
Para los que nacimos en Mérida pero tenemos toda la ascendencia en Izamal, hablar de ese lugar no es ponerse nostálgico o ponerse a llorar por el pasado. Es, más bien, presumir con orgullo que venimos de un pueblo que parece sacado de una novela de realismo mágico, lleno de personajes y anécdotas increíbles que mis padres, abuelos y tíos nos contaban como si hubieran pasado ayer.
Cada vez que voy de visita ( ya por los achaques de la edad no lo hago tanto como quisiera), me encanta pasar por el centro sabiendo que cada esquina tiene su propia historia documentada por el mismísimo Don Ramiro Briceño López, el famoso «Señor de las Leyendas». Mis abuelos siempre recordaban cómo Don Ramiro se pasaba los días entrevistando a los viejos del pueblo para que no se perdieran en futuras generaciones relatos como el de la Esquina del Venado o el Juglar Triste. Gracias a él, cuando pasas por las casonas con placas, sabes exactamente qué misterio ocurrió ahí. Si no lo haz hecho querido lector, te invito a vivir esa experiencia y si se puede en caleza mejor aún!.
Recuerdo tambien que si de personajes célebres se trataba en las pláticas obligadas en las reuniones familiares siempre nos lleva a tres grandes figuras que definen a Izamal:
Zamná (Rocío del Cielo): El mismísimo dios y gran sacerdote maya. En Mérida nos enseñan historia en los libros, pero los abuelos izamaleños te lo cuentan con total naturalidad: que él descubrió el henequén, inventó la escritura maya y fundó la ciudad. Crecimos sabiendo que nuestros antepasados caminaban por el mismo suelo que un sabio mítico.
Fray Diego de Landa: Un personaje histórico y polémico que marca el nacimiento del convento más grande de América latina. La anécdota favorita de mi papá era la de las dos vírgenes gemelas que trajo de Guatemala en 1557. Se dice que una era para Mérida y otra para Izamal, pero cuando quisieron trasladar una de ellas a Valladolid, la imagen se volvió tan pesadamente colosal que nadie la pudo mover del pueblo. ¡Izamal la eligió a ella y ella eligió quedarse!
El Papa Juan Pablo II: Para la generación de mis papás y tíos, la visita del Papa en 1993 fué el evento del siglo. De ahí viene una de las anécdotas más curiosas sobre la identidad del lugar: el famoso color amarillo del pueblo. Aunque hay mitos de que es por el dios Kinich Kakmó, la realidad local es que se pintó toda la ciudad con los tonos del Vaticano para recibirlo, y desde entonces los vecinos adoptaron ese sello dorado con orgullo.
Ser hijo de izamaleños en Mérida significa heredar esa picardía y ese catálogo de leyendas vivas, el lugar más fascinante de Yucatán. FIN



