestrenará una obra del yucateco Daniel Ayala (Abalá, 1906-Veracruz, 1975): la Sinfonía de las Américas, op. 18 (1946). De este modo, la agrupación continúa conmemorando el 120 aniversario del nacimiento del compositor, luego de que en abril pasado ejecutara La gruta diabólica (1940) bajo la batuta de Alejandro Basulto como director huésped.

En esta ocasión, la OSY interpretará la mencionada Sinfonía bajo la dirección de su titular, Alfonso Scarano, como parte del concierto que la agrupación dedica cada septiembre a autores mexicanos. El programa incluye también Ferial de Manuel M. Ponce, Sensemayá de Silvestre Revueltas, Sinfonía India de Carlos Chávez, el ineludible Huapango de José Pablo Moncayo, Danzón núm. 2 y Conga del Fuego Nuevo de Arturo Márquez, y Navis, marem et venti del yucateco Roberto Abraham.

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En cumplimiento de su promesa de dar un lugar en la programación de la OSY a los músicos yucatecos del pasado, Scarano acudió a principios de año a la biblioteca de la Universidad de las Artes de Yucatán (UNAY) a consultar las partituras orquestales de Daniel Ayala allá resguardadas. El director italiano, conocedor tanto del repertorio clásico y romántico como de gran parte del repertorio contemporáneo europeo, se acercó sin prejuicios a la obra del autor de Tribu y, tras hojear varias de sus composiciones, se decidió por la Sinfonía de las Américas, op. 18, obra que, según me confió, “lo convenció desde la primera página”.

¿Qué sabemos de esta sinfonía que no ha sido tocada en más de setenta años y de la que no existe ninguna grabación? Se trata de una obra para gran orquesta creada originalmente para el concurso convocado en 1945 por el industrial Henry H. Reichhold, presidente de la Orquesta Sinfónica de Detroit. Ayala la escribió entre julio de 1945 y enero de 1946, en los ratos que le dejaban libres sus responsabilidades al frente del Conservatorio de Música del Estado, la Orquesta Típica Yukalpetén, la Banda del Estado y la recientemente reorganizada Sinfónica de Yucatán.

El título de la composición tiene que ver con el propósito del certamen, inscrito dentro del panamericanismo impulsado por Estados Unidos en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. En cada país del continente, un jurado local eligió tres obras para enviar a Detroit, donde, finalmente, en 1947, fueron seleccionadas las ganadoras: el primer premio y el tercero fueron para compositores estadounidenses hoy olvidados y el segundo para el brasileño Camargo Guarnieri.

La Sinfonía de las Américas de Ayala fue estrenada en 1948 por la Orquesta Sinfónica de Yucatán, bajo la dirección de su autor, en el concierto del 12 de noviembre, realizado en la hoy desaparecida Sala José Jacinto Cuevas del Centro Escolar Felipe Carrillo Puerto. Tras la repetición del programa el 14 de noviembre, la obra no volvió a ser ejecutada por aquella orquesta, que solamente llegó a efectuar dos temporadas más, en 1949 y 1950.

El traslado de Ayala al puerto de Veracruz, en 1955, motivado por la falta de alicientes en su tierra natal, propició nuevas oportunidades para la ejecución de sus obras. Aquel año, en que el yucateco fundó en el puerto la Escuela de Música del Instituto Veracruzano de Bellas Artes (hoy Escuela Municipal de Bellas Artes), la Orquesta Sinfónica Nacional, conducida por Luis Herrera de la Fuente, tocó Tribu en el Palacio de Bellas Artes, y la Orquesta Sinfónica de Xalapa, dirigida por Luis Ximénez Caballero, interpretó la Sinfonía de las Américas en el mismo recinto.

Primera página de la Sinfonía de las Américas, op. 18. Biblioteca UNAY.

Después de esta última ejecución, aquella partitura creada por Ayala para un concurso internacional permaneció muda por décadas. Aunque otras obras orquestales del compositor volvieron a ser tocadas —y aun estrenadas— después de 1997, año en que su viuda donó a Yucatán el legado del músico de Abalá, la Sinfonía de las Américas no corrió con igual suerte.

Por tal motivo, debemos celebrar que Alfonso Scarano haya elegido dicha obra para el programa mexicano de este año, lo cual ha requerido una edición de la partitura a partir del manuscrito autógrafo conservado en la UNAY. Esta edición, realizada cuidadosamente por Mahonri Abán, oboísta de la Sinfónica y estudiante de la maestría en Artes Musicales de la mencionada universidad, permitirá asimismo que otras orquestas interpreten la Sinfonía de Ayala.

Sobre la Sinfonía de las Américas, cabe decir que, a diferencia de la mayor parte de las obras de Ayala, no cuenta con un programa, es decir, no pretende traducir musicalmente una narración, un paisaje o algún texto extramusical. Luego de mirar muy por encima sus primeras páginas, en 2006 escribí sobre ella: “La Sinfonía es su primera composición que carece de elementos programáticos. No se ha tocado recientemente, pero, por sus metros cambiantes, parece tener ínfulas de modernidad […] Me pregunto si Ayala, reacio a las cárceles formales y refractario a los desarrollos, parte en esta obra de las estructuras clásicas”.

El trabajo realizado recientemente por Mahonri Abán permite responder en parte a lo que planteé, de paso, hace veinte años. Durante la transcripción de la partitura, el editor cayó en la cuenta que el primer tiempo de la Sinfonía de las Américas proviene de la pieza titulada Vidrios rotos (1938) para oboe, clarinete, fagot, corno y piano; el segundo reorquesta el movimiento titulado “En Sonora” de Panoramas de México (1937), y los movimientos tercero y cuarto se basan, respectivamente, en los tiempos titulados “Cámara secreta” y “Los enanitos” de La gruta diabólica (1940). O sea que Ayala utilizó en esta sinfonía materiales de piezas de cámara previas —un procedimiento nada raro en él—, si bien, más allá de la reorquestación, agregó motivos y amplió las estructuras originales.

Así pues, en la Sinfonía de las Américas pueden apreciarse los principales rasgos del Ayala de aquel momento: la exploración sonora (primer tiempo), el empleo de escalas pentáfonas (tercer tiempo), la elaboración de melodías de origen indígena o aire popular (segundo y cuarto tiempos) y, en general, el predominio de la intuición sobre el pensamiento estructural. Conjuga asimismo su faceta vanguardista con la vertiente que lo vincula con el indigenismo y el llamado nacionalismo “emblemático”.

Si hubiera que encontrar elementos programáticos en la concepción de la obra, cabría identificar el primer tiempo con los Estados Unidos, el segundo y el tercero con la América indígena y el último con la América mestiza. En cualquier caso, gracias al panamericanismo estadounidense de los años cuarenta —no muy alejado de la lamentable Doctrina Monroe—, podemos escuchar hoy esta sinfonía que, a juzgar por la estima que le tuvo su autor, puede contarse entre sus principales obras.

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