
Cerca de un millón de personas se congregaron en el Ángel de la Independencia. En Mérida, una ciudad que no acostumbra las multitudes, el monumento a la Patria vivió algo que ningún acto político, ninguna marcha, ninguna convocatoria religiosa había logrado antes: llenarse. No fue por una causa urgente, no fue por un colectivo que exige justicia, no fue por un llamado de fe. Fue por una selección de fútbol.
Vale la pena detenerse ahí, porque la cifra no es anecdótica: es un termómetro social. Ninguna marcha por desapariciones, ninguna manifestación feminista, ningún mitin religioso ha convocado jamás a tanta gente como una victoria deportiva. Y eso no habla de superficialidad ni de un pueblo al que “no le importan las causas relevantes”. Habla de algo más profundo y más antiguo: la fórmula más primitiva de la vida social, el instinto de comunidad, ha encontrado en la selección nacional el vehículo perfecto para desbordarse.
Émile Durkheim lo explicó hace más de un siglo sin necesidad de haber visto un solo partido: cuando una multitud se congrega en torno a un símbolo compartido, ocurre lo que llamó efervescencia colectiva. El individuo se disuelve momentáneamente en el grupo y siente, con una intensidad que la vida cotidiana no ofrece, que pertenece a algo más grande que él mismo. Eso es exactamente lo que sucede bajo la bandera tricolor: católicos, protestantes, judíos, new agers, santeros, espiritistas, agnósticos y ateos, todos oficiando el mismo culto sin darse cuenta de que están oficiando un culto.
Porque de eso se trata: de una religión civil, en el sentido que le dio el sociólogo Robert Bellah al estudiar el patriotismo estadounidense. Un cuerpo de símbolos, rituales y narrativas —el himno, el escudo, la casaca, el grito de gol— que cumple la misma función que cumplían los cultos religiosos tradicionales: cohesionar, dar sentido, ofrecer pertenencia. La diferencia es que esta religión no exige credo ni excluye a nadie por su fe. Su único dogma es la camiseta.

No es un fenómeno exclusivamente mexicano. Argentina lo vivió en 2022 con una marea humana que superó cualquier cálculo oficial; Francia lo experimentó en 1998, cuando el equipo apodado “Black-Blanc-Beur” se convirtió por unas semanas en el relato de una nación que en la vida diaria seguía profundamente dividida por raza y clase. En todos los casos el patrón se repite: el fútbol ofrece una narrativa que ninguna otra institución logra construir hoy —la del pueblo trabajador y resiliente que, viniendo de abajo, protagoniza una gesta heroica. Es, literalmente, un mito fundacional en tiempo real.
Acaso esta sea la razón de por qué el nacionalismo deportivo no divide donde otros discursos sí lo hacen: no exige tomar partido. No hay bando contrario dentro del “nosotros”. La política polariza porque distribuye culpas y reclama posiciones; la religión organizada polariza porque exige credos excluyentes; el activismo, por necesario que sea, polariza porque señala responsables. El triunfo deportivo, en cambio, es una victoria sin costo para nadie: todos ganan, todos son parte del relato, todos pueden decir “somos”. Es la comunidad imaginada de Benedict Anderson funcionando a máxima potencia, sin las fricciones que la vida real le impone al resto de nuestros vínculos colectivos.
La pregunta que vale la pena hacerse no es por qué un millón de personas salió a celebrar. Es qué nos dice sobre el lugar que ocupa hoy lo sagrado en nuestras sociedades. Lo sagrado —entendido no como lo divino, sino como aquello que un grupo humano considera intocable, unificador, digno de reunión multitudinaria— no ha desaparecido con la secularización. Simplemente cambió de domicilio. Dejó los templos y se mudó a los estadios, a los monumentos, a las glorietas convertidas en altares improvisados. Seguimos siendo animales rituales; solo hemos cambiado el ídolo.
Enrique Javier Rodríguez Balam



